Mis Escila y Caribdis.

Es bien sabido que la berenjena y el calabacín son vegetales ampliamente utilizados en muchas recetas de cocina tradicional (como por ejemplo, pastichos o gratinados), así como también gozan de (creo) inmensa popularidad entre las “comunidades dietéticas”, y de omnipresencia en la dieta de los vegetarianos. Su bajo contenido calórico, así como la presencia de potasio, aminoácidos y vitaminas hacen de estos vegetales un deber-ser en la dieta de cualquier persona, si lo que busca es llevar una vida sana. Sin embargo, aun con todas las maravillas que ofrecen, pasa algo muy curioso.

Yo odio el calabacín y la berenjena.

Es muy probable, apuesto los 20 bolívares que el agujero negro de mi morral todavía no ha desaparecido, que muchos de los que lean este post estén pensando “A mi tampoco me gustan!” o “Ew, berenjena”. Es normal, muchos de nosotros estamos acostumbrados a una dieta poco saludable, llena de azúcar, carbohidratos y grasas, con algún toque de verde, cortesía de nuestras madres, o de la poca dizque conciencia que tomamos, aunque más bien sea una falacia psicológica. Sin embargo, mi relación con el calabacín y la berenjena no es tan “simple”.

Para empezar, no escribí “odio”, sino odio. No es lo mismo. Aun cuando es un leve matiz visualmente (a nivel cognitivo), el significado es distinto. Las comillas denotan, por convención del vulgo común, una aceptación renuente, que aunque no me gusten, los acepto de “buena gana”, ya que es por mi bienestar. En cambio, las cursivas denotan mi determinación y férrea disposición a canalizar todo mi desprecio y aversión a la berenjena y al calabacín. Esto es según mi retorcida y cochambrosa mente.

Este ha sido un tema de polémica que he tenido con mi madre desde que soy pequeño. Nuestras discusiones en torno al tema llegan a tal punto que alguno de los dos tiene que callar y ceder (por lo general yo), ya que puede escalar a nivel de gritos y vociferaciones. Creo que los mítines políticos de cualquier índole se quedan pendejos comparados. Al final, el asunto siempre queda zanjado con un “Si quieres ser diabético, no te los comas”, seguido de un plato lleno de estos ignominiosos vegetales.

Ciertamente mi posición es un tanto infantil. Sin embargo, las razones por las que detesto, al punto de arcadas,  estos vegetales, no es la misma por la cuales los niños pequeños. ¿Por qué? Bueno, hay vegetales que me gustan y me como de buena gana: brócoli, espinaca, coliflor, acelga, entre otros. Habrá veces en los que no me provoca comérmelos como los preparan tradicionalmente (da flojera masticar troncos, no soy un puto ñu), así que los meto en la licuadora y me hago una crema. Pero, a final de cuentas, me los como. Y me gusta.

Sin embargo, no pasa lo mismo con la berenjena y el calabacín. No importa la presentación, mi organismo siente una aversión natural. Tanto así, que me he puesto a teorizar, pensar y filosofar al respecto, y he hecho algunos descubrimientos (un tanto obvios) al respecto:

  • Composición: tanto la berenjena, como el calabacín, tienen un contenido rídiculamente alto de agua (92% para el primero, y… no sé, un-coñazo-% para el segundo), lo cual hace que durante su preparación/cocción, que es tradicionalmente al vapor, pierdan lo poco que tienen de propiedades. Lo normal en estos casos.
  • Sabor: al contener mucha agua, estos vegetales son naturalmente esponjosos, por lo cual absorben cualquier cantidad de… cosas del entorno donde se cocinan. Por consiguiente, el sabor siempre termina siendo una amalgama amarga de cualquier otro vegetal presente en la olla.
  • Textura: al ser esponjosos, y al absorber cualquier cosa presente en la olla, siempre terminan perdiendo la poca (e igualmente) pobre textura original, convirtiéndose en algo que bien puede ser comida alienígena (exagero).

Pero es la combinación de estos tres puntos la que explica mi actitud hacia estos vegetales. Es más, tal es la gravedad de asunto, que no me refiero a ellos por su nombre, sino como “estos” vegetales, como si de unos presos acusados de violación se tratasen. Es que… francamente, no puedo. No importa qué tanta fuerza de voluntad, ímpetu o coraje, reúna, no podré aceptarlos por completo. Es tal el nivel de aversión para con la berenjena y el calabacín, que siempre que tengo que comerlos, siento que estoy quemando millones de neuronas para poder concentrarme en el acto de “coger con el cubierto, meter en la boca, medio masticar y tragar”, y no dejar que las arcadas pisoteen lo mejor de mí y me hagan soltar el waffle encima de la mesa, #IfYouKnowWhatIMean. Además, como sé que el mejor sufrimiento es el menos prolongado, siempre me como estos vegetales de primero, y lo más rápido posible, aunque de todas maneras, el daño ya está hecho: perdí neuronas, me sentí como paciente bulímico en recuperación y cercené cualquier posibilidad de disfrutar mi almuerzo. Y, como cualquier experiencia traumática, siempre hay un aftermath: en vez de sentir la satisfacción hedonista post-almuerzo, lo que siento es como si me hubiesen metido un balonazo en la ingle, mezclado con un golpe de costado contra un árbol (cosas que ya me han pasado).

Lo triste del asunto es que, esto son tan pocas las veces que mi madre cocina berenjena o calabacín, que una estrategia a la Pavlov es totalmente inútil. De hecho, creo que este post surgió porque llevo dos días seguidos comiendo calabacín y berenjena, lo cual es para mí casi un crimen de lesa humanidad. Por esto creo que siempre viviré aborreciendo a esos dos vegetales, que cada vez que salen de la olla se asemejan más a engendros descendientes de Chtulhu, que alimentos indispensables para el bienestar de nuestro organismo. A veces siento que es tan intensa mi aversión, que con lo único que podría compararla es con el odio de Mafalda hacia la sopa. Es más, a veces desearía que Mafalda fuese un personaje de la vida real, y así crearíamos una asociación mundial en contra de la sopa, el calabacín y la berenjena (y cualquier otro vegetal detestable).

Muchos me han dicho que soy buena gente, considerado, pana, un pan de Dios, que aunque a veces tenga mál carácter, no soy “malo”. Yo creo, y estoy completamente seguro, de que esto se debe a que no podré sentir nada malo completamente hacia otro ser humano, ya que existen la berenjena y el calabacín. Es más, citando al típico argumento palabrero, “si yo fuera presidente”, vetaría su producción en el país, y colocaría impuestos y aranceles aduaneros escandalosos para su importación. Ciertamente, lo que para muchos mortales, gente común y corriente, son simples vegetales, para mí son dos archienemigos, un par de némesis, mis Escila y Caribdis. Aunque, sinceramente, prefiero estar en el lugar de Odiseo.

Bueno, basta. Ya es suficiente. Aun cuando tengo un montón de ideas para desarrollar, creo ya he perdido demasiado la compostura, y este escrito se ha tornado un poco infantil. En serio, siento que si sigo, me pondré más intenso y terminaré por salir corriendo a la calle gritando “NO MÁS BERENJENA! NO CALABACÍN! NOOOOOOOOO!!!”, cual loco de manicomio. I’m serious. Adeu!

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