Catarsis Malograda (XV) – Del “trabajo” y “servicio” en Venezuela

Nota: La mayoría de los blogueros que publican por estas épocas suelen hacerlo de temas “bonitos”, como por ejemplo lo bello que es compartir en Navidad, la importancia de la unión familiar, las dietas, etc. Viviendo en Venezuela, y con las circunstancias que experimentamos a diario, creo que es imposible escribir de un tema parecido. Por ello escribiré mi dosis usual de hate, y hablaré sobre cómo trabaja el venezolano. Este será un post medio anecdótico y aburrido, pero venga, que me gusta echar cuento y hablar grama seca. BTW, no he comido, si encuentran alguna incoherencia, es culpa del hambre. Soy gastropensante.

Como todos sabemos,  la situación económica del país es, empleando términos literarios, “dantesca”. Hiperinflación, un déficit fiscal enorme, el aparato productivo en ruinas, corrupción a millón, liquidez artificial y reservas mermando, todo ello unido a una caída libre en los precios del petróleo (cuya exportación representa casi que el 80% de nuestro PIB) y un gobierno de rémoras agonizantes que no distinguen su boca del ano, son los factores que, en definitiva, representan la ruina casi absoluta de este país. Ahora bien, ¿a qué viene toda esta cháchara económica que ya todos saben, o deberían saber? Bueno, que uno de los factores intrínsecamente ligados a la productividad de un país es el capital, no monetario, sino humano.

Seamos realistas: en Venezuela existe una fuerte carencia de capital humano capacitado y con ética de trabajo. Ojo, no estoy diciendo que no haya un ápice ingenieros, electricistas, plomeros, educadores, abogados, médicos, panaderos, dependientes, operarios, etc., sino que la cantidad de éstos que tienen vocación de servicio es deprimente. Por ejemplo, es cierto que la nómina pública está plagada de gente que está por el dinero, por el PSUV, la palanca, los dólares, el poder, entre otras cosas, pero también hay una buena cuota de profesionales formados, de alto calibre. Por desgracia, los que trabajan bajo el título y con vocación de “servidor público” son una especie rara. NOTA: sé que estoy generalizando, pero también sé que en algunos casos puntuales no es así. No se ofusquen. BTW, este párrafo no tiene mucho sentido, lo reconozco.

Lo mismo pasa a nivel de calle, y lo vemos o vivimos a diario: en el Metro, las busetas, los supermercados, las panaderías, tiendas, en la calle… La vasta mayoría de los venezolanos, de por sí, no tienen una ética de trabajo, mucho menos una cultura de servicio, sólidamente establecida. Y esto viene no sólo de la educación recibida, en casa y en los colegios, e incluso universidades, sino también de la capacidad de raciocinio y autocrítica que tenga cada individuo. A ver, ejemplificaré con algunas anécdotas.

***

I. El queso parmesano

Ayer fui a la panadería a comprar queso parmesano, ya que mi madre estaba preparando una pasta y una imitación de salsa Ragú que le quedó del carajo. Por lo general pido X cantidad de gramos rallados, dependiendo de la cantidad de personas que vayamos a comer. En esta ocasión, voy donde el dependiente (que ni siquiera estaba en charcutería, sino hablando gamelote en la lunchería) y le pido 100 gramos rallados. El tipo no agarró un pedazo de queso, lo picó y lo metió en el molinillo, sino que agarró un paquete que tenía como 3 días en la nevera y pesaba casi 300 gramos, e hizo el ademán de pesarlo.

– “Disculpa”, dije, “yo pedí 100 gramos, no 290”

– “Es que ya está rallado”

– “Yo sé, pero pedí 100 gramos, y fresco”

– “No hay queso parmesano para rallar”

Si había queso, y lo tenía justo frente a mí. Sin embargo, decidí irme a otra panadería, ya que si le decía al tipo que había queso, me miraría con cara de culo y diría algo como “Es que es un peo sacarlo, está muy al fondo”, y yo no me iba a poner jalarle bolas a alguien que ni ganas de trabajar tiene.

