Anécdotas Variadas, Pt. 2

Luego de haber pasado medio día malgastando el tiempo leyendo por Wikipedia artículos promotores de depresión temporal crónica, como Economy of Germany o List of countries by GDP (nominal) per capita, decidí aprovechar el buen humor de mi hermana y quitarme la pseudo-depresión por medio de la adquisición e ingesta del producto más icónico del capitalismo salvaje primermundista: el Big Mac.

En el camino hacia el McDonald’s más cercano a mi casa sostuvimos una charla sobre lo aburrido que es el aeropuerto de Frankfurt, las “campanas” para fumadores que hay en dicho aeropuerto, y cualquier mariquera primermundista centrada en la condenada existencia en ese condenado lugar; todo esto debido a mi ocio masoquista, ganas de auto-joderme la existencia al adquirir conocimientos sobre países civilizados por medio de mi hermana, quien ha tenido la suerte de salir y “sentirse gente”.

Una vez en McD’s (sí, coño, quiero sonar patéticamente primermundista), y encontrarnos con mi otra hermana, me encuentro con una de las escenas más deplorables y deprimentes que jamás haya vislumbrado en un recinto representativo del imperialismo yankee:  un déficit rampante de “lo-que-sea”. Déficit de personal, déficit de bolsas de basura, déficit de pie de manzana, y pare usted de contar.

El “vigilante” del local era un niño pre-adolescente, al que el uniforme le quedaba demasiado grande y todavía no estrenaba su primera afeitadora; los recipientes de basura sobresaturados, al punto de que la gente sencillamente empotraba las bandejas completas para evitar el colapso de la pirámide de desechos que precariamente se sostenía. La mitad de las mesas, mugrientas y algunas con bandejas todavía encima, lo cual indicaba la ausencia de el personal más indispensable de cualquier establecimiento de cualquier tipo: el bedel. Ya con la ausencia de este personaje fundamental, ni siquiera me atreví a darle un vistazo al baño, seguramente podría morir por radiación o alguna bacteria aún no descubierta por los científicos.

Sin embargo, aun con todos los fallos del local, que lo convierten en el candidato ideal para ser cerrado mínimo una semana por el Indepabis, pude disfrutar de mi mediocre Big Mac Doble grande, que parecía más una ambrosía con cuatro lonjitas de salchichón, la cual tuve que rellenar con el cerro de papitas y un coñazo de salsa para rematar, y así quitarme de encima, por un momento, la frustración de vivir en esta pocilga tercermundista. Algo bastante irónico, teniendo en cuenta el magro contenido de la cena.

Durante el transcurso de la comida, mi hermana mayor (la que financió todo), estuvo relatando anécdotas varias de su trabajo en el aeropuerto, que si el chupe de tal sitio, el pabellón en el otro, que si la comida de El Budare le provoca cagalera, etcétera, lo cual me dejó pensando en lo triste que debe verse el aeropuerto internacional de acá comparado con el Charles de Gaulle, Heathrow, LAX o el propio Frankfurt. Aquí, lo que recibe a un turista internacional es la torpe y burda parodia de Starbucks, Oh La Lá, y una arepera productora de desórdenes intestinales crónicos. En algún aeropuerto gringo, el Starbucks original y algún Burger King. Y en algún aeropuerto europeo, otra vez Starbucks y algún family restaurant de “buena” reputación, que vende un omelette y un agua Evian sabor a mierda por 14 condenados dólares… pero es un omelette original Made in Europe y el agua es Evian sabor a mierda.

Una vez terminada la comilona (esto parece más una crónica que una anécdota, pero joder), nos fuimos de aquél otrora ícono representativo del capitalismo salvaje primermundista (con la escena que presencié ya le perdí el respeto), nos regresamos a la casa. Y, otra vez, en el camino, mi hermana estuvo hablando de sus periplos en tierras lejanas. En esta ocasiónn salió a la luz el tema del racismo en México y en otros países, el cual notó en un reciente viaje que tuvo que hacer.

Al parecer, por la televisión mexicana transmitieron un reporte sobre la presencia del racismo en la población infantil: un grupo de ladillados hizo un estudio utilizando muñecas Barbie y su companero Ken, en dos versiones: la norteña primermundista, con piel blanca y ojos azules, y la versión afrodescendiente, con pelo chicha y ojos café. Utilizando a los pobres muñecos, llegaron a la conclusión de que la mayoría de los niños elegían a la pareja caucásica, porque era “más bonita/o” o “buena/o”, denigrando, por supuesto, a los pobre muñecos afrodescendientes.

Me pregunto yo: coño, ¿no es obvio que un carajito pre-púber tenga arraigado el concepto de eugenesia, al menos subconscientemente? ¡De cajón que todos elegirán a la barbie catira, aunque sean negros! Es cuestión de lógica cultural: si eres blanco, elige al muñeco blanco, y si eres negro, también, o te entran a coñazos. La sociedad (o suciedad, es la misma vaina) moderna está tan jodida que si una carajita blanca elige un Ken negro, ya automáticamente ha sellado su futuro como actriz porno interracial; cuando sea adolescente se meterá a puta y buscará negros tapiocas falópodos, Mandinga o Shakazulu.

Sin embargo la viceversa no funciona del todo igual: si una carajita negra busca al Ken negro, entonces va por buen camino: el deber ser, la prolongación del orgullo afrodescendiente. Pero eso es una falacia que ni ellas se creen: al final buscará al Ken blanco, se meterá a puta, y luego buscará a cualquier carajo, sea blanco o negro, para dejarse sodomizar, con tal de que le dé plata: “venga, ¡que por ese culo cualquier pendejo paga!”. Ahora, con los carajitos no sé: uno que juegue Barbie ya es marico, y que yo sepa, Max Steel es blanco, todavía no sacan la versión afrodescendiente. Aunque como está la cosa, cualquier carajito elije cualquier mierda, ya sea Iron Man, Spideman o un teletubi (ya ni sé como coño se escribe), y termina por meterse a marico.

Pero el detalle curioso no radica en que si los carajitos son negro o blancos, o si serán putas o gays, sino en las Barbie y los Ken. Resulta que el grupo que estaba haciendo el estudio, después de recorrer casi que todas las jugueterías de México, no pudo encontrar a la primera Barbie negra del país! ¡Todos los condenados muñecos son blancos! Otra muestra más de la conchambrosa mentalidad de la suciedad sociedad moderna en la que vivimos. No es racismo, es eugenesia: hasta en los putos juguetes les inculcan a las débiles mentes de la generación de relevo si deben ser putas y maricos, o si simplemente se compran un carrito o un lego y terminan siendo camioneros o ingenieros. Digo yo, no sé.

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