Crónica de un robo…

NOTA: antes de que prosigan leyendo, debo informar que, si bien el título de este post es parcialmente amarillista, el contenido no es más que un relato bastante apresurado de una experiencia colectiva generalizada, sin muchos detalles ni dramatismo (creo). No me robaron, no robé nada… pero nada es inventado.

Antes, escuchar a alguien decir “¡Me atracaron anoche!”, solía generar una diversidad enorme de emociones en las personas, todas generalmente marcadas con una tilde de sorpresa, y siempre conllevaban a la ronda de preguntas e indagaciones masivas, para tornar el asunto en un criadero de chismes. Ahora alguien dice “Coño, ¡robaron en mi edificio!”, y la reacción suele ser un “Ah, ¡qué malo!”, que en realidad se traduce en un cotidiano y banal “¡Gran vaina!”

Así será la situación actual de la sociedad venezolana, que aquellas acciones que antes se calificaban de espantosas y totalmente condenables, ahora son otro matiz adicional en el lienzo del acontecer diario del país. Quinientos muertos en la morgue en sólo una semana, dos secuestros, cualquier cantidad de asesinatos; cualquier noticia relacionada a la violencia pasa a ser ya una escena más de esta película sangrienta, “Made in Venezuela”. La única excepción podría ser el motorizado muerto en Valles del Tuy, pero con los sesos desparramados por la calle, tampoco se aleja mucho de la realidad antes mencionada.

Lo mismo ocurre con los robos. Como antes planteé, ya la cosa se ha tornado en una especia de chiste malo de tanto repetirse. Y aunque el chisme vuele, y se esfume por los aires, la experiencia queda, subyacente. Todo este gamelote lo he escrito sólo como preámbulo al motivo de este post: el día de ayer, en mi edificio, robaron. O algo por el estilo.

Lo irónico del asunto es que no fue a mano armada, no hubo violencia (creo), ni nada por el estilo. Todo aconteció con tal silencio y tranquilidad que nadie se dio cuenta de lo que ocurrió hasta muy tarde. Ahora se preguntarán que cómo coño roban en un edificio y nadie se entera. Simple.

Empezaré por lo básico: mi edificio. Yo vivo en un “rancho parado”, como suele decir mi madre: un edificio de 6 plantas, que data de finales de los ’50, en cierta urbanización de Caracas. Y cuando digo cierta es más por la locación y reputación de la misma (cetro-este geográfico y segura). Esta zona solía ser extremadamente tranquila hasta hace unos pocos años; tan tranquila que lo máximo que podía acontecer (y aconteció) fue un choque entre una camioneta y un semáforo. Ahora, con la construcción de la línea 4 del Metro a 1 cuadra, junto con el cambio de sentido de calles, esto se ha convertido en una especie de putería vial, por donde pasa cualquier cantidad de escoria, potencial o existente.

El edificio como tal es un vejestorio, una reliquia del pasado, pero es objeto de zamureo por parte de cualquier variedad de personas, debido a su estratégica ubicación, y el atractivo canon de arrendamiento (congelado desde hace no-sé-cuántos años). Y así como es de viejo, también es de vulnerable: la reja principal ya ha sido forzada un par de veces antes, hasta que fue cambiada porque un borracho subnormal en una Land Rover se estrelló contra ella y la hundió hasta casi el fondo de la pequeña planta baja. Además, ciertos vecinos tienen la mala costumbre de dejarla abierta, creyendo que viven en Suiza, o algo por el estilo.

No es la primera vez que roban en el edificio: en una ocasión, unos albañiles que estaban haciendo un trabajo en un apartamento de arriba le habían sacado copia a la lleva, y un día en que los dueños no estaban, dejaron el apartamento casi tan pelado como los Médanos. Sin embargo, jamás habían intentado entrar a los apartamentos a la fuerza, y menos en plena luz del día y a hora pico. Bueno, aunque ya a estas alturas del partido, pueden robar a una viejita saliendo del banco en pleno mediodía, así que en realidad no tiene tanta importancia. Creo.

