Catarsis Malograda (XV) – Del “trabajo” y “servicio” en Venezuela

Nota: La mayoría de los blogueros que publican por estas épocas suelen hacerlo de temas “bonitos”, como por ejemplo lo bello que es compartir en Navidad, la importancia de la unión familiar, las dietas, etc. Viviendo en Venezuela, y con las circunstancias que experimentamos a diario, creo que es imposible escribir de un tema parecido. Por ello escribiré mi dosis usual de hate, y hablaré sobre cómo trabaja el venezolano. Este será un post medio anecdótico y aburrido, pero venga, que me gusta echar cuento y hablar grama seca. BTW, no he comido, si encuentran alguna incoherencia, es culpa del hambre. Soy gastropensante.

Como todos sabemos,  la situación económica del país es, empleando términos literarios, “dantesca”. Hiperinflación, un déficit fiscal enorme, el aparato productivo en ruinas, corrupción a millón, liquidez artificial y reservas mermando, todo ello unido a una caída libre en los precios del petróleo (cuya exportación representa casi que el 80% de nuestro PIB) y un gobierno de rémoras agonizantes que no distinguen su boca del ano, son los factores que, en definitiva, representan la ruina casi absoluta de este país. Ahora bien, ¿a qué viene toda esta cháchara económica que ya todos saben, o deberían saber? Bueno, que uno de los factores intrínsecamente ligados a la productividad de un país es el capital, no monetario, sino humano.

Seamos realistas: en Venezuela existe una fuerte carencia de capital humano capacitado y con ética de trabajo. Ojo, no estoy diciendo que no haya un ápice ingenieros, electricistas, plomeros, educadores, abogados, médicos, panaderos, dependientes, operarios, etc., sino que la cantidad de éstos que tienen vocación de servicio es deprimente. Por ejemplo, es cierto que la nómina pública está plagada de gente que está por el dinero, por el PSUV, la palanca, los dólares, el poder, entre otras cosas, pero también hay una buena cuota de profesionales formados, de alto calibre. Por desgracia, los que trabajan bajo el título y con vocación de “servidor público” son una especie rara. NOTA: sé que estoy generalizando, pero también sé que en algunos casos puntuales no es así. No se ofusquen. BTW, este párrafo no tiene mucho sentido, lo reconozco.

Lo mismo pasa a nivel de calle, y lo vemos o vivimos a diario: en el Metro, las busetas, los supermercados, las panaderías, tiendas, en la calle… La vasta mayoría de los venezolanos, de por sí, no tienen una ética de trabajo, mucho menos una cultura de servicio, sólidamente establecida. Y esto viene no sólo de la educación recibida, en casa y en los colegios, e incluso universidades, sino también de la capacidad de raciocinio y autocrítica que tenga cada individuo. A ver, ejemplificaré con algunas anécdotas.

***

I. El queso parmesano

Ayer fui a la panadería a comprar queso parmesano, ya que mi madre estaba preparando una pasta y una imitación de salsa Ragú que le quedó del carajo. Por lo general pido X cantidad de gramos rallados, dependiendo de la cantidad de personas que vayamos a comer. En esta ocasión, voy donde el dependiente (que ni siquiera estaba en charcutería, sino hablando gamelote en la lunchería) y le pido 100 gramos rallados. El tipo no agarró un pedazo de queso, lo picó y lo metió en el molinillo, sino que agarró un paquete que tenía como 3 días en la nevera y pesaba casi 300 gramos, e hizo el ademán de pesarlo.

– “Disculpa”, dije, “yo pedí 100 gramos, no 290”

– “Es que ya está rallado”

– “Yo sé, pero pedí 100 gramos, y fresco”

– “No hay queso parmesano para rallar”

Si había queso, y lo tenía justo frente a mí. Sin embargo, decidí irme a otra panadería, ya que si le decía al tipo que había queso, me miraría con cara de culo y diría algo como “Es que es un peo sacarlo, está muy al fondo”, y yo no me iba a poner jalarle bolas a alguien que ni ganas de trabajar tiene.

