Los lentes y yo.

Recuerdo que la primera vez que mostré indicios de miopía fue a los 9 años. Estaba recién mudado a Caracas, cursando el 4to grado, cuando la profesora guía citó a mi madre, preocupada por mi evidente ceguera. Recuerdo vagamente que fuimos a un oftalmólogo en el Centro Médico de San Bernardino, y que al cabo de unos días ya estaba yo con mis primeros lentes, una torpe y burda imitación china de los Ray-Ban.

Pasarían 2 años y medio antes de que fuese evidente que necesitaba un cambio de lentes. En esta ocasión tuve cambio de oftalmólogo: ahora la consulta era en La Campiña, cerca de la Santiago de León, y el oftalmólogo fue recomendación del oncólogo que atendió a mi madre. Esta consulta, al igual que cualquier otra cosa, la recuerdo vagamente. Lo único que si me quedó grabado en la mente fue el cambio de la fórmula, las gotas para dilatar la pupila, y el tensiómetro intraocular. Cosas que jamás podré olvidar.

Para mi segundo par de lentes, la fórmula de miopía pasó de 2.5 en ambos ojos, a 4.00 en el izquierdo, y 4.25 en el derecho. Ciego de perinola. Y de los Ray-Ban chimbos, pasé a unos Police más ergonómicos, pequeños y visualmente más agradables. Eran ovalados, la montura en cromo mate y hecho en titanio. Y los cristales, que debido a lo alto de la fórmula resultaron Hi-Index, eran antirreflejo, lo cual en ese entonces me tenía todo emocionado.

Esos lentes me encantaban. Andaba con ellos para arriba y abajo, dado que mi ceguera me impedía (y todavía me impide) hacer cualquier cosa sin romper algo en su ausencia. Pero lo que más me gustaba era la marca: “Police”. Me recordaba a mi banda favorita de ese entonces, The Police. Y tenían estilo. Y yo, en particular, sentía que tenía estilo.

Claro, las cosas buenas no duran mucho si uno se descuida. Estos lentes terminaron casi destrozados, gracias a un balonazo me me dieron en todo el rostro durante un juego de fútbol en educación física. Estaba yo en 1er año, creo. Fue la primera vez que me dolió algo, aparte del rostro. Mis lentes terminaron más abollados que un choque en la Panamericana, y con una pata rota. Aquí fue donde aprendí la técnica de usar teipe negro para cualquier cosa.

Para cuando me partieron la cara con la pelota, ya la fórmula estaba más que caduca. Ahí fue cuando adquirí la mala costumbre de saltarme el chequeo anual con el oftalmólogo, postergando consultas un año, máximo dos. Para mi tercer par de lentes, la fórmula ya se acercaba peligrosamente a los 5 puntos de miopía en ambos ojos, y superando la marca de 1.25 en astigmatismo. De nuevo, aterrizamos en la Óptica Caroní de Sabana Grande, nuestra usualmente frecuentada para esta tarea, y salí de ahí con mis nuevos lentes: otros Police. En esta ocasión, eran ligeramente más pequeños que los anteriores, la montura marrón oscura y de titanio.

Estos fueron, sin duda alguna, los lentes a los que más aprecio les he tenido. Aun cuando sufrieron unos cuantos abollones, siempre pude regresarlos a su forma original (o lo más aproximado). Claro, al pasar los años, me arrepentí un poco, ya que mi cabeza había crecido al punto que las patas de los lentes se marcaban a los lados, y a veces resultaba incómodo.

Pasaron otros 2 años, o algo así, cuando me tocó ir a consulta de nuevo, someterme una vez más a esa terrible máquina llamada tensiómetro intraocular, y a la rutina de recibir regaños de mi oftalmólogo por vago. La fórmula aumentó de nuevo, y aunque empezaba a estabilizarse, tocaba sacar lentes nuevos: los cristales ya estaban demasiado rayados como para seguir utilizándolos.

En esa ocasión, mi madre no fue tan condescendiente para con mis pobres ojos. El Hi-Index ya estaba cariñoso, al igual que las monturas, así que mi decidió mandar a hacer los lentes con un tercero asociado al consultorio, en vez de ir a la Óptica Caroní, que siempre ha sido nuestra usual.

El resultado fue inesperadamente desastroso: la montura que elegí era un poco más cuadrada que la anterior, pero la marca era, de nuevo, una china genérica. Y los cristales, aun con su usual recubrimiento antirreflejo, resultaron ser un fiasco total: ya para la segunda limpiada, estaban más rayados que vidrio esmerilado, así que, para evitar realizar el gasto nuevamente, decidí utilizar mis lentes anteriores.

Y así pasarían otros 2 años más, hasta que me tocó ir a cita. Ya para entonces tenía yo 20 años, por lo cual mi oftalmólogo, para añadirle sazón a mi tortura casual con el tensiómetro, decidió mandar a hacerme otro montón de exámenes más, para cerciorarse de que no me estaba quedando más ciego de lo que ya estaba, y para estudiar la posibilidad de operarme. Uno era una campometría, y los otros ni recuerdo el nombre, pero sé que el sitio donde fui tenía muchas National Geographic, un aire acondicionado joeputa, y las máquinas que jugaban con mi vista eran operadas por uno mismo, cual arcade.

Y así, luego de los resultados, en los que terminé con una regresión en la fórmula, terminé con mi cuarto par de lentes. En vez de ir a la Caroní de Sabana Grande, aterricé en el CCCT, ya que era época navideña. En esa ocasión decidí cambiar el estilo: quería algo más serio, profesional, dinámico. Jugué como por media hora con un viaje de monturas, y justo cuando me iba a decidir por una montura Fila, terminé con mi vieja amiga, Police. De nuevo, la marca italiana aplastaba a la competencia, con sus líneas sobrias y montura de titanio.

Creo que mucha gente en realidad no le presta atención a este tipo de detalles. En mi caso, no fue sino hasta hace un tiempo que me di cuenta que siempre he tenido preferencia por esta marca. Siempre veo amigos y/o conocidos con lentes Prada, Dieciotto o cualquier otra marca, pero hasta ahora no conozco a nadie que use Police. Reconozco que, al igual que muchas otras marcas, las monturas no son nada baratas (aunque siempre he tenido suerte y las he comprado cuando hay rebajas de muchos-porcientos). Sin embargo, creo que siempre me he sentido identificado con ellas: sobrias, de carácter, y con estilo. Aunque creo que lo último es de lo que más carezco. Sobre todo cuando termino mordiendo las patas de los lentes, intentando ser cool.

Ya han pasado tres años desde mi última visita al oftalmólogo. Seguramente me recibirá con otro regaño, y el tensiómetro listo para torturarme, cual Alex DeLarge en A Clockwork Orange. Si la fórmula se ha estabilizado, entonces optaré por la operación, para no depender más de los lentes, y así alivianar un poco la carga económica que implica estar casi ciego legalmente. Sin embargo, no importa si me opero o no, creo seguiré utilizando Police. Me gustan demasiado.

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