II. “Vuelve a hacer la cola”

Hace unos días fui al Central Madeirense a comprar ingredientes para la ensalada de pollo (que al final fue vegetariana porque pollo no conseguí), y al llegar mi turno para pagar, los puntos de pagos en todas las cajas empezaron a fallar. La cajera, al corroborar con sus compañeras que en efecto ningún punto de caja estaba funcionando, me dijo que fuera a pagar a la oficina, que tienen puntos con línea directa, y acto seguido se fue, sin haberme facturado la compra (la canceló cuando ya yo había metido todo en las bolsas). En eso llega la cajera del turno siguiente, la cual me dice que efectivamente debo pagar por la oficina, pero cuando le digo que me tiene que facturar, me dice con desdén “Vuelve a hacer la cola”. No le metí la lata de guisante por la jeta porque ya no me quedaban ganas de pelear, así que me fui a un Unicasa, donde no tuve inconveniente alguno. NOTA: esta anécdota la puse porque simplemente me dió arrechera como me trató la coña.

III. El pollo podrido

Hablando del Unicasa (y así aprovecho de destilar más hate), hace un par de meses fui a comprar unos muslos de pollo para el almuerzo. Al llegar a mi casa, me topo conque el carnicero metió, escondidos, unos muslos que estaban medio podridos. Moraleja: decirle al carnicero que les muestre los productos antes de empacarlos. NOTA: Esto me pasó por pendejo.

IV. El frigorífico

En un frigorífico cerca de mi casa decidieron cambiar la forma de atender a los clientes, y pusieron un sistema por números, bastante rudimentario, pero “efectivo”. No sé si la calidad de atención bajó o se mantuvo, ya que ni chance he tenido de comprar por las viejas madrugonas con 9765434567890 nietos que van a saquear la carnicería a diario y no le dejan chance a uno, pero hace unos días me tocó ir a comprar carne. Lo malo del nuevo “sistema” es que no me atendió el carnicero “pana” de mi mamá, sino un muchacho que tenía pinta de nuevo. Uno, en este tipo de circunstancias, es bastante prejuicioso, y cualquier cosa que se salga de la norma hace ruido, pero no tuve opción.

Sin embargo, y para sorpresa mía, el muchacho resultó ser bastante atento y eficiente (por no decir “pilas”), al punto en que se adelantaba a mí a la hora de empacar (“¿La carne molida en paquetes de medio kilo? ¿Los bistecs simples o les paso el mortero para milanesa?”). Esto me agradó bastante ya que, en otras circunstancias y carnicerías, no suelen preguntarle al cliente cómo quiere el producto, sino que éste tiene que jalar bolas para que le preparen la vaina como es.

***

Estas anécdotas, si bien son de circunstancias mundanas y no tienen como protagonistas a un “ministro de cualquier vaina“, “ingeniero fulano de vainas negras” o al “ilustre doctor magister no sé qué huevonada”, reflejan la calidad del capital humano de Venezuela. Pareciera, y creo que no me equivoco, que aquí la gente no trabaja por vocación ni por gusto, sino por necesidad, y hacen de la necesidad el justificativo de su mediocridad. Soy consciente de que muchas personas trabajan no pensando en cómo hacer un buen trabajo, sino en el “quince y último”, en cómo pagar la tarjeta, en qué llevará de comida esa noche o qué comerá mañana, etc. Por desgracia, la realidad económica y política del país ha tergiversado el norte de existencia de los venezolanos. Ya no trabajamos para crecer, vivir mejor y ser felices; trabajamos para sobrevivir. Y todos, sin excepción, somos víctimas de ello (excepto los enchufados, boliburgueses y robolusionarios).

Sin embargo, esto no debería ser motivo por el cual se tenga que trabajar de mala gana o se preste mal un servicio. Como mencioné, la forma en que se trabaja y se presta un servicio viene en parte de cómo nos inculquen los valores en la casa y en la formación ética en nuestras casas de estudio. Hay casos en los que las personas reciben una buena educación ciudadana y tienen un sentido de pertenencia bastante arraigado, lo cual se refleja en la forma en que desempeñan en su trabajo. Pero lo que predomina en la sociedad venezolana es la cultura de la “viveza”, de ser más “arrecho” que el otro, de pensar en “cómo lo voy a joder”, y esto es consecuencia de la ignorancia. Aun a estas alturas, mucha gente todavía confunde el “servicio” con el “servilismo”.

