Enojos, alusiones, indirectas…

Esta tarde llegué a mi casa, luego de un pesado y muy tedioso día en la universidad, y me encontré, navegando por mi reader, con este post bastante interesante que Elena escribió. Un post sobre los malosentendidos y alusiones. Dos cosas que hoy (bueno, ayer, porque ya es miércoles) viví hasta decir basta. Bueno, en realidad alusiones, porque malentendido alguno no hubo. Pero igual, el punto es que fue un día pesado.

Primero, hostilidad. Un saludo seco, divagando entre la cortesía y la esterilidad. Luego, la alusión per se. Una indirecta radirigida hacia mí con todo el descaro del mundo, magistralmente disfrazada bajo los conceptos y explicaciones impartidos por nuestra profesora de Humanidades II, cargada con una acidez y un sarcasmo que pasaron desapercibidos salvo para las dos personas concernientes. Con toda la intención del mundo, dirigido hacia mí, un mensaje que no hizo más que dejarme un sabor agrio a rechazo en la boca, y un sentimiento de frustración e impotencia. Y yo, haciendo un gran esfuerzo de auto-control para no soltar mi arsenal de sarcasmo negro petróleo y radioactivo. Y luego, abismo casi insondable nos separó por quién sabe cuántas horas.

Ahora bien, francamente no me afectan las indirectas. Pero las que son realmente indirectas. Un gesto con la mano. Los brazos cruzados. El cuerpo ladeado. La mirada amenzadora. El gesto de hastío. El ceño fruncido. Los ojos amarillo flameante. Pero no hay nada que me cause más cólera que una indirecta a los cuatro vientos, la que es alusión per se, tan obvia como la negrura del cielo. Es el epítome del sarcasmo mal pensado, la destructora de confianza. Es el signo de un certero, y ciertamente inexplicable, deterioro en una relación amistosa bastante fructífera y simbiótica.

Diría que sus motivos para hacer distancia de mí no son de mi incumbencia, pero después de este comentario, esta alusión, esta indirecta obvia, debo cambiar de parecer. Ha sido un cambio de actitud demasiado repentino. En este momento podré estar maquinando una y mil razones del por qué lo hizo, pero no pienso caer otra vez en el error de asumir algo por hecho, por verdad absoluta. Y aun después de un breve diálogo al respecto, en el cual me hizo saber que también estaba “bastante molesta”, todavía prefiero permanecer en esta incertidumbre, con la “esperanza” de no caer en una desilusión temprana.

Quienes lean esto, y sepan de qué estoy hablando, pensarán que me lo tomo muy a pecho. Sí, ciertamente puede ser así. Y no, no estoy empepado o enamorado de la chama. Sin embargo, hay muchas razones que, definitivamente, no estoy dispuesto a desglosar aquí y ahora. Tal vez en otra ocasión, en otra historia, en otro clima.

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