Catarsis Malograda (VIII) – Centro, maldito Centro.

La otra vez me tocó ir al Centro a comprar materiales para un moisés que mi madre le regalaría a nuestro instructor de taichi, ya que su esposa da a luz… por estas fechas. Lo que esperaba resultase ser un viaje corto, con su respectivo dolor de cabeza resultante, terminó siendo toda una Odisea martirizante, que me dejó postrado en cama el resto del día, con migraña, náuseas y escalofríos.

Muchos dirán que exagero, pero no es así, señores: el centro de Caracas es un lugar mortal para mí. Es un sitio que condensa la miseria, la imbecilidad y la desidia, y las convierte en una especie de gas innoble e ignominioso, que no hace más que atontar el cuerpo y dar sin piedad una letanía de golpes al cerebro cada vez que uno intenta respirar en ese ambiente. No es que hieda a rayos todo el tiempo, pero el sólo hecho de intentar existir en ese sitio es una experiencia, por demás, agobiante.

Para no extenderme mucho (¡JA!), y para dar el beneficio de la duda a mi maltrecha memoria, resumiré un poco el periplo que experimenté ese día, que por cierto fue un 21 de Febrero. Y este post lo escribí un 28 de Marzo. No que importe mucho. En fin.

En resumidas cuentas (ajá…), tenía que comprar una gomaespuma para el moisés, así como un viaje de encaje, pasa-cinta, una cinta azul, y por ahí va la cosas. Al llegar a La Hoyada, me fui caminando a la plaza San Jacinto, frente a la cual se ubica el cuchitril (por eso es) donde venden la gomaespuma. Hasta ahora sin novedad. Luego… el encaje. Por necedad mía, caminé dos cuadras para comprar primero el plástico del cevillo, a sabiendas que la quincallería donde se supone tenía que comprar el encaje estaba a 10 metros de la entrada del Metro. En fin, me regreso. Después de buscar el rollo de encaje, pedir los 13 metros que se necesitaban, y gastar como Bs.160 en el proceso, me fui a otra quincallería, ubicada a dos cuadras. Y aquí empieza mi suplicio.

Primero voy a una conocida, que mi madre suele frecuentar. Si alguna vez han ido al centro, sabrán que hay un SPAM de quincallerías y mercerías, por lo cual ni me molestaré en decir nombres. Como sea, fui a la fulana tienda a buscar el pasa-cintas (que tampoco diré qué es, el nombre es bastante explicativo per se), y por ahí se me fueron como 90 bolos más. Pregunté por la cinta, pero sólo vendían el rollo de 100 metros, y yo necesitaba sólo 13, así que me fui a la tienda de al lado (se los dije, hay un spam), y aquí empezó la caída.

Me acerco al mostrador para ver si tenían la cinta que necesitaba, y efectivamente así era. En eso se me acerca uno de los dependientes, quien muy amablemente empezó el protocolo de atender al cliento, y todo eso.

– ¡Buenos días! ¿Necesita algo?

– Si, amigo, necesito 13 metros de esa cinta azul…

– ¡Claro, claro! Vendemos a partir de 10 metros.

– ¡Perfecto!

Dicho y hecho, el hombre midió 10 metros de cinta, y cortó. Mientras la metía en una bolsita, le pregunto:

– Disculpa, ¿cuántos metros hay ahí?

– 10 metros.

– Pero yo te pedí 13 metros.

– Ah, pero es que sólo despachamos a partir de 10 metros.

– Bueno, por eso te pedí 13 metros… son más de 10, evidentemente.

– No, no. Sólo vendemos pares.

– ¿Qué?

– Que vendemos de diez en diez. No vendemos partidos. Si necesitas 13, entonces puedes llevar 20. ¿Corto otros 10 metros, y así completas…?

Ya no lo estaba escuchando. Estaba en shock. No podía dar crédito a lo que acababa de presenciar, o mejor dicho, de ser víctima. Este hombre, sin importar qué tan atento pudiera ser en su trabajo, no importa cuánto se esmerase ni qué tanta bolas jalase, se rayó de manera definitiva, aunque ni él mismo se hubieses dado cuenta en el acto. Perdí la fe en la humanidad en ese momento. Aun hoy, a más de un mes del evento, no hallo palabras que puedan describir lo que sentí en ese momento. ¿Decepción? ¿Lástima? ¿Impotencia? ¿Ira? ¿Desesperación? Sólo bastó con dos míseras palabras y un completo desconocimiento del vocabulario más banal, para que este ser destruyera toda la base coherente sobre la cual funciona la gramática castellana. Este hombre se pasó por el forro el concepto de semántica, y se cagó sin piedad en la morfosintaxis más simple.