Ser servicial, o prestar un servicio, no implica sumisión. El que presta un servicio lo hace porque está capacitado para prestarlo, tratar con los beneficiarios de dicho servicio y lidiar con cualquier circunstancia que pueda afectar la forma en que lo presta. Ahora, el servilismo implica que alguien se someta a la voluntad de otro para un fin, por lo cual alguien servil sería, dicho en lenguaje vernáculo, un “jalabolas”. Y aquí entra en acción la dicotomía del venezolano a la hora de trabajar. Muchas personas recurren al servilismo para poder mantener su trabajo o escalar posiciones en el mismo para obtener más beneficios, a costa (o costilla) del trabajo de otras personas. Sin embargo, está la contrapartida: esas mismas personas también esperan que otros le jalen bolas, porque de esa forma también obtienen beneficios. A final de cuentas, es un círculo vicioso en el cual lo que abunda es la “viveza” y el “cómo voy a joderte”, y lo que escasea es la capacidad de autocrítica e integridad de cada individuo. Como dicen por ahí, “por la plata baila el mono”.

Ahora bien, ¿qué tienen que ver todo esto con mis anécdotas? Bueno, si yo hubiese aceptado el pote de queso parmesano al tipo de la panadería, ¿no hubiese sido un acto servil? Yo no tengo por qué estar jalándole bolas para que haga el trabajo que se supone debería estar haciendo bien. De igual forma el carnicero del Unicasa que metió el pollo podrido, ¿no fue eso “viveza”? ¿Por qué no separó el pollo bueno del que estaba malo? ¿No son ganas de “joder”? ¿No es viveza obtener beneficios en detrimento de los demás?

Por otro lado, está el muchacho que me atendió en el frigorífico. El hecho de que me haya preguntado cómo quería que empaquetara la carne o de qué pieza cortar, o qué me haya mostrado cuánto tenía que pesar la pieza para sacar la cantidad justa de carne al quitarle la grasa, no fue señal de “servilismo” ni “jalabolismo”. Simplemente utilizó su raciocinio para agilizar su trabajo, con el fin de que el cliente estuviera satisfecho. En ningún momento trató de “meter gato por liebre”, ni de picar de menos, ni meter carne mala para “ver cómo me jode”. Lo que hizo fue prestar un servicio de una forma honesta y eficiente, y al final puede que de su empleo reciba sueldo mínimo, o tal vez un poco más, pero no influye sobre su forma de trabajar. Pero hay gente que valora el trabajo honesto y bien hecho y que, en agradecimiento, le dejan propinas de hasta 100 bolos, como yo lo hice.

Ciertamente estamos en un atolladero económico, y que la cosa pinta para peor (y que uno no “debería” estar soltando 100 bolos cada vez que vaya a comprar carne). Sin embargo, es necesario tratar de preservar la integridad y de recordar, e inculcar a los demás, que no a través de la “viveza” que uno puede surgir, porque al final todos salimos perjudicados. En Venezuela hay trabajo, y que jode, pero el problema es que a la gente no le gusta trabajar. A muchos le gusta el facilismo, están acostumbrados a que todo salga rápido, quieren ganar plata now y por ello, aunque sean “profesionales”, incurren en prácticas de dudosa moral para obtener beneficios, sin pensar en las consecuencias que puedan surgir en un futuro.

Si bien soy partidario de que cada quién debe trabajar en primer lugar por el beneficio propio, no estoy de acuerdo que por ello jodan a los demás, y de paso, de mala gana. De igual forma, no estoy de acuerdo en que uno tenga que jalar bolas para mantener el empleo o para comprar en un sitio, ni comprometer la dignidad propia. Eso no es trabajar, es un puto fraude, técnico y moral. Y si la gente no se quita la “viveza” de la cabeza, seguiremos viviendo en un país fraudulento, gobernados por gente fraudulenta, y con ciudadanos de moral fraudulenta. Y, al final, Venezuela quedará ante el mundo como un fraude.

Y el fraude, señores, no da plata. La da el trabajo.

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Catarsis Malograda (XIV) – “El venezolano sí es bruto”, o algo así es que se llama este post.

