“Me voy del país”: reflexiones post-elecciones.

 

Hace poco escribí un post reflexionando un poco sobre el proceso electoral de ayer, así como un montón de incoherencias relacionadas. Ciertamente lo escribí pensando en que hoy íbamos a amanecer con un nuevo presidente, cambiando la barajita del álbum de nuestra historia. Evidentemente, no fue así.

Ayer mi día comenzó con bastante normalidad, para ser honesto. Me levanté temprano, como es usual, pero no fue sino hasta pasadas las 8 que decidí subir al centro de votación, un colegio a 3 cuadras de mi casa. Decidí no hacerme muchas ilusiones, y llegué, esperando poca afluencia de personas, tal y como solía suceder, y al principio pensé ese era el caso. De las 13 mesas, la de mi mesa era la más larga (como siempre), y aun así no era lo que uno podía catalogar de “larga”. En principio pensé iba a quedarse así, pero a la media hora de haber llegado, un cerro de gente popped out of nowhere y llenó la calle. Ya después de votar, que fue a eso de las 12 y media, me enteré que ya habían votado 60% de los electores del centro, y la gente seguía llegando.

En ese momento me sentí bastante satisfecho, tal vez esperanzado, al igual que muchos venezolanos ayer. Por primera vez desde que soy partícipe, directo o indirecto, en un proceso electoral, no tuve ese sentimiento de derrota anunciada. Si, la participación fue masiva, los ánimos estuvieron en alto, el clima fue propicio. Muchos regresamos a nuestro hogar a esperar los resultados; unos ilusionados, otros expectantes. En ese momento hicimos historia.

Pero la historia no quiso cambiar.

No voy a relatar los acontecimientos, ni los rumores, ni nada por el estilo. Soy un mal cronista, resumo mal y nada está en orden. Pero si puedo decir que, lo primero que sentí fue indignación. Por lo de Bocaranda. A mi me importa un rábano el tipo, a decir verdad. Me importa un carajo si es el opositor más rajado desde Winston Churchill, o si es una eminencia radial, o si el es un duro en lo que hace, o si es el tío de una amiga mía. Coño, esa vaina no se hace. ¿Con qué moral va a anunciar los resultados antes de tiempo? Francamente, el tipo olvidó el significado de la palabra protocolo – no, se la pasó por el forro, que es otra cosa. No importa si tiene un primo o un sapo en el CNE, esa vaina no se hace. No importa si es cierto o no, uno se queda callado. No sirve excusa de “mejor soplar a llevarse un chasco mayor”, ni tampoco lo de conspiraciones y numeritos falsos. No seguiré despotricando contra el tipo, aunque si tengo ganas de enviarle de regalo un libro de “Ética y Responsabilidad Periodística para Dummies”, o algo así.

Segundo, sentí impotencia. Al principio me sorprendí por el hecho de haber movilizado al 80% del electorado, en realidad fue tremendo notición (técnicamente), pero todo fue opacado por la impotencia al saber que no fue suficiente tanto esfuerzo. Que ese 20% que no salió a votar pudo hacer la diferencia. Que hoy pudimos haber amanecido con una barajita nueva en el álbum de la historia de nuestro país.

Tercero, sentí decepción. No sólo por aquellos que decidieron, por cualquier motivo, no votar, sino también porque, definitivamente, en este país lo que abunda es la ignorancia y el conformismo. Sé que no es prudente, o inclusive correcto, generalizar, pero creo que Venezuela todavía no ha madurado políticamente del todo. Ciertamente hubo participación, hubo civismo, hubo responsabilidad ayer. Lo que no hubo fue cohesión ni congruencia. Una mayoría porcentual decidió que el país debe seguir el patrón del “pueblo”, de ese que es manso, sumiso y estúpido, a cambiar por una vida de ciudadanía, orgullo nacional y progreso.

Si, ayer me decepcioné de ese 54% de continua ignorancia, y del 20% de complicidad. Me decepcioné de mi país. Una vez más perdí la fe en la patria que me vio nacer, y que se traicionó a sí misma otra vez. Me sentí decepcionado de aquellos que decidieron seguir la herencia maldita de los 40 años, de seguir errando en la miseria. Me sentí decepcionado de aquellos que prefieren vivir mantenidos, sin dignidad, mancillando el nombre de mi país; a trabajar y luchar, no por subsistir o sobrevivir, sino para crecer y vivir.