No recuerdo por cuánto tiempo estuve boquiabierto, pero luego de contemplar semejante ultraje, decidí retirarme del sitio, ya  que sentía que me iba a dar una crisis nerviosa, frente a ese engendro de la idiotez humana. No importaba si el tipo tenía dislexia, o si nunca se graduó de bachiller, lo que recibí fue un coñazo enorme. Me largué de ahí y me dirigí a otra tienda más, en busca de la fulana cinta. En una, pregunté si tenían la cinta, pero el viejo que atendía tenía los tapones idos, porque lo que entendió fue “pega UHU”. En otra, estaba repleta de gente comprando mariqueras para hacer pulseras, y me la salté, ya que no quería empeorar el mal genio que ya cargaba.

Decidí, pues, entrar en una que también suele sacarme de apuros, ya que tiene todo lo que no hay en las demás justo en los momentos que necesito, y tiene aire acondicionado, lo que la convertía en el sitio ideal para terminar de hacer las compras. O eso es lo que quería creer.

Al entrar, noto el trajín y la bulliciosa actividad, cosa bastante rara en ese local. Me voy a un mostrador, y uno de los muchachos me indica que me atenderá apenas se desocupe, y yo me limito a esperar. En eso noto un olor dulzón, como almizcle, y, pensando que era yo, hago el gesto de manera disimulada, pero nada que ver. El olor persiste, y empiezo a escanear el lugar, pero nada que ver. El maldito hedor persiste, y en eso volteo, para toparme con otro espanto: una gorda de respiración abdominal, de esas que de vaina pueden con su alma por los cuñetes de grasa que tienen incrustados bajo lo epidermis, y encima de eso, diabética, lo cual explicaba el olor infernal que impregnaba el aire de la tienda.

Decidí hacer caso omiso de la abominación que tenía a mis espaldas, e intenté, muy en vano, resistir los embates de la fetidez que expedía ese ser. Pero, como ya sabrán, me fue imposible. Cada vez que abría la boca, o movía los brazos, el hedor parecía multiplicarse exponencialmente, lo cual empezó a afectar mis ya encarecidas facultades mentales. Era como estar en una de esas cámaras de gas de los nazis, o peor, pero sólo era mi pobre imaginación en ese momento, tratando de mantener algo de coherencia en mi ser. Creo que el hedor del Guaire estancado por 3 días es mucho más placentero el agente neurotóxico que expedía esa mujer, si les soy sincero.

Al poco rato me empezó una jaqueca enorme, como una maldita mandarria golpeando mi cabeza, y las náuseas amenazaban en convertirse en arcadas, por lo cual me excusé con el joven que me iba a atender (el cual también parecía al borde del colapso), y me retiré del lugar, intentando salvar la poca dignidad humana que me quedaba. Salí disparado de ahí, buscando aire fresco, y procedí a chequear el último sitio en el que estaba dispuesto a perder mi tiempo en la fútil búsqueda de la cinta. Así fue como aterricé en otra quincallería más (maldita sea), pero esta vez el ambiente era tranquilo, y el aire acondicionado filtrado me ayudó un poco a recobrar la compostura. Me atendió una muchacha que, aunque al principio se veía de malas pulgas, parece que se compadeció de mí maltrecha pinta, porque me atendió de mil maravillas. Eso, o es que estaba urgida. Al final pagué por la cinta (26 devaluados), y decidí seguir mi trayecto usual, pasando por La Candelaria, hasta Parque Carabobo, porque, la verdad detesto La Hoyada. No sólo la estación, sino también las cercanías, el maldito ambiente hostil y decadente del centro.

Al final llegué con los encargos a mi casa, me tomé un par de pastillas de Parsel, me acosté y, haciendo caso omiso al sol del mediodía que penetraba en mi habitación, me arropé, aun sin cambiarme la ropa, con el edredón. Estaba temblando, tenía un dolor de cabeza reverendamente hijo de puta, y unas náuseas infernales. Delirium tremens, sin haberme emborrachado. Es una maldita droga, el centro. Una droga que te jode la vida, la existencia, la mente. Una droga que llena la mente de la peor mierda que se pueda pensar. Una droga por la que sólo los masoquistas y desalmados se volverían adictos. Es lo más bajo de la degradación humana concentrada en un sitio; es imbecilidad, idiotez y desidia; es mierda y suciedad, mugre y roña.

Maldición, si John Constantine quiere comprar su pase al cielo, que se venga al centro de Caracas. Le haría un bien a la humanidad.

Anuncios

Un comentario en “Catarsis Malograda (VIII) – Centro, maldito Centro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s