Russinstagram/Россинстаграм

Uno de los fenómenos más prominente de esta era web 2.0 ha sido, con plena y absoluta certeza, el de las redes sociales. Su presencia cotidiana en casi todos los aspectos de la sociedad las han convertido, en cierto modo, en pivotes de gran importancia, bajo los cuales se manejan con especial ahínco las relaciones interpersonales. Twitter y Facebook son los principales referentes en la industria, aunque siempre están los rezagados, como hi5 (que ya ni sé si sigue en funcionamiento) o  identi.ca (que seguro nadie conoce), o los enfocados a un nicho del mercado, como LinkedIn (bastante útil, si se sabe utilizarlo). Sin embargo, siempre están los que llamo “peculiares”, debido a su formato: Tumblr, que es una mezcla entre Twitter y WordPress , e Instagram, que es el objeto de este post.

Instagram es, a grosso modo, un Twitter basado en fotos con filtros hipster. Así, de plano. Es una simple aplicación cuyo norte de existencia es agarrar la torpe y balurda foto que hayas tomado, aplicarle el filtro vintage de tu preferencia, agregarle un comentario cual tweet, pero más largo, y publicarlo en la web. Todo, evidentemente, bajo el esquema de marketing CGM que es tan propio de las redes sociales. Todos pueden crear, todos pueden venderse, todos pueden ser famosos.

Y es bajo una ramificación de este esquema donde radica el éxito de Instagram: cualquiera puede ser (un intento de) fotógramo (dizque) profesional. Sólo basta tener un smartphone o Tablet con una cámara medio decente, instalar la aplicación, et voilá, ya tienes en tus manos una herramienta con el potencial de subyugar a un montón de personas, de dejarlos a merced de tus fabulosas capturas con toque mágico. Otra variante de idiotización de contenidos.

Evidentemente, no todos los que usan Instagram pueden aprovechar todo el potencial que ofrece. Si, tiene potencial, y que jode, de otra manera, ¿por qué Facebook se habría molestado en gastar 1.000 millones de dolarucos en semejante nimiedad? La pregunta, evidentemente, es retórica, al punto que ahora están tratando de monetizar la bendita aplicación, gracias a una nueva política de uso, y cualquier cantidad de letras pequeñas que los usuarios no leemos. Bueno, regresando al tema, el quid del asunto es, ¿quién le puede sacar provecho? Mi respuesta es simple: los rusos.

Tal vez muchos de los que usen Instagram lo hayan notado, ya que, al igual que otras redes sociales que utilicen, sólo se limitan a vincularse con usuarios cercanos, tanto a nivel interpersonal, como geográfico. Y con vincularse me refiero a follow & being followed, hablando en tweet-speak. Porque, vamos a estar claros: es mentira que alguien que viva a 8 husos horarios te empiece a seguir así nomás, con una razón de fondo, por Twitter, o que Yasunori Mitsuda acepte tu solicitud de amistad por Facebook. Pero bueno, el punto es: Instagram está plagado de rusos. Están por doquier. Pululan como si de polillas a la luz de luna se tratasen.

Ahora bien, ¿por qué mi énfasis con los rusos? Simple: casi la mitad de quienes me siguen por Instagram son de allá. Ustedes pensarán que es normal que te sigan extraños en las redes sociales, y que te los puedas sacudir si te es molesto, pero en Instagram no hay cabida para las casualidades: nadie sigue por spam en esa red social.  Está diseñada para ser auto-sustentable de manera hermética en cuanto a contenidos. No hay RT’s indeseable. No hay anuncios de “Alarga tu pene 20cm”. Sólo hay un montón de fotos variopintas, con filtros hipsters, subidas al azar por sus caprichosos autores.

Pero bueno, en definitiva ¿cuál es el peo con los rusos? Allá voy. Para resumir: un día, luego de ver unas fotos de scenery porn, referenciadas por 9GAG, decidí seguir al autor por Instagram y Twitter. El tipo, que casualmente es ruso, me siguió a su vez en ambas redes sociales. Al momento no le di importancia, y pensé que era más un gesto de agradecimiento, o algo parecido. Sin embargo, la cosa no se acabó allí. Lentamente, empecé a recibir likes y comentarios en mis fotos por gente, pues… de Rusia. Y luego empezaron los follow. Tipos random dueños de start-ups, modelos rubias despampanantes, cantantes underground, un dude parodia de Justin Bieber, un tipo que parece un ex-militar perteneciente a la mafiya. En fin, una cantidad variopinta de gente. Al principio les empecé a seguir, sólo para seguir la moda, pero me detuve al ver que más y más desconocidos aparecían en mi timeline.

No es que tenga una especie de temor mal infundado, o que mi paranoia respecto a la vulnerabilidad de mi persona en internet se haya acrecentado. Para nada. Sino que llegó un punto en que me di cuenta que, de seguir con esta tendencia, sería otro colaborador más en el proceso de idiotización de contenidos. Follow, followback, likes, comentarios, share, todo es parte de esta maquinaria que ya está monopolizada por los rusos. Y alguna que otra celebridad occidental.

Porque, vamos a estar claros: no es necesario ser Diosa Canales una vulgar vedette de tercera para ser popular en Instagram. Basta con ser una bella rubia adolescente de algún oblast remoto, un fondo plagado de rélicas soviética, y un filtro hipster. No importa si sólo puedes comunicarte en ruso, y tu teclado esté en cirílico. Basta con una foto, un like y un follow a cualquier desconocido para empezar a ganar fama. De la noche a la mañana, pasas de tener 3 followers, a más de 45 mil. Y en los casos extremos, ya los dígitos no caben en el indicador, y sencillamente muestra “1.12m followers”.

Es así. Bastan unas fotos sencillas, sin regodeos, de una pasada realidad en ruinas, para hacer rodar la pelota. Es el atractivo de la otrora poderosa Unión Soviética: lo que antes era una estación de trenes militar, ahora es una locación para un photoshoot de bajo presupuesto, difundido con filtros hipster añejados. Lo que antes era un terreno baldío en el centro de Moscú, ahora es un imponente rascacielos de acero y cristal, sede de algún conglomerado petrolero, cuyas oficinas gerenciales son testigos de alguna que otra orgía casual con fashion models anoréxicas del Cáucaso. Lo que antes era una clínica de la época stalinista, ahora es un club nocturno, plagado de juventud decadente, pertenecientes a una generación que a duras penas recuerdan las idioteces de Boris Yeltsin. Todo eso es capturado por la lente de algún smartphone de última generación, y luego va a parar a la web, donde el dueño de alguna revista online se en encargará de prostituir las dádivas que pretende mostrar con un filtro Nashville.

Rusia ya no es sólo una potencia económica, sino que ahora está encaminada a ser una potencia en hipsterismo y en generación de contenido altamente idiotizante. Ya no es Stalin ni Khrushchev ni Brezhnev, mucho menos Gorbachov y su perestroika, o el placebo de la nueva tecnología krasnoviana de punta. Ahora la moda en Rusia es Instagram. El protelariado ya no se alimenta de pan duro y queso rancio, sino de fotos cutres con filtros vintage. La revolución ya no es roja con la hoz y el martillo, sino un Pantone sobresaturado con núbiles rubias en paños menores. Y yo todavía estoy aquí, esperando a que Putin o Medvedev me hagan followback. Por lo menos Yasunori Mitsuda lo hizo en Facebook.

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