Lectura del Momento: “Órdenes Ejecutivas” (2/2)

He de ser honesto, no soy fan de hacer “segundas partes” de posts. Sin embargo, he decidido escribir uno, para hacer justicia a una promesa que hice. Hace ya más de una semana que terminé Órdenes Ejecutivas, y creo necesario terminar este pseudo review, aunque sea en líneas generales.

Cuando escribí este post, iba un poco pasando la mitad de la historia. En general, el avance de la misma se tornó un poco lento: los cambios entre escenarios se tornaron más frecuentes, por lo que seguir el hilo resultó un poco difícil, sobre todo en las secciones donde no mencionaban quién hablaba o actuaba (que eran muchas). Sin embargo, llegó un punto en que todas las líneas empezaron a converger paulatinamente, y se produjeron incidentes bastante notables que hicieron aumentar la tensión: un misil derribando un avión de pasajeros en China, el inicio del ataque biológico, un  atentado (o bueno, dos) casi en el patio de la Casa Blanca, una segunda Guerra del Golfo, y los condenados montañeses, cuya presencia por fin tiene algo de sentido. De nuevo, no pretendo spoilear, pero me gustaría resaltar algunos aspectos creo son pivotales en el desarrollo del creciente clímax de la novela.

Dado que el protagonista es un ex-agente de la CIA, es bastante normal que muchas de las decisiones que toma como presidente tienen un trasfondo bastante influenciado por su carrera. Muchas decisiones las ha tomado desde un punto de vista estratégico, enfocándose primero en lo esencial y necesario, implicando el menor costo posible, tanto humano como monetario. Y aunque suene bastante obvio, es en este punto, creo, que va cobrando sentido el título de la novela: a través de toda la historia, Ryan ha estado reconstruyendo la cúpula del gobierno, asignando gente capaz a puestos claves, como el Tesoro, jueces en la Corte Suprema, etc. Sin embargo, he aquí un detalle que muchos tardan en descubrir: en Estados Unidos, el presidente tiene la postetad de designar personal ejecutivo, federal, judicial y diplomático, bajo expreso consentimiento del Senado… y es aquí donde radica la genialidad de esta novela.

Es ese pequeño detalle el fulcro bajo el cual gira toda la historia: no hay Senado, no hay Corte Suprema, no hay nada. Y Ryan necesita gente para poner a funcionar las cosas. Pero esa gente no puede llegar al puesto en el que deben estar porque no hay Senado ni Corte Suprema. Y no hay manera de designar una Corte Suprema sin Senado. Y así va la historia, un abrazo mortal tras otro, un loop sin fin. Hasta que entran en escena las órdenes ejecutivas.

En ningún momento lo mencionan de manera explícita, pero todas las decisiones tomadas por Ryan están catalogadas bajo el prospecto de órdenes ejecutivas. Al tener que ponerle cabeza al país, él solo tuvo que cargar con todo el peso y responsabilidad del gobierno para hacerlo. Y a medida que avanza la historia, ese peso disminuye, pero siempre debe tomar decisiones, y esas decisiones siempre terminan siendo órdenes (y ejecutivas, de paso). Y lo curioso de todo esto es que, durante el transcurso de la novela, estas órdenes siempre se muestran al lector como la manifestación de la voluntad de Ryan, desde un punto de vista personal, aunque hayan sido producto de situaciones que las exigían.

Una de estas situaciones es, predeciblemente, el producto de la subtrama más perversa: el ataque biológico con Ébola. El desarrollo de esta parte es lento, tanto que en la novela la muestran como interludios de tres párrafos entre partes de la historia. Sin embargo, cuando empiezan a aumentar estos párrafos, la gravedad de la situación ya ha llegado a un punto crítico, y es aquí cuando, por primera vez en toda la novela, mencionan explícitamente el uso de una orden ejecutiva. Ryan decide seguir un protocolo de seguridad que, dada su naturaleza, viola la Constitución, pero que logra preservar la seguridad y disminuir el nivel de la amenaza. Y así como una subrama va concluyendo, otra ve llegando al pináculo, y así sigue la historia. Es un vaivén que no baja, hasta que se hace explícito. Es hacia el final, las últimas 150 páginas, que la novela va en route a un final apoteósico: una segunda (y bastante ficticia, dada las circunstancias) Guerra del Golfo, contra una unión bizarra entre Irán e Iraq, un intento de asesinato contra Ryan, y un montón de cosas que, finalmente, terminan con un mazazo: la doctrina Ryan. Lánzale una bomba al responsable de todo, antes de que pueda salir de su casa.

En fin. Órdenes Ejecutivas no es sólo una simple novela de Tom Clancy. Es, muy ingenuamente, una alegoría del poder en sí misimo: el poder de construir y deconstruir, el poder de decisión o de voluntad (willpower). Entre líneas y a trasluz se muestra a Ryan como una especia de proto-tirano, con mucho más poder que le corresponde, tomando decisiones a su antojo y sin medir consecuencias, pero que de alguna manera siempre termina por salirse con la suya. Y en su caso, el poder es la delgada línea que une la dicotomía entre la tiranía y el moralismo bajo el cual actúa. Son muchos los mensajes que esta novela revela, demasiados para escribirlos, pero ciertamente hacen que sea una lectura amena. Y hasta aquí llegué hoy.

Adeu!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s