Barajitas Repetidas.

Nota: este es otro post con alguna que otra incoherencia atravesada. Lea bajo su propio riesgo.

Ayer estaba en una clase un tanto tediosa cuando el profesor, que suele utilizar eventos de la vida real para ilustrar y explicar la materia, mencionó un incidente ocasionado por un apagón en Guri, y la termoeléctrica de Tacoa, hace “muchos años”, cuando Venezuela “solía tener varios presidentes”. En ese momento, tomó unos minutos para hacer un breve inciso, y nos preguntó: “Yo sé que son jóvenes, pero ¿alguien recuerda al presidente anterior, Rafael Caldera?”. De un salón de casi 30, creo fui el único en levantar la mano.

Yo, al igual que muchos, si recuerdo, aun con cierta vaguedad, esa época en la que nuestro presidente era un hombre ya mayor, arrugado, que a veces costaba entender lo que decía, y que usaba mucho gel para el cabello. Yo recuerdo esa época, en la que un Toronto costaba Bs. 50, y el billete mostraba la figura de Andrés Bello y era negro con púrpura y rojo. Recuerdo que el álbum Panini del mundial costaba Bs. 100, y el billete era igual de marrón con bolívar, pero era un billete de vulgo, que siempre aparecía arrugado; no como ahora, que es una rareza en la billetera general, que siempre sale reluciente y nuevo del banco, y parece llega casi en el mismo estado a las bóvedas. Aun después de mudarme a Caracas, en el ’98, recuerdo.

Recuerdo con terrible claridad que, el día que el actual presidente ganó las elecciones, le dije a mi madre, verbatim: “Nos jodimos”.

Recuerdo la Constituyente, con toda la “polémica” que causó. Recuerdo la tragedia de Vargas, que la viví casi en carne propia, a través de mi hermana y quien era su novio, en aquél entonces capitán de un helicóptero Super Puma, durante las labores de búsqueda y rescate. Recuerdo la negativa a la ayuda ofrecida por Clinton, los Globemaster despegando de Maiquetía, la intensa lluvia y el lodo. Recuerdo el 11-A. Recuerdo el paro, el inicio del control de cambio, la devaluación. Recuerdo que cada vez costaba más la vida. Recuerdo RCTV. Recuerdo las marchas, las lacrimógenas, los perdigones. Recuerdo las expropiaciones. Recuerdo la ineficiencia, la incompetencia, la inutilidad. Algunas cosas las recuerdo vagamente, pero en general, recuerdo todo. Recuerdo, recuerdo, recuerdo.

Y sin embargo, no basta recordar mucho para darnos cuentas que nuestra realidad, nuestro día a día, es producto de dichos recuerdos. De estancarnos en el pasado. De ver atrás y plantearnos un montón de “y si hubiese pasado tal cosa”, o “y si hubiese hecho tal otra”. Esta realidad que vivimos es producto de dejarnos llevar por la marea, de la inactividad, de la falta de fuerza de voluntad, del miedo; es producto de dejarnos llevar, conscientemente o no, por la demagogia sobresaturante, el discurso “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Porque el pueblo es manso, porque el pueblo es sumiso, porque el pueblo es estúpido.

Esta realidad, nuestra triste realidad, es producto del conformismo, del comodismo, del servilismo. Es producto de nuestra propia esencia, de cómo somos los venezolanos. Si, el venezolano es cómodo, es conformista, es jalabolas, es flojo; “póngame donde hay”, es lo que suelen decir. “Una palanca”, es la otra excusa. “Cobro quincena, ¡y pa’ la playa! ¡Rumba, curda y culos!”, es la media ponderada. “Pago una tarjeta con la otra, pero igual me hago las lolas”, es lo habitual. “Échame una ayudaíta”, a lo que se rebaja dignidad e intelecto. Esa es nuestra herencia.