NOTA: esta es otra catarsis malograda, producto de mi inconformidad y arrechera con el status quo actual. Como siempre, está llena de roña y cualquier cantidad de sandeces ininteligibles que a duras penas tienen coherencia. Estás invitado a leer y reflexionar/comentar si llegas al final… si es que llegas, porque hasta yo me ladillé de leer mientras revisaba esta vaina. Si lo lees de cabo a rabo eres mi héroe :’)
ADVERTENCIA: cálculos matemáticos en el post. Si te ladillan los números, puedes obviar la sacadera de cuentas. Si te intrigan los resultados, siéntete libre de corroborarlos. Si me he equivocado, y si quieres, me lo haces saber, pero igual no corregiré nada, este post está muy largo y me da ladilla seguir editando 🙂

Como todos, sin excepción, se habrán enterado, el dizque “presidente de la república” (todo entre comillas y en minúsculas porque ni lo reconozco como presidente ni le tengo respeto), dijo anoche en cadena nacional que ordenaría la implantación de un sistema biométrico para, en resumidas cuentas, regular la cantidad de veces que la gente iba a comprar en el supermercado, y así asegurar que todo el mundo tuviera alimentos, y evitar la especulación, y ese tipo de argumentos poco convincentes que suele exponer con su cara de severa escasez intelectual.

Este… no.

Han sido tantas los “argumentos” que ha utilizado el régimen para asegurar el “abastecimiento” de alimentos y la fulana “soberanía” alimentaria, que ya no hallan otra forma para agarrar la mierda que escupen por la boca y restregársela en la cara a la gente. Sé que no debería sorprenderme, pero todavía me parece increíble que, a estas alturas del partido, esta gente todavía intente reciclar ideas absurdas y con un nivel de factibilidad comparable a hallar un unicornio en la mierda que cago.

Si sacuden un poco el baúl de los recuerdos, hace no mucho empezaron a utilizar, en supermercados del estado, el sistema del Saime para determinar cuánto había comprado cada persona, y así regular la cantidad de veces que puede comprar un producto a la semana (no pongo links de referencia por flojera, usen Google). Esto causó mucha indignación arrechera entre los usuarios pero, como es típico del venezolano, se acostumbraron. Ya la (poca) gente que suele ir a los abastos Bicentenario no tiene mayor problema en hacer su cola para comprar sus dos botellas de aceite y su kilo de azúcar cuando llegan (si es que llegan); simplemente se quedan chismoseando, hablando gamelote y despotricando con descarada hipocresía con el vecino de cola sobre la cagada de sistema y/o gobierno que lo tiene haciendo cola (y del cual es partícipe), hasta que llega su turno.

Ahora bien, a Platanote (sigo faltándole el respeto) se le ocurrió la genial y brillantísima idea de usar los capta-huellas, como en las cagarrutas de elecciones, para, definitivamente, regular la cantidad de cualquier vaina que compre cualquier persona, y así evitar el “fraude” que cometen algunos (en realidad la “mayoría”) de los usuarios, y así asegurar el abastecimiento y toda la paja que puse en el primer párrafo. Pero pasa algo bastante curioso. Platanote es medio imbécil… o imbécil y medio, queda a gusto del consumidor.

John Manuel Silva mencionó en un post que la gente que está montada en el gobierno no es bruta ni incompetente, sino que tienen un plan para joderte la vida. Su argumento es válido, pero me permitiré ser un poco pretencioso y usarlo de pivote para desarrollar el mío. Si bien los que están montados tienen como objetivo supremo eternizarse en el poder y llenar sus cuentas bancarias suizas a costas de joder a todo un país, cada día que pasa queda más en evidencia la merma acelerada de facultad mental y/o capacidad cognitiva, así como una degeneración progresiva del lóbulo temporal del cerebro. Elaboraré un escenario bastante simple. (EDIT: simple un coño de la madre).

Imagínense que el régimen logra, como se propone, instalar máquinas de capta-huellas para absolutamente TODOS los establecimientos de venta de alimentos: supermercados (de cadena o independientes), mayoristas y minoristas. No incluyo a los mercados municipales, ni a los portugueses, ni a los chinos ni a las bodegas familiares, ya que son establecimientos muy heterogéneos en cuanto a la cantidad de personas que compra en ellos y de cajas que despachan, y también para facilitar mis paupérrimos cálculos. Muy bien, ahora asumamos que todos los establecimientos en los que ha sido instalada la infraestructura necesaria para fregar la paciencia (dígase aparatos capta-huellas, conexión a la base de datos del SAIME, internet, etc) tengan, en promedio, 15 cajas, todas funcionales, con personal y parafernalia tecnológica necesaria para operar (caja con computador integrado y conexión a una intranet). Ahora, para ser bastante simplistas, utilizaré para este escenario/caso de estudio las principales cadenas de supermercados del país: Central Madeirense, Plaza’s, Excelsior Gama, Unicasa, Makro y Bicentenario (sólo para ser justos con el gobierno). Todas estas cadenas, suman un total de 190 sucursales aproximadamente (si quieren fuentes busquen en Google, no sea flojos). Haciendo matemática básica (que ya está escaseando en las escuelas gracias a la magnífica gestión del gobierno robolucionario), la cuenta da que hay que instalar, en promedio, 2850 máquinas capta-huellas. Seré generoso, tomaré en cuenta casos bordes, y pondré que se tienen que poner 3000, porque este gobierno es generoso.

