Catarsis Malograda (VI) – De la “idiotización de contenidos”, o algo así…

NOTA: el tema para este post ha estado rondando mi cabeza desde hace algunos días, pero no fue sino hoy que lo escribí. Tal vez haya perdido un poco su validez, pero de todas formas helo aquí.
DISCLAIMER: el contenido del siguiente post es de tilde en exceso gráfica, y además puede resultar ofensivo para algún que otro pendejo desprevenido. De antemano, me disculpo por cualquier ofensa que pueda ocasionar, pero de todas maneras, quedan advertidos.

De hace un tiempo para acá, he presenciado un fenómeno que, personalmente, me causa cierta perturbación, tanto a nivel físico, como intelectual y, exagerando un poco, emocional. Se trata de la continua, y desmesurada, corrupción del idioma español y, paralelamente, la creciente tendencia a lo que llamo “idiotización de contenidos.” Todo esto, evidentemente, en un contexto web 2.0, que hasta cierto punto ha extrapolado a la cotidianidad no digital. Dada la complejidad del tema, el cual creo he abstraído, e internalizado, mucho de manera innecesaria, lo expondré brevemente en tres puntos,  bajo la etiqueta de “crítica,” aunque sé de antemano que todo esto decaerá en una especie de hipérbole infantiloide.

El “Ola ke ase”

“Todos” conocemos la historia del origen de esta frase: algún ocioso agarró una imagen de una llama, y empleando la forma más decadente del español escrito, le dio el funesto título sobre el cual ahora reposa su popularidad, la cual ha impregnado hasta el último ápice visible de las redes sociales. Ahora, siendo optimistas, es posible que quien haya sido el autor de este meme lo haya hecho con la buena intención de burlarse de aquellos que emplean la más pútrida variante de la mala ortografía para comunicarse por internet. Pero, como reza el dicho, “el camino al infierno está plagado de buenas intenciones.”

A ver, señores: la mala ortografía siempre ha sido un problema mayúsculo durante la historia de la escritura en cualquier lengua. Es bien sabido que, una persona no escribe bien, no habla bien, ni se comunica bien, lo cual ultimadamente quiere decir que tampoco saber pensar bien. Por consiguiente, se puede decir que esta persona ha sufrido una carencia enorme en su proceso de cultivación intelectual, sin importar los factores que la hayan causado. En este caso me refiero a una persona adulta, o en su defecto, con una edad biológica que corresponda a un estado de madurez intelectual promedio. Hago omisión de casos excepcionales por razones obvias, y para que no digan que discrimino a nadie.

Ahora, el panorama cambia cuando la mala ortografía viene dada por la flojera mental. Y más aún cuando se presenta en un medio de difusión masiva de información, como lo es internet. El que impere el mal uso del idioma, bien sea a nivel ortográfico o gramático, es ciertamente preocupante, ya que es una señal del estado decadente de las facultades intelectuales de las generaciones que nos relevarán. El que un joven recién ingresado en la universidad tenga 60 errores ortográficos y nota negativa en un ensayo, no es sino una señal del deplorable estado en que se encuentra la enseñanza del idioma, y en consecuencia, su aprendizaje.

No obstante, el punto crítico de todo esto es cuando se populariza el uso de una frase en las redes sociales, al punto en que los usuarios la utilizan adrede, como aliciente de comentarios jocosos, o simplemente por mandibuleo inercia, sufriendo así una mutación memética.

Ok, seré franco e iré al grano: soy un gramar nazi radical. Me revienta sobremanera que a cada rato, por donde vea y lea, en internet, en la prensa, en el suelo, esté el maldito “ola ke ase”, y todos sus derivados. Me jode sobremanera el meme con la puta imagen de la llama y su “ola ke ase”. No sólo es el hecho de que esté mal escrito, sino que lo han convertido en una moda, en un trending topic: es un puto homenaje a la imbecilidad escrita, es una burla descarada al intelecto humano. Y lo más irónico del asunto, es una gran defecación en lo que representa la herencia lingüística del mundo hispanohablante, luego de la imbecilidad de la RAE con los acentos, por parte de aquellos que, en teoría, deberían estar más capacitados para su uso. Porque vamos a estar claros, no cualquier iletrado puede llegar a usar internet a ese nivel. Pero, como siempre, sobreestimo el intelecto humano.

El Potro Álvarez y su “cagada en el alma”

Para aquellos lectores que no son de Venezuela, los ubico en contexto: en este país hay un individuo llamado Antonio Álvarez, apodado “El Potro”, el cual, aparte de ser un reconocidísimo beisbolista, es un “cantante” de mierdetón del ignominioso género conocido como reggaetón (si es que esa mierda es música). Además, es de conocimiento público que este individuo le jala bolas simpatiza abiertamente con el presidente Chávez, por lo cual se ha ganado una cantidad cuantiosa tanto de seguidores como de detractores, por no decir también de jalabolas y críticos.

Ahora bien, quiero resaltar un comentario que emitió este individuo por Twitter, respecto al torrente de comentarios y rumores, que circulan en la red, respecto a la salud de Chávez, y que no hace más que demostrar la escasez de pudor y capacidad argumentativa del tipo, sino también el empleo tan mediocre y chabacano de nuestra lengua.

Tweet potrero

Dan más risa las reacciones.

