Venezuela, el Okavango que dejó de ser.

NOTA: este post contiene elementos altamente esnobs y/o clasistas que pueden herir susceptibilidades y resultar altamente ofensivos para algunas personas. Pero antes de que empiecen con la crítica y el llantén, asuman su barranco, dejen la pendejada y reconozcan que la mayoría de los venezolanos, sin importar nuestro origen y/o situación socio-económica, somos burda de clasistas, pedantes y huevones. Que jode.

Cuando era joven (mucho más de lo que soy), recuerdo que solía ver una serie de televisión llamada “Okavango”, la cual trataba, si mal no recuerdo, de una familia occidental que se mudaron a una especie de finca/reserva en el peladero de chivo las llanuras del Okavango, en algún país africano. Como toda serie y/o película ambientada en África, se mostraba mucho la parte silvestre y/o salvaje, con todo lo que esto implica: el ciclo de vida y muerte en el inclemente mundo natural. Darwinismo puro.

Haciendo fast-forward, me encuentro en el Centro Comercial El Recreo, luchando con el cajero automático de Banesco para realizar un depósito, porque en el banco no pueden hacer depósitos de menos de Bs. 5000, por “protocolo” de mierda. Logro hacer la fulana operación y, como está lloviendo, me dedico a deambular por los pasillos del centro, mironeando vitrinas vacías y las paredes falsas de la ya difunta Zara, y observando a la gente, intentando hacer un análisis para crear un perfil un tanto superficial. Luego de un rato de observar a la gente, me doy cuenta de algo. Muchos son, como mi madre dice, “gente chusma”, con un aire un tanto rapaz y, me atrevería a decir, carroñero.

No quiero sonar clasista ni esnob (¡JA!), mucho menos pedante o pipirisnais, pero es inevitable hacer alusión a lo marginal de la sociedad venezolana. Antes (como hace 4-5 años) todavía era común ver en los centros comerciales a grupos de jóvenes sifrinos comprando ropa de Levi’s, Pull & Bear y Zara, matrimonios jóvenes en franquicias de comida cara, padres de clase media-alta con su prole de carajitos comprando juguetes costosos en reconocidas tiendas, etc. Sin embargo, a medida que la economía del país fue entrando cada vez más en una espiral de paradojas en declive (gracias al errático y absurdo circo de divisas y la destrucción progresiva del aparato productivo nacional), empezó a desaparecer la clase media-alta pudiente, de los centros comerciales más populares de Caracas, para ser reemplazada por la prole, el vulgo, la clase media-baja.

Todavía es posible ver vestigios de las burbujas pudientes de la sociedad, pero en sitio como Los Naranjos y  La Lagunita (¡y aun así!). El éxodo de individuos profesionales, que conformaban el bulto de la clase media, así como de familias de clase media-alta, o alta, ha colaborado no con la disminución de la brecha entre las clases populares más pobres y la más alta (bien sean familias poderosas de empresarios o de la boliburguesía), sino son su total desaparición. Con lo jodido de la economía, muchos vaticinaban un “estallido social severo”, en que los “cerros bajarían a saquear y hacer desastres”, como lo hicieron en el Caracazo. Efectivamente, los cerros bajaron a saquear y hacer desastres… pero nadie se dio cuenta cuándo, y pocos logran ver el cómo. Ya lo que queda de sociedad en Venezuela es una bandada de buitres y chacales.

Sé que es superficial, e incluso un tanto hipócrita, utilizar como argumento “los centros comerciales están ahora plagados de chusma, tukis, marginales, locas y malandros”, cuando uno mismo comparte a diario vivencias con personas de todo tipo y origen, pero francamente es inevitable. La creciente diáspora venezolana es prueba de ello: todos lo que pudieron, han migrado a mejores tierras, en busca de nuevas pasturas y nuevas oportunidades. Y los que todavía tienen oportunidad, están en proceso de levantar vuelo. Ya Venezuela no es el Okavango fértil y esplendoroso que todos contemplan maravillados.

Lo que solía ser antes una tierra llena de riqueza, pasó a tener una sobrepoblación de predadores ápex. El equilibrio se rompió luego de la llegada de una manada de leones, el gobierno, junto con una enorme jauría de hienas, los enchufados. Los elefantes y rinocerontes que conformaban la industria privada se han visto rodeados, descuartizados y degollados por esta horda de carnívoros irracionales, con los pocos supervivientes defendiéndose a duras penas, si es que no se han largado por completo. Mientras, las cebras y antílopes de la clase media han buscado la forma de huir a toda costa de cuanto depredador se atraviese, con unos cuantos habiendo sucumbido ante los ataques inclementes de algunos. Y luego de todo el festín sanguinolento de estos predadores, llegaban los buitres para arrasar con cuanta carroña quedase.

Puede que esta analogía tan Discovery Channel-esca sea un poco infantil, pero creo es la más ilustrativa. Ya lo que queda de sociedad venezolana son aquellos que hacen cualquier cosa para sobrevivir, así sea terminando de descuartizar los remanentes de los paquidermos industriales del país. Un ejemplo sencillo es Daka: el gobierno salió con el pretexto de los precios justo, le dio un zarpazo a la empresa, y ¡voilá! – un montón de chacales y buitres haciendo cola para dejar sin pellejo lo que quedaba de cadáver. Ahora Daka no es sino un montón de metros cúbicos de aire y tres lavadoras. Un esqueleto que sólo tiene de empresa el nombre, y un puñado vigilantes que pierden sus horas haciendo guardia en tiendas vacías, sin nada de valor que proteger.

Muchos confunden esta situación con incompetencia del gobierno, ineptitud, imbecilidad, idiotez, y cualquier otro peyorativo que haga alusión a escasez de materia gris y una severa carencia de capacidad cognitiva. Si bien los predadores ápex no son racionales como los seres humanos, son movidos por instintos primales que los llevan a organizarse y atacar de manera táctica sus objetivos. A final de cuentas, sin importar el ángulo desde el cual se observe, siempre hay un plan. Y, como John Manuel Silva ha dicho hasta decir basta, ese ha sido el plan. Sólo que nadie lo ha visto todavía (aparentemente).

Quizá lo más triste del asunto no es que otros hayan migrado en busca de mejores oportunidades y calidad de vida, o que se hayan quedado esta manada de leones y el montón de hienas. A final de cuentas, como cualquier otro predador, los leones y las hienas mueren; las cebras y los antílopes huyen… pero buitres y chacales, siempre quedan.

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