Lectura del Momento: “Órdenes Ejecutivas” (1/2)

El otro día encontrábame con mi madre en Sabana Grande, camino a El Castillo para comprar telas, cuando nos topamos con una feria de libros usados. Dado que tenía un poco de dinero de sobra, decidimos acercarnos para curiosear un poco, a ver qué podíamos llevarnos. Eran tres tiendas bastante grandes, con pilas de libros bastante variados, que iban desde las memorias completas de O’Leary, con sus pesados e inmamables 28 volúmenes (de como kilo y medio cada uno), pasando por Marx, Tolstoi y el fotógrafo de Lady Di, hasta cuentos infantiles escritos por autores no tan amigos de los infantes.

Sin embargo, entre esa pila de libros, hubo dos que me llamaron poderosamente la atención: uno fue una adaptación de La Lista de Schindler, una de mis películas favoritas, y el otro fue Órdenes Presidenciales, de Tom Clancy. Éste último lo había querido leer desde que me enteré de su existencia, nunca supe por qué. Pero bueno, tenía en mi cartera 100 BsF, y qué coño… me llevé ambos, para así deleitarme con nuevas lecturas, y llenar un poco mi casi inexistente biblioteca (7 títulos, de los cuales 2 son prestados). Luego, seguimos mironeando un rato, y aunque vimos otros libros bastante buenos, el bolsillo estaba vacío.

Acto seguido, entramos al Castillo, y mientras ella iba a buscar sus telas, yo me senté a esperarla, devorando Órdenes. El libro es una primera edición, en tapa dura (muy sexy), de la Editorial Norma, con ese olor caraterístico de libro viejo y añejado. Cabe destacar que, al haber sido una primera edición, hicieron una traducción adaptativa del título: como es sabido, las “órdenes ejecutivas” en Estados Unidos son equivalentes a las órdenes o decretos presidenciales en los países de habla hispana, por lo cual el cambio de contexto, en su momento, fue visto como necesario por la editorial. En lo particular, soy algo puritano y prefiero el título como traducción literal, así que de ahora en adelante me referiré al libro como tal, Órdenes Ejecutivas.

No voy a spoilear detalles de la historia (para ello cómprenlo o bájenlo de internet, Google is your friend), aunque mencionaré un poco algunos detalles que me llamaron la atención. A grosso modo, la historia trata de cómo un sólo individuo, Jack Ryan, trata de gobernar un país en un estado de casi ingobernabilidad por cierto evento que lo decapita (al país, no a Ryan), junto con el agregado de terroristas, conspiraciones, la CIA, el imperio, la paja, y un par de montañeses anarquistas (¿qué coño?). Es en este punto en el cual ustedes van a Google, buscan el sumario del libro, y empiezan a entender de qué rayos estoy hablando.

En serio, no soplaré todos los detalles, no soy bueno contando historias sin spoilear. Sin embargo, quisiera recalcar una de las cosas que me parecen interesantes en la novela, y es el hecho de que a Ryan le toca realizar un trabajo que él detesta. Ryan no es político, y sin embargo le toca ejercer el cargo no de presidente o jefe de estado, sino prácticamente de gobierno de un país saliente de una guerra (que es la trama principal de la novela que sirve de precuela, Deuda de Honor). El tipo es jodidamente honesto y con una actitud fuertemente moral, al punto que se siente mal por realizar ciertas tareas que le corresponde por las circunstancias y el cargo. Como ingrediente extra a este mondongo, está el juego de la intriga, la burocracia y la parte sucia con la que siempre está relacionada la política, lo cual choca en numerosas ocasiones con el carácter de Ryan. Pero, a medida que se desarrolla la historia, las exigencias del cargo fuerzan a Ryan a un aprendizaje rápido de las reglas del juego, y con ello, aceptar su papel con menos renuencia, al punto de empezar a agarrarle gusto a la cosa.

Otra cosa que me llama la atención es el tono idealista bajo el cual la historia se desarrolla: una nación a la cual hay que reconstruir, y para el trabajo ponen a un tipo al cual sólo le interesa en bienestar de su país, y para ello busca gente que él cree es capaz (y que, técnica y objetivamente, lo es)  para poner a funcionar los engranajes del Gobierno, con tuercas nuevas y aceite de más calidad. Claro, al tratar de limpiar el chiquero que ha dejado el sistema, salen a relucir los típicos obstáculos que intentan frenar la labor: políticos resentidos, los medios de comunicación, unos montañeses anarquistas (que a todas estas no sé qué coño hacen en el libro), y la ración habitual de terrorismo, conspiraciones internacionales, y cualquier otro addendum que le pueda dar un poco más de drama a la historia.

