Leyendo a Mutis, viviendo a Maqroll.

Recuerdo que la primera vez que leí de Álvaro Mutis fue hace como 5 años, cuando todavía estudiaba en la USB: estaba yo luchando por un permiso para ver un trimestre humanista de generales, ya que no podía ver Matemáticas 2 ni Física 1 por régimen, y no quería pasar todo un trimestre vagueando en casa, y quería subir mi índice. De todas las opciones que habían, las que más me llamaron la atención fueron Japonés I (well, d’uh!), una que se llamaba “Éxito y Liderazgo”, la cual terminé por apodar “Plastilina I”, y una general de “Literatura de Álvaro Mutis,” o algo así.

Al principio la inscribí porque pensé, “Una general donde tengo que leer a un fulano, easy peasy.” Pero no era así de simple. No sólo era leer, sino que resultó también ser un montón de análisis, ensayos, interpretaciones e incluso una exposición, sobre algunas obras de dicho autor. En ese proceso, gasté un aproximado de Bs. 300.000 (fue antes del bolívar dizque-fuerte) en guías, por lo cual se convirtió en mi trimestre más caro durante toda mi estadía en la Simón. Sin embargo, y aunado que estaba leyendo en parte contra mi voluntad (aunque yo mismo me metí en ese embrollo), terminó siendo una experiencia satisfactoria.

Hablando de Mutis, debo admitir que me gusta más que García Márquez. Para quien no lo sepa, ambos son colombianos, contemporáneos y, casualmente, amigos. Lo que los diferencian es que el primero ganó un Nóbel y escribe realismo mágico, mientras que el otro no.

García Márquez es, a mi parecer, una especie de genio literato en extremo overrated. Que me caigan a pedradas, no me importa. Ciertamente el tipo tiene una narrativa fenomenal, aunque llega un punto en que su mero nombre empapela con hipérboles casi todas sus obras, en especial “Cien Años de Soledad.”  Francamente, el realismo mágico que tanto pregona en dicha novela me resulta tedioso, pesado. No sé, creo que mi paladar literario es un tanto ordinario.

Ahora bien, en el caso de Mutis, la historia es distinta. No es mi intención parecer jalabolas, pero creo que la escritura de Mutis es más llevadera. En vez de escribir historias auto-conclusivas, todas con temáticas distintas y tramas intensas, el tipo se ha dedicado a crear un personaje de culto involuntario en Maqroll el Gaviero, una especie de cruce entre Tom Sawyer, Indiana Jones y Jack Sparrow, un Platón o Sísifo errante, un Odiseo en perenne navegar; todo al mismo tiempo en que se inserta a sí mismo a modo de observador meta-ficticio, haciendo de pseudo-cronista involuntario e incidental de las desventuras y periplos del gaviero.

El primer contacto con el mundo de Maqroll lo tuve al leer algunas historias contenidas en “Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, una obesa antología de casi mil páginas y letras tamaño pulga. “La última escala del Tramp Steamer”, “Armibar” y “Tríptico de mar y tierra” fueron mi selección (debíamos hacer ensayos de dichas obras en la materia), y enseguida quedé fascinado. Pocas veces quedo enganchado con personajes literarios, me gusta más una historia por su contenido y profundidad. Sin embargo, Maqroll es todo un personaje, en sentido literal y figurado: un viejo sesentón, estancado en el tiempo, en búsqueda de aventuras que siempre son desastres anunciados. Un espíritu libre, navegando sin rumbo por la incertidumbre de la vida, echando anclas por doquier para pescar sabiduría. Un optimista cínico, que se resigna con fingida y efímera alegría en el derrotismo.

Creo que es por esto que me gustan las historias de Mutis. En parte, por la narrativa rica, que si bien llega a estar enflorecida con ciertos tintes de vanidad, no es en absoluto tediosa. Por otra, creo que es más por el hecho de sentirme reflejado en el personaje de Maqroll, en sus empresas y tribulaciones. Tanto así, que en “La Nieve del Almirante”, historia que estoy leyendo en estos momentos y me llevaron a escribir esta entrada, encontré este fragmento, parte de la verborrea mental de Maqroll, que puede resumirme un poco.

Me intriga sobremanera la forma en que se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia. Una fervorosa vocación de felicidad constantemente traicionada, a diario desviada y desembocando siempre en la necesidad de míseros fracasos, todos por entero ajenos a lo que, en lo más hondo y cierto de mi ser, he sabido siempre que debiera cumplirse si no fuera por esta querencia mía hacia una incesante derrota.

Genialidad pura. Así de simple. Y yo me devuelvo a mi lectura.

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