Tan pequeño e insignificante…

Recuerdo que, hace unos años, encontrábame yo sentado frente a la computadora en mi cuarto, cuando escucho el trinar de un pájaro muy cerca. En aquel entonces mi madre tenía en el balcón alpiste para aquellos pajaritos que solían visitarnos, por lo cual no era de extrañar que escuchara muy a menudo sus cantos. Sin embargo, me extrañó que éste en particular sonara como si estuviese dentro de mi propio cuarto.

Luego de unos minutos, tras los cuales el chillido del pájaro se hizo menos frecuente, me levanté de la silla y decidí echar un vistazo al apartamento, buscando a ver dónde estaba el interlocutor, aunque sin éxito. Pasaron varios minutos y tuve que repetir la operación, ya que el pajarito siguió cantando, exaltado por la actividad. No fue sino hasta pasado un buen rato que volteo, y me doy cuenta que el fulano pajarito estaba justo detrás de mí, acurrucado en mi almohada.

En ese momento me acerqué a observar a la criatura, que estaba tan asustada que ni se movía. No sé qué especie era (soy malo para identificar pájaros genéricos), pero si sabía que era apenas un pichón, diminuto e indefenso. En ese momento lo único que pensé podía hacer era tomarlo entre mis manos y llevarlo hasta el balcón, donde posiblemente se rencontraría con sus progenitores y saldría volando feliz; evidentemente, eso fue lo que hice. Sin embargo, apenas coloqué a tan diminuta criatura entre mis manos, recordé un episodio que había vivido un tiempo atrás.

Estaba en la universidad, volviendo de almorzar con unos amigos, cuando en el pasillo que conduce al pabellón de agrupaciones nos topamos con una muchacha de cuclillas en el suelo. No sabíamos que estaba haciendo, hasta que se levanto, y en sus manos asomó un pajarito, de la misma especie genérica. Lo increíble es que, si bien no estaba lastimado, el condenado estaba feliz, dando saltitos. Por un momento pensé que esa muchacha debía ser Buda, o algo por el estilo, porque no siempre un pájaro se posa con tanta naturalidad sobre las manos de una persona. Sin embargo, en el momento en que tuve yo a ese pichón en mis manos, descarté por completo la idea de ser una especie de Buda, ser iluminado, o alma noble.

Aun siendo extremadamente pequeño, sentí que ese pichón ejercía una enorme fuerza sobre mi mano. Me sentí abrumado por la experiencia: durante un momento pensé que todo el mundo hacía silencio, y escuchaba el latir de su corazoncito, poderoso y retumbante, como si de los pasos de un gigante se trataran. Mi mano se sintió pesada, y me vi invadido por pulsaciones, que hasta el día de hoy sigo jurando provenían de ese animalito. En esos instantes que lo tuve en mi mano, sentí el peso del mundo sobre mis hombros, una responsabilidad que pocas veces he sentido, y un gran sentimiento de culpa; me sentí el ser más pequeño e insignificante en este mundo. Sin embargo, pude recobrar la compostura, y decidí llevar a la criatura al balcón, y dejarlo en una mata de sábila que tenemos, esperando a que volara en compañía.

Ya han pasado varios años, y los pajaritos ya no vienen con tanta frecuencia, más que todo por la gata. Y aun así, a veces me siento como en aquél breve y trascendental momento: tan pequeño e insignificante…

Este es el fulano pajarito que pisoteó mi supuesta humanidad.
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