Breves reflexiones: Venezuela, y “Un bel morir”

No soy una persona a quien le apasione los temas de política, mucho menos de entablar tertulias acaloradas cuando la ocasión se presenta (JA!). No tengo afiliación ni simpatías por ninguna corriente, aunque una amiga dice que soy izquierdista y otro pana dice lo contrario, aunque es inevitable hacer comentarios o tener opiniones al respecto. Sé, debido a que pertenezco a una sociedad moderna y, además, dizque democrática, debería hacer honor a mi condición de “humano como animal político,” pero, honestamente, me importa un bledo todo lo relacionado al tema.

Sin embargo, ante los hechos que han transcurrido en estos últimos días, y que nos han tenido en una constante incertidumbre, en la que no sabemos ni siquiera en qué página de nuestra historia estamos parados, no he tenido oportunidad siquiera de expresar mi punto de vista, o de siquiera establecer algún argumento sobre el cual trabajar una reflexión satisfactoria. Creo que estoy tan preocupado con asuntos tan banales como pasar liso el semestre, y así poder lograr mi meta de graduarme e irme demasiado, que todo el asunto del 10E lo he dejado en categoría de “adefesio irrisorio.”

Pero siempre surge algo que me hace cambiar el status quo del paradigma actual, bajo el cual mi corriente de pensamientos se halla sujeta. Como mencioné anteriormente, he estado leyendo un compendio de historias sobre Maqroll el Gaviero, personaje predilecto del autor colombiano Álvaro Mutis, y en estos momentos estoy con Un bel morir. No ahondaré en la historia ni los pormenores que le dan relevancia, a mi parecer, en el contexto actual, pero quisiera dejar, de nuevo, un pensamiento expuesto por el propio Maqroll, y que, en cierto modo, calza con ligera comodidad en los acontecimientos, no sólo actuales, sino que nos han llevado al limbo en que nos encontramos.

Estos intentos en que se empeñan los hombres para cambiar el mundo los he visto terminar siempre de dos maneras: o en sórdidas dictaduras indigestadas de ideologías simplistas, aplicadas con una retórica no menos elemental, o en fructíferos negocios que aprovechan un puñado de cínicos que se presentan siempre como personas desinteresadas y decentes empeñadas en el bienestar del país y sus habitantes. Los muertos, los huérfanos y las viudas se convierten, en ambos casos, en pretextos para desfiles y ceremonias tan nauseabundas como hipócritas. Sobre el dolor edifican una mentira enorme.

– Maqroll el Gaviero, Un bel morir

Ahora me pregunto yo, ¿vivimos en realidad una dictadura, o es todo un negocio mórbido mucho más grande, y sobre el cual nunca terminamos de caer en cuenta? O, ¿es el negocio farisaico este parapeto de democracia que nos intentan vender, sin mucho éxito, aquellos que intentan glorificar a un individuo supuestamente “benemérito” y que posiblemente no esté consciente en estos momentos? A final de cuentas, ya no hay historia ni excusa que importe: los que están montados en el negocio quisieron “cambiar el mundo”, pero sólo obtuvieron estadísticas erradas y absurdas, dejando como único beneficio al país una farsa maltrecha.

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