Buscando un poco por Amazon, me topé con una captahuella aparentemente confiable, certificada por el mismísimo FBI, cuyo precio, al momento de revisión, estaba en US$88,00 mas $9,49 por costos de envío, para un total US$97.49. Pero seré previsivo, y redondearé de una vez a 100 dolarucos, ya que los precios en Amazon suelen fluctuar y uno nunca sabe a cómo estarán las cosas al final. Asumiendo que el gobierno quiere adquirir un producto de calidad, el cual no haya que reemplazar ni hacerle mantenimiento (siguiendo la más antigua tradición venezolana de no hacer media mierda para que la vaina se mantenga), y recurriendo una vez más a la matemática simple, el costo de solamente adquirir los equipos sería de US$300.000,00. Trescientos mil billetes verdes del imperio mejmo. Una suma ridículamente irrisoria, si nos ponemos a ver lo que han desfalcado ciertos individuos de las arcas de la nación y comparando con los ingresos que ha tenido PDVSA durante 15 años de especulación petrolera y despilfarro dizque “socialista”, pero que de todas formas al gobierno le importará media bola gastar, ya que no tiene problemas para adquirir divisas a través de Cadivi/Cencoex/Sicad/Como-se-llame-la-mierda-ahora. De hecho, el gobierno puede adquirir la misma cantidad de aparatos por, pongamos, 2 millones de Washintons, sólo para asegurar un contrato productivo con alguna pequeña empresa importadora de algún individuo venezolano-americano. Una mano lava a la otra.

Ok, ahora que al gobierno le ha costado US$2 millones importar los capta-huellas, viene la logística para su instalación. Para ello, se utilizará un tajo de la nómina pública, que es casi 10% de la población -algo nada saludable para un país, pero al gobierno de aquí parece no importarle- y de los cuales un porcentaje casi nulo tiene la capacidad mental para trabajar de forma eficiente, coordinada y rápida, el tiempo en que se instalaría todos esos corotos sería de  3 meses, si utilizamos el método de guesstimating, que es el más utilizado en Venezuela para la ejecución de cualquier proyecto utópico y/o poco rentable. El gobierno tendrá que pagarle a esos empleados públicos su salario durante el tiempo que tarden instalando los aparatos y configurándolos, así que asumamos que por cada supermercado van 3 servidores públicos para instalar los vainolos; eso nos daría cerca de 570 funcionarios públicos, pero como siempre hay uno que “sabe más que todos”, vamos a redondear el número a 600. Como la nómina pública del nivel más bajo de la jerarquía suele recibir sueldo mínimo (Bs. 4251,40), el gobierno va a tener que gastar un total de Bs. 7.652.520,00 por los salarios… pero el gobierno es generoso, y como van a realizar una loable labor de magnitud suprema, les pagará 7 palos a cada uno, así que al final terminará gastando 12.6 millones bolívares para pagar salarios a este grupo de gente, que al final terminarán haciendo el trabajo a los coñazos en ese período de tiempo, para que las capta-huellas terminen dañadas y/o “extraviadas” a las 3 semanas de finalizada la instalación.

Muy bien, ahora que están un poco lerdos, iré al fondo del asunto. Un paquete de harina de maíz está regulado a Bs. 12,40. Esto significa que con lo que el gobierno se gastó (en este escenario hipotético) en instalar el mierdero de maquinitas, se pudo comprar poco más de UN (1) FUCKING MILLÓN de paquetes. Pero, siendo honesto, en un país normal, no se compraría el millón de paquetes de harina pan, sino que se inyecta ese dinero en los productores de maíz y en las empresas que procesan la harina para producir una cantidad mayor. Ahora, si vamos a lo que costaron las capta-huellas, si lo pasamos a dólar Sicad 2, el gobierno gastó 100 millones de bolívales. Eso es un platal, coño, demasiada plata, que bien puede invertirse en productores nacionales para garantizar el flujo de alimentos y colaborar con la recuperación del aparato económico, aunque sea un grano de arena en comparación con lo que en realidad se necesita.