No soy ducho en el Ryanverse (apenas vi La Caza del Octubre Rojo La Suma de Todos Los Miedos), pero puedo decir que, el tipo se esmera de sobremanera en relatar todo lo relacionado con los Estados Unidos, bien sea a nivel militar o ejecutivo. Un ejemplo en Órdenes es la descripción de los protocolos que se llevan dentro de la Casa Blanca, a nivel burocrático o de seguridad, lo cual, si bien es ultimadamente americano, también ilustra al lector un poco sobre la importancia que tiene el Big Boss, y el nivel de paranoia bajo el cual se manejan en situaciones extraordinarias.

Además, hay factores que siempre, por más ficticios que sea, nos dan una idea de cómo es el terrorismo desde la perspectiva del fundamentalismo islámico. En la novela se presenta al principal antagonista como un ayatolá iraní con un severo caso de megalomanía, que utiliza la religión como excusa para realizar ataques terroristas. Cabe destacar que en la novela, aunque no mencionan al fanatismo religioso como base y motor de dichos actos, la religión está presente más como una especie de médium cultural… y como papel higiénico del villano.

Otro punto, continuando con el tema del terrorismo, es el hecho de utilizar al ébola como herramienta para dichos actos. No soy médico, y a estas alturas ni siquiera me he molestado en abrir Wikipedia, pero la manera en que el autor narra el proceso para convertir dicho virus en una potencial arma biológica es terrorífico. Ficción es ficción, pero que empiece con un  par de casos en Zaire (ahora Congo), y luego termine en la experimentación humana, con una sobredosis de gore y literatura cuasi-zombie, me lleva pensar un poco sobre el verdadero nivel de perversidad que realmente pueda tener algún tipo con aspiraciones terroristas. Claro, hay un punto en que la historia se vuelve un tanto sensacionalista y holywoodense en ese aspecto, como es típico de los gringos, pero también nos deja el mensaje de nunca descartar la paranoia como factor en nuestra vida.

Hay muchos detalles en la novela que ciertamente me intrigan, y es lo que, a mi parecer, es su atractivo. Es la típica novela Clancyesca, con una fundación bastante atípica (y ciertamente comparte similitudes ciertos eventos de la vida real). Tiene personajes interesantes, algunos capturan, otros sencillamente te provoca mandarlos a la mierda (como el par de montañeses anarquistas que después de 571 páginas no hacen un coño sino fundir plomo). La narrativa es bastante concisa, aunque muchas veces se torna densa, dado el trasfondo de la novela, y tambien de la historia de algunos de los personajes. Una cosa que me agradó mucho es el hecho de que no se tomaron la molestia en intentar traducir la cantidad de acrónimos y siglas con las que se manejan los gringos; encuentro divertido descubrir su significado a medida que leo e interpreto la novela, y si tenemos en cuenta que fue escrita en 1996, cuando casi nadie tenía internet, muchos tuvieron que hacer lo mismo.

Como mencioné anteriormente, apenas llevo 571 páginas leídas, de casi 950, por lo cual un review per se es algo prematuro. Sin embargo, la emoción de estar leyendo un libro que he anhelado desde pequeño me hizo reflexionar y escribir un poco sobre el mismo. Ciertamente es un libro por excelencia estadounidense, una historia para estadounidenses. Pero he de reconocer que, si bien no soy partidario del proto-imperialismo americano (vamos a estar claros, así son los gringos), encuentro fascinante todas las idioteces relacionadas con su chauvinismo. De la misma manera, reconozco que el libro me ha hecho reconocer a los Estados Unidos como una nación bastante íntegra, dados los preceptos bajo los cuales fue fundada y sobre los cuales debería funcionar, y dejando de lado su herencia bélica y su papel de polícia mundial autoproclamado. Claro, Órdenes Ejecutivas es ficción. Es una novela. Es literatura. Son palabras. Y las palabras bien empleadas siempre encuentran la manera de volvernos idiotas. Y hasta en la misma novela, Ryan, al igual que nosotros, se da cuenta de ello. Como dijo alguna vez Rudyard Kipling,

Words are, of course, the most powerful drug used by mankind.

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