Breves Crónicas de Metro: El Viejo Hemingway / “Caracas es un cajón”

Esta mañana decidí cambiar la rutina metronil, para variar. Por lo general, cuando llego a Zona Rental para tomar el tren hasta Antímano, suelo ir al lado del andén que da hacia el vagón líder. Es una costumbre que tengo desde que empecé a ir a la universidad, en parte por comodidad (siempre tiene aire acondicionado), y por otra, una inmensa flojera a cruzar hacia la izquierda al salir de la rampa de transferencia.

Dicho, y hecho, hoy crucé hacia la izquierda, y fui a esa parte del andén que jamás he tocado, en calidad de usuario abordante. Sonará tonto, pero me sentí como un recién llegado a Caracas, que conoce el sistema Metro por primera vez, y camina tontamente por la estación. Ciertamente el cambio fue drástico, pero me permitió observar otra faceta de mi rutina diaria, otro ambiente. A primeras, pude observar que la cantidad de personas que realizan ese cruce es mucho menor de lo que pensaba, por lo cual el andén estaba menos abarrotado, aun para ser las 7 y pico de la mañana. También me resultó curioso que una buena porción de los usuarios en esa parte eran jóvenes, en su mayoría estudiantes en mi universidad. No que me haya topado con alguien conocido, pero sí, suelen reconocerse.

Una vez abajo, hago la cola, y a los pocos minutos llega el tren. Despelote. Caos. Confusión. Una lucha entre los que salen y los que entran, en la cual nadie resulta ganador, ni perdedor. Entro al vagón. No hay asientos, así que me ubico relativamente cerca de la puerta, ya que el centro estaba ocupado. El tren arranca, y me sumerjo en mis pensamientos, dialogando con quien quiera que estuviese ocupando mi mente en ese momento, y planificando la rutina que, extrañamente, cumplí a cabalidad esta mañana.

No fue sino hasta pasado un par de minutos que noto, justo a mi lado, a un par de señores en una tertulia: uno joven, apenas en su treintena, típico banquero o gerente; el otro, un señor ya mayor, a quien sólo puedo describir como un “viejo Hemingway”. No sé por qué, fue la primera impresión que me dio. Tal vez era un mecánico, albañil o carpintero, pero a mi juicio era un literato, un druida, un viejo pescador de sabiduría.

No suelo prestarle mucha atención a las conversaciones ajenas, sean bien entre conocidos o extraños, pero en esta ocasión me fue inevitable escuchar y meditar la conversación entre Hemingway y el banquero, luego que el primero emplease la frase “Caracas es un cajón”.

El tema de discusión entre el Viejo y el banquero era simple: Caracas, al estar en un valle, tiene pocas salidas naturales desde las distintas zonas de la ciudad. Entre los ejemplos que dio estaban las Cota Mil, la Francisco Fajardo, Prados del Este, Valle-Coche, etc; así como números avenidas que, al tener un incidente vial en sus premisas, generan un efectó dominó en el tráfico capitalino. Y así, utilizando estos ejemplos, el Viejo desarrolló temas como el comportamiento del caraqueño en la calle, tanto como peaton como conductor; los motorizados, los fiscales, entre otras cosas, siempre con un aire un tanto filosófico.

Llegó un momento en que la conversación cesó, y mis oídos volvieron a llenarse del ruido ambiental, del tren andando, el chillido de los rieles, el aire acondicionado, el murmullo sin sentido de fondo. Yo volví a mi soliloquio mental, el banquero se bajó en una estación, y allí quedo el Viejo: pensativo, con la mirada clavada en la nada, con un vistazo ocasional a la gente, con una expresión que sólo denotaba ansias de saber. El Viejo sabe demasiado, pensé. Por un instante quise hablar con él, de palpar por un instante la sabiduría que emanaba, pero no pude, no me atreví. En ese cajón de acero, me quedé ensimismado, pensando, divagando.

El Viejo se baja en Carapita, con la misma expresión en el rostro. No era derrota, no era tristeza, no era frustración: era la soledad de la sabiduría. Con la frente en alto, camina. El viejo sabe demasiado, volví a pensar. Se cierran las puertas. El tren prosigue con la marcha. Sigo en el cajón de acero.

Y seguramente todos estamos así, todos los días: en un cajón. No sólo Caracas, aprisionándonos con sus endebles paredes de fantasía y miseria. Es el cajón en el que todos vivimos, en nuestros hogares, para luego salir al cajón de la rutina caraqueña, entrar a un cajón de acero, salir de un cajón de concreto, cruzar la calle llena de cajones último modelo o de madera podrida. Cajones de carne y hueso, llenos de un despelote de un pseudo-vestuario intelectual y emocional. Cajones en las aceras. Cajones en venta. Cajones en el cielo. Cajones habitados por alcurnia inepta. Pilas de cajones, llenos de más cajones. Cajones multicolores, multisabores, multiolores, multiperdedores. Cajones en la vida, de los cuales tratamos de salir, pero hallamos demasiado cómodos como para siquiera intentarlo.

Llego a Antímano. Bajo del cajón de acero, subo las escaleras, salgo del cajón de concreto que es la estación, y entro en el cajón de mi alma máter. He de pasar el día encerrado en este cajón, pienso. Tengo que graduarme, y tratar de salir de este cajón, sigo pensando. De repente, quiero saber más. Vuelvo a pensar. No quiero que mi vida siga en este cajón, archivada. Mejor dicho, no quiero que mi vida sea un cajón. Vuelvo a pensar.

¡De cajón! ¡El Viejo Hemingway sabe demasiado!

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