Pero no, el gobierno es genial y quiere gastar un coñazo de rial en un montón de aparatejos que lo único que causarán será un coñazo, literal y figurado, de molestias, inconvenientes, arrechera y frustración, y que al final terminarán “dañándose” o “perdiéndose”, pero en realidad estarán circulando en el mercado negro, vendidos a precios de puta patria, porque el venezolano es vivo y cómodo y no le gusta trabajar un coño. Y al final el consumidor, el venezolano de a pie que pierde tiempo en la cola, bien gracias, conformes con su cola, su arrechera, su rollo de papel higiénico semanal y su cartón de huevo mensual (si es que hay).

Este caso hipotético lo planteé con algunas cadenas de supermercados. Pero como mencioné, existen más cosas, y en mayor cantidad. Y así como hay más de todas estas cosas, el régimen “gastará” más dinero para terminar de joderle la existencia a la gente. Y es aquí cuando se evidencia que la gente que está montada en el gobierno es bruta. Si la gente de este gobierno pensara en la cantidad de plata que tiene que gastar para joder a la gente, y lo comparase con la cantidad de plata que le queda para llenarse los bolsillo, simplemente se harían la vista gorda ante la escasez, dirían que la soberanía alimentaria es más fuerte que nunca, que la producción de alimentos revolucionaria avanza a paso de vencedores, que la deuda de las aerolíneas es un delirium tremens del imperio, y le seguirían echando mierda en la cara a la gente para ver si caen. Y lo mismo pasa con los medicamentos y cualquier cantidad de cosas que están escaseando y nos están jodiendo la vida.

Hoy la gente se queja de que no sube la gasolina pero si los alimentos. Mañana se quejarán de que no suben la luz, pero si suben la gasolina. Pasado mañana se quejarán de que no suben la luz, pero que si suben los precios de las clínicas. Y luego, se quejarán de que no suben los sueldos, pero si la luz. Y así vamos, poco a poco, comiéndonos la mierda que nos echa el gobierno, sin preocuparnos por analizar el por qué o el cómo, sin siquiera tomarnos la molestia de indignarnos como debe ser, porque llegó al Unicasa la harina pan, y vamos todos a poner el dedo para poder tener 8 paquetes este mes, y…

Dicen que “con el hambre de la gente no se juega”… pero parece que aquí tanto la gente como el Gobierno son demasiado brutos como para entender el significado real de esa frase. Aun cuando la gente esté consciente de que le están reventando el orto con el peo los alimentos, las medicinas, la delincuencia y cualquier otra vaina, la cantidad de mierda que ha recibido es tanta que parece no hallar otra opción sino conformarse con cualquier idiotez que le lancen.

Catarsis Malograda (XIII) – El maldito llantén por la gasolina.

Esta una de las cosas que nos tiene jodidos…

Iré al grano: yo soy partidario de subir la gasolina no a 2,70 y tantos bolos por litros, sino a algo más realista, tipo 10 ó 15 bolos el litro (siendo MUY condescendiente). ¿Por qué? Bueno, utilizaré de ejemplo los taxistas (piratas, no de línea, porque cobran una bola y pagan otra bola más). Un taxista hace, en promedio, Bs.100 por carrera. Si asumimos que es un taxista flojo y con mala leche, y hace 5 carreras por día, serían Bs.500. Un tanque de gasolina de un carro es de 45lts en promedio, y en un día no se lleva ni un tercio. Si el litro de gasolina lo ponemos a 10, entonces el taxista gastaría por tanque Bs.450 cada 3 días, y aun así tendría una ganancia de Bs.1050 en el mismo período, por lo cual su gasto es 30% del ingreso bruto. Pero, como todos sabemos, un taxi pirata no cobra 100 bolos por carrera, ni hace 5 carreras al día, ni todos los tanque son de 45 litros, y no se tragan 1/3 de tanque al día (por lo general es la mitad, y sigo exagerando), por lo cual las cifras pueden variar un poco.