Pero no es lo que yo, o ningún otro contemporáneo, mayor o menor, joven o viejo, quiere en estos momentos, ni en un futuro. Hemos tenido que rebajarnos de nivel, decaer, llegar al borde de la miseria misma (tanto económica como humana), de permitir que mancillaran nuestro nombre ante el mundo, para darnos cuenta que no se puede seguir así. Venezuela tuvo que errar por un desierto de 40 años de efímera democracia para darse cuenta que había que salir de un círculo vicioso. Y vaya que salió del círculo, pero fue en vano, porque caímos en uno peor. Ahora, han tenido que pasar casi 15 años desde ese “cambio”, de esa supuesta “Quinta República”, para que el país se diese cuenta de que nunca salimos de la Cuarta, de que nunca hubo “el cambio”, de que la susodicha “revolución” no es más que una falacia psicológica, implantada en la mente de las masas, que en aquél entonces eran como las ovejas: mansas, sumisas, y estúpidas. Ahora es que el venezolano se ha dado cuenta que no es cuestión de ser de un bando u otro, o de gritar más que el otro, o de ser más que el otro; que no es cuestión de ser “el pueblo”, sino es cuestión de ser ciudadano.

No me refiero a ser ciudadano sólo en el sentido de respetar las normas, pagar los impuestos y colaborar por el bienestar general de la sociedad. Para esto todavía falta un buen trecho. Me refiero a ser ciudadano en el sentido de no sólo saber que se tienen derechos y deberes, sino también obligaciones para con uno, la familia, la sociedad y el país. Y no me refiero a obligaciones como botar la basura en los pipotes, no. Son obligaciones como involucrarnos, en mayor o menor grado, en la vida política del país. No me refiero a lanzarse de candidato así nomás y llegar a Globovisión a hacer el ridículo, sino a desarrollar una capacidad de crítica (y autocrítica) que nos permita mirar con objetividad a los hechos y así poder tomar una decisión al respecto, sea cual sea nuestra posición y situación. Son obligaciones como leer, ver, escuchar, dialogar, discutir, razonar. Pero, por sobre todo, votar.

No es que esté haciendo campaña de concientización, ni busco hacer propaganda de “Hay un camino!”. Tampoco estoy ocultando mi apatía hacia el status quo actual del país, en todos sus ámbitos. Simplemente expongo mi posición respecto a un tema que, para muchos, terminan siendo en extremo incómodo a la hora de la chiquita, una piedra en el zapato que luego se convierte en un cargo de conciencia. Es normal que, a estas alturas del partido (y desde antes), haya un miedo generalizado en lo que respecta al proceso electoral: fraudes, conteos, rastreos, si-voto-me-botan, la lista, las captahuellas, el jefe, etc. Me corrijo, no es normal, pero si “entendible”. Sin embargo, sería más que bueno si la gente se quitase un poco el chip ovejuno de la cabeza y sale a cumplir con el deber cívico más representativo de la democracia. Evidentemente, muchos son padres de familia, trabajadores comprometidos, gente que lucha por tener un quince y último e intenta sobrevivir. Pero… ¿acaso son ésas excusas para no hacerlo? Entiendo si son unos chupópteros acomodados, jalabolas o lastres humanos, pero dudo así sea la vasta mayoría de los venezolanos.

No voy a exagerar, ni pasarme de dramático como suelo hacer, ni hacer proselitismo político (de hecho, no me gusta la política), pero es innegable que este 7 de Octubre será una fecha de suma importancia. Una fecha en la que todos tenemos la obligación no sólo de ser ciudadanos ante nuestros pares, sino ante el mundo, y ejercer el derecho al voto. Ya no es sólo defender la democracia y la libertad, y todos esos discursos bonitos; es defender nuestra dignidad e integridad como venezolanos. Creo es el momento adecuado para salir de estas Escila y Caribdis en que estamos metidos, y continuar la Odisea de construir nuestra nación.

Así como los álbums Panini, que a muchos nos gustan, el álbum de la historia no se llena con barajitas repetidas. Siempre se tienen que cambiar.

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