Eso, y otras cosas más, fue lo que sentí anoche, luego de saber los resultados. Entonces empezó a salir el tema de “irse demasiado”. Si, me iría demasiado, pensé. Me convertiría en uno de esos niños de papi y mami, del “Este del Este”, y me largaría a un país con mejores oportunidades, mejor calidad de vida, donde pudiese ser “feliz”. Si, me voy demasiado. Me voy del país.

Pero no. No me voy.

Desde que tengo uso de razón, me criaron para ser alguien racional, crítico, consciente, con valores, ética y moral. Me enseñaron a ser puntual, honesto y responsable. Me enseñaron a ser tolerante (aunque no lo soy mucho) y a respetar. Me enseñaron a cruzar la calle por el rayado peatonal, a ser considerado con los mayores, a decir los buenos días aun cuando no reciba respuesta. Me enseñaron el prólogo de ser ciudadano. El resto lo tuve que aprender por mi cuenta.

Tuve que aprender que hay personas que piensan distinto, que tienen distinto nivel de educación, una cultura distinta, una vida distinta. Tuve que aprender que son pocos los que en verdad se preocupan por ser alguien con integridad en la vida, y que a esas personas hay que atesorarlas. Tuve que aprender que no hay derrotas, ni batallas perdidas, ni guerras mal planeadas, sino obstáculos que debemos utilizar para crecer y evolucionar. Tuve que aprender que la vida no es hacer lo que otros te digan qué hacer “por mi bienestar”, sino cuestionar y razonar por qué lo dicen, y a partir de allí tomar mis decisiones.

Y entre esas decisiones, siempre ha estado la de irme del país. Y hasta ahora, aun cuando he tenido varias oportunidades de tomarla y hacerla realidad, siempre he optado por lo contrario. Siempre he decidido quedarme.

No soy ultranacionalista rajado, como los mexicanos, o patriota extremista, como los gringos. Pero si estoy orgulloso del país en que nací. Puede que diga que me quiero ir, vivir en un país primermundista, con sueldo primermundista, una esposa primermundista, pagando una hipoteca primermundista de una casa primermundista. Y si lo digo, es porque jamás he salido de este país; no soy de una familia pudiente, ni con la holgura económica necesaria como para poder haber experimentado eso. Pero hasta ahora, esa decisión de no irme a otro país sigue en pie. No por orgullo nacional ni patriotismo, sino por cuestión de integridad.

Entre mis planes de vida están el graduarme de la universidad, trabajar e independizarme. Además, está la meta de hacer un postgrado en el exterior y crecer profesionalmente, experimentar la vida en otros países, conocer el mundo, otras culturas y otra gente, viajar y ganar un poco más de sabiduría, para crecer como persona. Mi meta no es radicarme en otro país, donde seré más extranjero de lo que siento soy en el mío. Si se da esa oportunidad, tal vez la considere y la aproveche… Pero oportunidades como ésas vienen como la lluvia en el desierto.

Mis planes siguen en pie. Eventualmente lograré estas metas, y cualquier otra que me plantee en el camino, pero estoy seguro que siempre regresaré al sitio que me vio nacer, y donde espero yacer finalmente. Porque, ¿de qué sirve irse por motivos egoístas? Si, reconozco soy un egoísta, pero no llego a tacaño. Sé que en estos momentos tengo sentimientos encontrados, que la situación que estamos viviendo hace que uno se desespere, pero también es motivo para reunir fuerzas y trabajar duro para salir adelante. No voy a dar un discurso optimista de “vamos a construir un mejor país”, porque bastante jodido que está, pero tampoco voy a decir “vámonos p’al carajo que aquí no hay más”: este país tiene demasiado para ofrecer, y nosotros debemos aprender a aprovecharlo, y esto se logra es trabajando, con honestidad, ganas y mucho esfuerzo. Por ahora sólo puedo decir que, si me voy, vuelvo, porque…

“…ingrato es quien se olvida de la patria y de los amigos de la infancia, cuando halla la felicidad  y se asienta en el oasis de la prosperidad y la fortuna.”

 

 

 

 

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