El robo en sí, como mencioné, fue “silencioso”. Los ladrones forzaron las cerraduras de 3 apartamentos, uno en mi piso y los otros dos en el de arriba, aunque sólo pudieron robar de uno de éstos. En un caso, el apartamento de un vecino en mi piso, lograron romper el cilindro de la reja, pero se toparon con que la puerta es una mole híbrido entre Multilock y la puerta de un búnker, y se dieron cuenta sólo cuando pudieron sacar la manija que no podían hacer más nada (salvo el ridículo). En el caso del piso de arriba la cosa ya fue más grave: como antes habían robado, instalaron una reja para acceder, de la cuales los únicos que tenían llave eran los habitantes de dicho piso, y mi madre. Pero la cerradura de dicha reja no estaba forzada, lo cual indica que alguien se hizo con la llave de alguna manera, y conocía el edificio.

En el piso de arriba el modus operandi fue el mismo: forzar cerradura de la reja, dar con otra puerta de búnker, y por fin abrir la puerta del último apartamento, que ni siquiera cerradura tiene. “Por fin”, habrán pensado los condenados, que seguro se habrán llevado un chasco al ver que en ese apartamento lo que más pueden conseguir de valor son los televisores culo ‘e botella del vecino (es budista), aunque para remediar hicieron su agosto con todas las herramientas e implementos de carpintería del pobre hombre, que los tenía en un escaparate en el pasillo.

Nadie se habría dado cuenta de la magnitud del incidente, de no ser por la muchacha encargada de la limpieza del edificio, que se tropezó con los maleantes, bajando con bolsas negras llenas de botín, y luego con la cerradura del vecino descoñetada, donde acto seguido tocó a mi casa y le informó a mi madre. Luego la voz corrió, aunque, con lo simpáticos que son los habitantes de este edificio, las únicas personas que demostraron interés y/o solidaridad para con las víctimas fueron un cerrajero y su asistente. Y mi familia.

Sin embargo, el incidente dejó a mi mamá casi en un mar de nervios. Estuvo toda la tarde intentando contactar a los vecinos del piso,  lo cual fue una tarea vana y fútil, porque ni siquiera sabíamos como se llamaban (si, es triste, pero así de simpáticos son los habitantes de este edificio). Al final supimos, aparte del nombre, que estaban de viaje en Panamá, lo cual aumentó la paranoia de mi mamá. A la noche por fin pudimos contactarlos, y luego llegó un cerrajero para evaluar la situación.

Y he aquí cuando he de cambiar el rumbo del post un poco (ya se me están acabando las ideas buenas). Hoy, al llegar a mi casa de hacer unas compras, me encuentro con el cerrajero instalando una nueva cerradura al vecino, que se regresó del exterior al saber de la situación. Y aquí viene lo irónico del asunto: el hombre, que antes casi ni saludaba, ahora estaba dispuesto a compartir datos de contacto. Agradeció que le hubiésemos contactado, y hasta propuso instalar una reja más para el piso, con timbre incluido. La paranoia lo invadió también. Bueno, a todos.

A final de cuentas, no se sabe a ciencia cierta quién es el responsable de dichos actos, pero se tiene una idea. Mi madre sospecha que son unos trabajadores que están remodelando un apartamente más abajo, ya que todo esto sólo lo pudo hacer alguien que conociera el edificio y supiera quien estaba de viaje o no. Sin embargo, no se pueden hacer muchas especulaciones, aunque las corazonadas de mi madre nunca fallan. Además, hay otro factor que hay que tener en cuenta, y es que en las cercanías han invadido dos edificios, por lo cual no está demás especular. En fin, este post ya está muy largo, y ciertamente se tornó aburrido. Como verán, soy malo echando cuentos con lujo de detalles, a veces la incoherencia se abre paso entre los párrafos. Adeu!

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