II. “Vuelve a hacer la cola”

Hace unos días fui al Central Madeirense a comprar ingredientes para la ensalada de pollo (que al final fue vegetariana porque pollo no conseguí), y al llegar mi turno para pagar, los puntos de pagos en todas las cajas empezaron a fallar. La cajera, al corroborar con sus compañeras que en efecto ningún punto de caja estaba funcionando, me dijo que fuera a pagar a la oficina, que tienen puntos con línea directa, y acto seguido se fue, sin haberme facturado la compra (la canceló cuando ya yo había metido todo en las bolsas). En eso llega la cajera del turno siguiente, la cual me dice que efectivamente debo pagar por la oficina, pero cuando le digo que me tiene que facturar, me dice con desdén “Vuelve a hacer la cola”. No le metí la lata de guisante por la jeta porque ya no me quedaban ganas de pelear, así que me fui a un Unicasa, donde no tuve inconveniente alguno. NOTA: esta anécdota la puse porque simplemente me dió arrechera como me trató la coña.

III. El pollo podrido

Hablando del Unicasa (y así aprovecho de destilar más hate), hace un par de meses fui a comprar unos muslos de pollo para el almuerzo. Al llegar a mi casa, me topo conque el carnicero metió, escondidos, unos muslos que estaban medio podridos. Moraleja: decirle al carnicero que les muestre los productos antes de empacarlos. NOTA: Esto me pasó por pendejo.

IV. El frigorífico

En un frigorífico cerca de mi casa decidieron cambiar la forma de atender a los clientes, y pusieron un sistema por números, bastante rudimentario, pero “efectivo”. No sé si la calidad de atención bajó o se mantuvo, ya que ni chance he tenido de comprar por las viejas madrugonas con 9765434567890 nietos que van a saquear la carnicería a diario y no le dejan chance a uno, pero hace unos días me tocó ir a comprar carne. Lo malo del nuevo “sistema” es que no me atendió el carnicero “pana” de mi mamá, sino un muchacho que tenía pinta de nuevo. Uno, en este tipo de circunstancias, es bastante prejuicioso, y cualquier cosa que se salga de la norma hace ruido, pero no tuve opción.

Sin embargo, y para sorpresa mía, el muchacho resultó ser bastante atento y eficiente (por no decir “pilas”), al punto en que se adelantaba a mí a la hora de empacar (“¿La carne molida en paquetes de medio kilo? ¿Los bistecs simples o les paso el mortero para milanesa?”). Esto me agradó bastante ya que, en otras circunstancias y carnicerías, no suelen preguntarle al cliente cómo quiere el producto, sino que éste tiene que jalar bolas para que le preparen la vaina como es.

***

Estas anécdotas, si bien son de circunstancias mundanas y no tienen como protagonistas a un “ministro de cualquier vaina“, “ingeniero fulano de vainas negras” o al “ilustre doctor magister no sé qué huevonada”, reflejan la calidad del capital humano de Venezuela. Pareciera, y creo que no me equivoco, que aquí la gente no trabaja por vocación ni por gusto, sino por necesidad, y hacen de la necesidad el justificativo de su mediocridad. Soy consciente de que muchas personas trabajan no pensando en cómo hacer un buen trabajo, sino en el “quince y último”, en cómo pagar la tarjeta, en qué llevará de comida esa noche o qué comerá mañana, etc. Por desgracia, la realidad económica y política del país ha tergiversado el norte de existencia de los venezolanos. Ya no trabajamos para crecer, vivir mejor y ser felices; trabajamos para sobrevivir. Y todos, sin excepción, somos víctimas de ello (excepto los enchufados, boliburgueses y robolusionarios).

Sin embargo, esto no debería ser motivo por el cual se tenga que trabajar de mala gana o se preste mal un servicio. Como mencioné, la forma en que se trabaja y se presta un servicio viene en parte de cómo nos inculquen los valores en la casa y en la formación ética en nuestras casas de estudio. Hay casos en los que las personas reciben una buena educación ciudadana y tienen un sentido de pertenencia bastante arraigado, lo cual se refleja en la forma en que desempeñan en su trabajo. Pero lo que predomina en la sociedad venezolana es la cultura de la “viveza”, de ser más “arrecho” que el otro, de pensar en “cómo lo voy a joder”, y esto es consecuencia de la ignorancia. Aun a estas alturas, mucha gente todavía confunde el “servicio” con el “servilismo”.