Usaré otro ejemplo cotidiano: los buseteros. Un tanque de buseta tiene como 100lts y por lo general dura 2 días hasta que toque recargarlo (y exagero, puede pasar más tiempo). Con el litro de gasolina a 10 bolos, un busetero gastaría en promedio 1000 bolos cada 2 días para mantener el tanque lleno. Ahora, asumamos que es un busetero con una Encava medio carcacha y tiene mala leche, ya que su tasa de transporte es de 100 personas por hora, y aparte es flojo, así que sólo labora 10 horas. El pasaje está en Bs.7,50, pero pongamos que nunca te da la moneda de 0,50 cuando le pagas redondo, así que cobra 8 bolos por pasajero. Al sacar la cuenta, este busetero se está metiendo 8000 bolívares diarios. Para cuando el tanque de esta buseta haya quedado en cero, este señor se habrá ganado 16 palos. Sin embargo, todos sabemos que los buseteros transportan mas de 100 personas por hora (modo lata de sardinas ON) y trabajan más de 10 horas al día, aunque el tanque si dura mas o menos lo mismo y casi siempre cobran redondo (porque todos odiamos las moneditas), por lo cual las cifras, evidentemente, variarán.

Ahora, muchos se oponen al aumento de la gasolina, porque subirán los alimentos, el transporte, habrá otro Caracazo más, el gobierno se caerá (¡viva!), y blah bloh blah; todo un llantén, pues. Pero esta gente es bruta. Esta gente no termina de entender que es la puta regaladera y el facilismo lo que nos tiene jodíos. La gente no entiende que debido a la abundancia de combustible hay escasez de cualquier otra mierda, que por el maldito subsidio estamos pagando 72% de inflación (o lo que sea actualmente, ya ni se qué coño de porcentaje de inflación acumulada tenemos). La gente no entiende que las vainas gratis SIEMPRE LES VAN A JODER LA MALDITA EXISTENCIA. Nada es gratis en esta vida, uno tiene que joderse el lomo para conseguir lo que quiere, uno tiene que ganarse las cosas; por eso es que el primer mundo es el maldito primer mundo, y hay medicina, comida, salud, educación, salarios suficientes y cualquier cantidad de vainas que aquí no hay. ¿Tienes gasolina gratis (si, gratis, coño, porque con lo que tengo en la cartera ahorita pago 3 tanques)? Qué bien, pero no tienes ni papel tualé, ni aceite, ni huevo, ni harina, ni leche, ni azúcar, ni Special K de Kellogg’s, ni un coño de la madre. ¿Tienes hambre? Bueno, traga gasolina, métetela por el culo, hazte un enema y cágala también si quieres, a ver si sigues con la huevonada de no quitar el subsidio y subirle el precio.

PS: y no vengan con el peo del fisco y PDVSA y las mil y una mariqueras de análisis y repercusiones en el circo económico actual. Porque al venezolano le gusta enrollarse, buscar excusas, pasar trabajo y que le metan el huevo.

Catarsis Malograda (XII) – The Price of “Liberty”

NOTA: gamelote y roña presentes en el post. Leer bajo propio riesgo.

Como casi nadie sabe, en Octubre del año pasado ingresé oficialmente al no-tan-exclusivo “Club del Consumismo y Endeudamiento Desmedido”, recibiendo en el proceso una dorada “cualquiervaina.” Evidentemente, y como era de esperar de alguien de mi perfil, no tardé en tramitar el cupo electrónico de CADIVI, así que también pertenezco al igualmente no-tan-exclusivo “Club de Pelabolas que Compran Cualquier Vaina por Amazon.com y las trae por Liberty Express.”

Estar en este club te trae beneficios que son fácilmente palpables por cualquier persona: traer artículo de nula necesidad a precios de ganga, para luego hacer con ellos lo que mejor parezca: en algunos casos, revenderlos a precios ridículamente estratosféricos; en otros, evitarse adquirirlos a dichos precios, para poder “disfrutarlos” sin hipotecar tanto el bolsillo. Sea cual sea el caso, traer cosas por Liberty Express se ha convertido en el negocio predilecto de muchas personas, sin importar edad o estrato social. Sin embargo, no puedo evitar hacer alusión a cierto proverbio grindo respecto a esta nueva fuente de “felicidad” y conveniencia… Seguir leyendo “Catarsis Malograda (XII) – The Price of “Liberty””

Catarsis Malograda (XI) – Venezuela, país del ridículo.

NOTA: este es un post catártico, y bastante precario (el mismo título así lo denota). No te lo tomes muy en serio, de lo contrario puedes terminar con ideas absurdas y completamente alejadas de la realidad del mismo. No que me importe la objetividad con la que haya escrito esto, ni con la que puedas hacer algún comentario argumentativo. Si eres economista, no me pares bola, estoy divagando. Si eres algún polarizado extremista, pues fuck you, ve a joder en otro sitio, como Aporrea. Y si eres un enchufado, y te sientes ofendido por algo aquí escrito, pues excelente: la gente que se siente ofendida debería sentirse ofendida. Y fuck you, too.

