Random Musings, Pt.3

Como no se me ocurre un tema en específico para desarrollar, o que tenga pero no puedo comentar (tengo derecho mariconerías y falacias psicológicas como la privacidad en internet), decidí tomar ideas cortas que están divagando en el vasto océano de mi cochambrosa mente.

#MothersLogic

Mi madre fue el miércoles con una amiga a Upata, para chequearse con un quiropráctico de renombre (por allá, porque aquí ni lo he oído), y para que le acomodaran la columna. Al volver a Caracas, me cuenta que el cambio en su amiga fue dramático, y me dice que yo debería ir también, a que me acomoden mi maltratado esqueleto, luego de inscribir semestre. Sin embargo, el proceso lo deja a uno un tanto adolorido, por lo cual el médico/quiropráctico recomienda 3 semanas de reposo en cama, sin hacer mucho esfuerzo físico, por lo cual le comento que si lo hago, voy a llegar vuelto leña a la universidad.

“Voy a tener que llevar la gandola (mi laptop) a la universidad, y pesa demasiado”, le digo.

“Ah, ¡no te preocupes! El esfuerzo al que se refiere es a pasar coleto y barrer.”

Esta fue mi cara, literalmente.

Verano

Este año volví a inscribir curso intensivo de verano, para adelantar una materia, Métodos Numéricos, y salir de la condenada rama de los Cálculos, que siempre ha sido el karma durante mi vida de universitario. Es norma que en el verano ciertos profesores sufren una transformación similar a la de Dr. Jekyll, pero a la inversa: pasan de ser los peores, más ratas y sucios, a ser dignos de un premio a la educación. Claro, es normal, ya que están recibiendo como pago el 30% de la matrícula del salón, lo cual a grosso modo puede llegar a ser 10 veces el salario mínimo (a veces más). Y todo por dar clases 6 semanas. En cualquier caso, debo reconocer que, si bien es un riesgo adelantar materias, los resultados son satisfactorios,  irrevelantemente del cambio de matices en el carácter del profesor. Y, ciertamente, el 13 que obtuve en la nota definitiva es bastante satisfactorio.

Al darle la noticia a mi madre, ella me pregunta, muy inocentemente: “¿No vas a volver a ver ningún otro Cálculo?”. Mi reacción fue automática, un acto reflejo.

Bitch please!

Corte de Cabello

He de confesar que soy una de las personas más perezosas que han de conocer. Aunque a veces tengo “ataques” de proactividad, en los que no sólo arreglo mi escritorio o limpio el cuarto, sino que a veces termino limpiando casi todo el apartamento (salvo la zona de trabajo de mi madre), soy un completo vago para actividades indispensables para el ser humano (hombre, en este caso) como ir al barbero, o afeitarse. Detesto afeitarme (con frecuencia). Pero también detesto dejarme la chiva. Es una dicotomía con la que seguro viviré hasta que me haga una condenada depilación laser, y acabar con ese rollo.

En cuanto a cortarme el cabello… no es que sea vago. Sólo que siempre se me olvida. Siempre digo que voy a ir cada siete semanas al barbero, pero o se me olvida, o se me pasa la fecha, o estoy ocupado luchando con el semestre, o el tipo está de vacaciones. Y aun cuando no me gusta dejarme crecer mucho el cabello, termino en el mismo círculo vicioso.

Entonces llega un punto en que dejo de parecer una persona civilizada, y me veo más como una mezcla bizarra de Jerry Seinfeld con Kramer. Pero con lentes, y menos gracioso. Y es ahí cuando me entra un ataque de “FFFFFFFFUUUUUUUUU———“, y me encierro con en el baño con una tijera, y me empiezo a rebajar la tumusa, o como la llamo yo, cabello “Krusty”. A muchos les extrañará que alguien haga eso, pero para mi ya es costumbre. De hecho, ya tengo tanta práctica en el asunto que en menos de 15 minutos acomodo un poco mi cabello híbrido Seinfeld/Kramer, y lo dejo luciendo un poco más como Jerry. Pero aun así todavía tengo lentes, y no doy risa.

Y este ciclo se repite durante 6 meses, hasta que un día paso frente a la barbería (que está a una cuadra de mi casa), entro, saludo a Giuseppe, y luego me siento en la silla, para hablar paja de fútbol, política, playa, Urbe Bikini, Fórmula 1 y cualquier otra ñoña, mientras lleno el piso de la barbería con una copiosa cantidad de rulos y cabello rebelde. Y luego., salgo con un rostro seguramente corny y muy cliché de “Whoa! So Fresh! *sparkles around him*”, mezclado con el alivio de haberme quitado un gran peso de encima.

Respecto a todo este rollo del corte de cabello, una amiga me preguntó en una ocasión: “¿Por qué no le dices a tu mamá que te corte el cabello? Es modista, y trabaja full con la tijera, ¿no?”

Muy seriamente, le dije: “Mi mamá lo hizo, en una ocasión. Fue la primera y última vez. ¡Más nunca!”

-“¿Por qué?”, me pregunta.

-“¿Ves mi oreja derecha, que hay una partecita medio rara? ¿que hay como una mancha que parece un lunar?”

-“¿Ajá?”

-“Bueno, esa fue mi mamá con la tijera.”


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