“Embrague”

Bueno, debo confesar que por poco regreso al mal hábito de dejar abandonado el blog por más de una semana, o algo así. Sin embargo, no es que no hubiese querido postear, sino que he estado tan cansado y tan ocupado que ni siquiera he tenido la fuerza física y mental necesaria como para ponerme a pensar y tipear aquí. Como sea, como no voy a hacer un testamente ni nada por el estilo, pero si hablaré sobre un incidente bastante desagradable que me ocurrió referente al Facebook.

Érase una vez – (así empiezan los cuentos malos) -, una red social muy popular llamada Facebook. Fin.

Ojalá fuese ése todo el cuento, pero no. Es más largo y refuerza la teoría (o mejor dicho, la tesis) de que todos cometemos estupideces debido a la mala comunicación para con otras personas, incluso en medios tan ubicuos como las redes sociales. Algo tan tonto como no preguntar por algo, cuestionar una acción, indagar el motivo, puede hacer que caiga sobre tí una tormenta del tamaño de Texas.

Hace unos días mencioné en un post el estado de mi relación con una amiga de la universidad, que era algo así como un sístole y diástole que a veces me irritaba un poco. Como sea, resulta que yo, para entrar en tema, encontrábame muy irritado un día, y  para quitarme el mal humor de encima me dediqué a perder el tiempo navegar por el vasto océano del Internet, y doy con Facebook. La ya mencionada amiga publicó un comentario, y yo de ocioso le hice un comentario, para echar vaina.

Resulta que, al rato, me entero que mi comentario fue borrado. El vaso de agua que colmó la gota. Mi irritación y molestia pasó a ser peor que la de Tara Tir cuando se enteraba de cualquier cosa que hiciera Beremís Samir (léanse El Hombre que Calculaba), y procedí a publicar un mensaje referente al incidente, con un toque de ácido muriático y una indirecta obviamente alusiva. Craso error.

Uno, cuando está de mal humor y pasa algo que lo empeora, no piensa no reflexiona en lo que dice o hace, sino hasta mucho después. Y por lo general debe pagar las consecuencias. Resulta que, a veces, no siempre, cuando uno postea un comentario desde un móvil en Facebook…. se borra. Así nomás. Hace *pop* y se esfuma. Pero, de haber sabido eso, no habría hecho tal comentario, y no habría tenido que recibir una serie de bofetones figurados durante día y medio, cortesía de la amiga que ya mencioné anteriormente.

Como sea, para no alargar más la cosa, pude hablar con mi amiga, y fue en ese momento que me di cuenta que la razón de su violencia psicológica en mi contra fue resultado de mi propia estupidez e incapacidad de comunicarme abiertamente, así como también de la irritación que ya venía cultivando desde hace algún tiempo para acá. Después de dialogar y hacer diplomacia, pude disculparme adecuadamente y la situación se pudo resolver sin necesidad de llegar a la siguiente etapa: el cese de relaciones diplomáticas. Luego de esto, he tenido que empezar a cambiar un poco mi actitud ante ciertos actos y situaciones, para evitar que un incidente así vuelva a suceder (típica reflexión de ensayo pre-adolescente).

¡Qué cagada cuando uno tiene que admitir que metió la pata, y más cuando fue de una manera casi olímpica! Por eso es que el título de este post viene de uno de tantos apodos que se le puede dar a la gente: embrague. El que mete la pata hasta el fondo y luego hace los cambios.

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