Bueno, obviando el uso de la frase “me cago en” para denotar algún tipo de maldición balurda, del magno nivel de conveniente jalabolismo idólatra del tipo, y del hecho que es una figura de dominio público con un apodo que denota prepotencia sexual, pregunto yo: coño, ¿acaso es necesario elevar a nivel de supervedette el mensaje del tipo, generando una especie de adulación inconsciente? ¿En serio tengo que calarme una sarta de preguntas incesantes, sobre si es posible cagar en el alma, en mi timeline de Twitter? ¿Es cierto que la polarización política contribuye a la degradación de la lengua? Esta, y muchas otras preguntas, quedarán sin respuesta, ya que lo del Potro fue de un día, y no recaló en un fenómeno de magnitud mayor. Por ahora.

El “ains”

Sin embargo, el detalle cumbre, que ha de convertir este post es una encarnizada crítica über-subjetiva, es una palabra que, bajo ciertas circunstancias, logra abrirse paso en cualquier red social: el “ains”. No sé, a ciencia cierta, de dónde proviene esta palabra, pero por ahora asumiré que su origen radica también en la flojera mental.

No, en realidad no me importa de dónde viene, ni nada. Sólo sé que es la única “palabra” capaz de sacarme de mis casillas, causarme un tic en los ojos, y hacer que la vena de mi sien palpite con furia. Cada vez que leo u oigo “ains” en algún sitio, en mi cerebro ocurre un proceso similar a la muerte de una estrella, cuando está en etapa de supernova: un cúmulo de neuronas se empiezan a dilatar hasta reventar, liberando una cantidad de energía tremenda, y luego se contraen, al punto de crear un agujero negro por la vastidad de la explosión. Estoy seguro que un día que mi cerebro terminará por convertirse en un puto agujero negro, y se tragará a toda la humanidad. Pagarán justos por pecadores.

Se preguntarán, ¿por qué tanto hate? ¿Cuál es tu fijación con esa “palabra”? ¿Por qué tanto angst? Si, señores, ese engendro onomatopéyico es causante de alguno que otro problema existencial mío. Y en mi ha generado una paranoia tal, que he llegado a analizar, o mejor dicho, hipotetizar, por lo menos, dos posibles escenarios bajo los cuales se originó tal carbunclo, los cuales terminan por ser completamente reales y tangibles: las locas, y las sifrinas.

“Ains” es esa expresión que utilizan aquellos individuos que niegan la virilidad bajo la cual llegaron a este planeta, haciendo un torpe intento de feminizarse, mientras se estigmatizan socialmente bajo una etiqueta de diversidad que no les corresponte. Si, “ains” es una expresión de loca, de maricón con deficiencia crítica de testosterona y permutación fallida de gónadas.

Pero la cosa no se queda ahí.

“Ains” es también, a mi parecer, una expresión de “putica sifrina”. Es una expresión de adolescente púber, hija de papá y mamá, procedente de una contextualización social que siempre recae en hipérboles y malcriadeces. Es una expresión de quejumbre fingida, de pena inocua y mojigata, de contemplación sobre banalidades intangibles.

Ese ese “ains” el que deja en evidencia el uso peyorativo de los términos bajo los cuales le he descrito. Es una amalgama de incongruencias lingüísticas, surgida de la cochambrosa y confusa mente de algún inepto que no aprendió a modular nunca. Es una mezcla amorfa de letras, ideas y onomatopeyas, esparcida por el mundo para ser prostituida por un vulgo cada día más ignorante.

En definitiva…

Son muchas más las atrocidades englobadas en lo que he denominado “idiotización de contenidos”, pero creo que, por ahora, estas tres sirven de ejemplo perfecto. Son parte de lo que un sector de la sociedad se ha empeñado en hacer recientemente: agarrar un montón de ideas incongruentes y meterlas todas, en una especia de mezcladora, junto con un puñado de estupidez colectiva, para licuarlas y crear una especie de bosta pseudo-intelectual, y escupirla al resto del mundo, el cual increíblemente la acepta como niño un caramelo, convirtiéndola en otra moda más, que nuevamente recaerá en el mismo ciclo maldito, creciendo exponencialmente, y fluyendo en vainén entre el plano digital y el real. Es la desgracia de una sociedad como la nuestra, que cada día divaga más en la media generada por los mismos consumidores.

Ciertamente soy un grammar nazi, y a veces me excedo en este título autoproclamado. Desconozco el significado de muchas expresiones y términos utilizados por la prole que habita este país. No sé a qué coño se refieren cuando dicen “parroquia”, no entiendo cuando alguien me dice “suerteeeee” estando fuera de contexto, y no entiendo la puta maña de arrastrar las palabras. Aprecio la buena dicción y modulación, el tono adecuado al hablar, una redacción impecable, y el uso adecuado de los elementos ortográficos y gramaticales, aunque reconozco a veces fallo en esto, en ocasiones adrede. Sin embargo, muchas veces soy tolerante, y dejo pasar con indulgencia las fallas, porque yo también soy humano.

Y sin embargo, amigo lector. Si te conozco, y llego a leer o escucharte decir alguno de estos repulsivos engendros que mencioné anteriormente, mi respeto hacia ti disminuirá enormemente. Te paso el “ineCto”, el “osea”, “nipen”, y cualquier otra burrada u ofensa menor hacia el lenguaje, siempre y cuando estemos en un contexto de amistad. Es más, puedo tolerar que puntúes mal y que escribas sin diacríticos (porque yo si me cago en la RAE). Pero ni se te ocurra emplear el fulano “ola ke ase” ni el “ains”, porque si no te cazaré como un animal, te llevaré a los establos de La Rinconada, haré que un maldito potro te sodomice, y procuraré ahogarte en su cagarruta si intentas pasarte de masoquista y exclamar “ains”, todo mientras escuchas un loop grabado de “ola ke ase”. Maldito.

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