Ser servicial, o prestar un servicio, no implica sumisión. El que presta un servicio lo hace porque está capacitado para prestarlo, tratar con los beneficiarios de dicho servicio y lidiar con cualquier circunstancia que pueda afectar la forma en que lo presta. Ahora, el servilismo implica que alguien se someta a la voluntad de otro para un fin, por lo cual alguien servil sería, dicho en lenguaje vernáculo, un “jalabolas”. Y aquí entra en acción la dicotomía del venezolano a la hora de trabajar. Muchas personas recurren al servilismo para poder mantener su trabajo o escalar posiciones en el mismo para obtener más beneficios, a costa (o costilla) del trabajo de otras personas. Sin embargo, está la contrapartida: esas mismas personas también esperan que otros le jalen bolas, porque de esa forma también obtienen beneficios. A final de cuentas, es un círculo vicioso en el cual lo que abunda es la “viveza” y el “cómo voy a joderte”, y lo que escasea es la capacidad de autocrítica e integridad de cada individuo. Como dicen por ahí, “por la plata baila el mono”.

Ahora bien, ¿qué tienen que ver todo esto con mis anécdotas? Bueno, si yo hubiese aceptado el pote de queso parmesano al tipo de la panadería, ¿no hubiese sido un acto servil? Yo no tengo por qué estar jalándole bolas para que haga el trabajo que se supone debería estar haciendo bien. De igual forma el carnicero del Unicasa que metió el pollo podrido, ¿no fue eso “viveza”? ¿Por qué no separó el pollo bueno del que estaba malo? ¿No son ganas de “joder”? ¿No es viveza obtener beneficios en detrimento de los demás?

Por otro lado, está el muchacho que me atendió en el frigorífico. El hecho de que me haya preguntado cómo quería que empaquetara la carne o de qué pieza cortar, o qué me haya mostrado cuánto tenía que pesar la pieza para sacar la cantidad justa de carne al quitarle la grasa, no fue señal de “servilismo” ni “jalabolismo”. Simplemente utilizó su raciocinio para agilizar su trabajo, con el fin de que el cliente estuviera satisfecho. En ningún momento trató de “meter gato por liebre”, ni de picar de menos, ni meter carne mala para “ver cómo me jode”. Lo que hizo fue prestar un servicio de una forma honesta y eficiente, y al final puede que de su empleo reciba sueldo mínimo, o tal vez un poco más, pero no influye sobre su forma de trabajar. Pero hay gente que valora el trabajo honesto y bien hecho y que, en agradecimiento, le dejan propinas de hasta 100 bolos, como yo lo hice.

Ciertamente estamos en un atolladero económico, y que la cosa pinta para peor (y que uno no “debería” estar soltando 100 bolos cada vez que vaya a comprar carne). Sin embargo, es necesario tratar de preservar la integridad y de recordar, e inculcar a los demás, que no a través de la “viveza” que uno puede surgir, porque al final todos salimos perjudicados. En Venezuela hay trabajo, y que jode, pero el problema es que a la gente no le gusta trabajar. A muchos le gusta el facilismo, están acostumbrados a que todo salga rápido, quieren ganar plata now y por ello, aunque sean “profesionales”, incurren en prácticas de dudosa moral para obtener beneficios, sin pensar en las consecuencias que puedan surgir en un futuro.

Si bien soy partidario de que cada quién debe trabajar en primer lugar por el beneficio propio, no estoy de acuerdo que por ello jodan a los demás, y de paso, de mala gana. De igual forma, no estoy de acuerdo en que uno tenga que jalar bolas para mantener el empleo o para comprar en un sitio, ni comprometer la dignidad propia. Eso no es trabajar, es un puto fraude, técnico y moral. Y si la gente no se quita la “viveza” de la cabeza, seguiremos viviendo en un país fraudulento, gobernados por gente fraudulenta, y con ciudadanos de moral fraudulenta. Y, al final, Venezuela quedará ante el mundo como un fraude.

Y el fraude, señores, no da plata. La da el trabajo.

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