Hace poco estaba ocioseando (si es que existe esa palabra, y si no, pues la patento) en un reconocido portal de clasificados de inmuebles, viendo, evidentemente, precios de inmuebles a la venta. En específico casas. Puede que sea algo un tanto masoquista, teniendo en cuenta mi background económico (si, soy un pelabola y lo recalco, coño), y la tétrica situación en la que se encuentra el país en el mismo ámbito. Pero no, en realidad tenía curiosidad de saber hasta qué nivel de ridículo es capaz de llegar el venezolano en tiempos de crisis. Y vaya que ha superado todas mis expectativas.

Seguir leyendo “Catarsis Malograda (XI) – Venezuela, país del ridículo.”

Catarsis Malograda (X)

Bueno, luego de tener este blog abandonado por tanto tiempo, creo es hora de escribir algo, just for the sake of it. Asumo esta será otra catarsis más, en donde hablaré un montón de idioteces y narraré lo cutre y macilenta que resulta mi vida. Como sea, aquí voy.

Ya he hablado anteriormente sobre el trabajo que ahora tengo en la universidad. Me desempeño como cooperador en el área de postgrado de la universidad, específicamente en la parte de apoyo audiovisual. En pocas palabras, instalo video beam en los salones de los profesores que los pidan, o laptops, o retropreoyectores (si, todavía hay quien los usa), o el combo del televisor culo e’ botella y reproductor de DVD.

Como sea, el punto es… el trabajo cansa. No es que me esté quejando pero, como todo trabajo que implique esfuerzo físico, termino agotado al final del día. El horario, de 5 a 9 de la noche, tampoco ayuda mucho, dado que me quita tiempo que podría invertir en, qué se yo, programar o cualquier cosa parecida. Además, trabajo los sábados desde las 8 de la madrugada hasta las 5 de la tarde. Martirio.

Sin embargo, no es tan malo después de todo. Sólo trabajo 3 días entre semana, así que puedo aprovechar los otros 2 días. Y los sábados, por lo general, el ritmo es más pausado, por lo cual puedo estar, tranquilamente, instalado en un salón con mis compañeros de trabajo, aprovechando el rato para estudiar, huevear o cualquier otra cosa que pueda hacer cómodamente en un ambiente relajado, con aire acondicionado.

Ahora bien, mio punto es, si el semestre es un monstruo con 5 ó 6 materias, de las cuales más de la mitad son teórico-prácticas, es evidente que la mezcla de trabajo y estudios van a hacer mella en el cuerpo. Tal como me pasó este semestre. De nuevo, no me estoy quejando (y mucho menos lo haré si me pagan por trabajar). La cuestión es que, luego de haber terminado este semestre, me di cuenta de la importancia del descanso.

Cada vez que empiezo el semestre, chequeo el pensum y hago mis cálculos de cuántas materias me quedan por ver, cuánto tiempo emplearé en ello y toda esa paja, para poder organizarme y planificar mejor mi tiempo. Todo esto con el fin último de graduarme lo más rápido posible, y así no tener que pagar la puta millonada que cuesta el semestre cada vez que aumentan la matrícula un porcentaje absurdo. Y hasta ahora todo ha salido según lo planeado. Hasta ahora.

Resulta que entre mis planes se incluía inscribir una materia este verano para poder sacármela de encima (no prela nada, prácticamente), y una o dos electivas. Pero resulta que dicha materia no la abrirán… porque a la profesora le da ladilla. Y con las electivas me jodí, porque la fecha de inicio de una (que es un intensivo de una semana en IBM), choca con la otra. So, I’m fucked up.

¿Qué quiere decir esto? Bueno, que ahora mi último semestre no será sólo de tesis (y por consiguiente, gratis), sino que ahora tendré que ver 2 o 3 materias ladillas adicionales, así que tendré que pagar todo el semestre por esa vaina. Fuck.

Sin embargo, el meollo del asunto no radico en las electivas, el verano, o la cantidad de materias o semestres que me quedan, sino en la piedra en el zapato de todos los estudiantes universitarios (sobre todo de ingeniería), que se llama “Servicio Comunitario.”

Verán, está bien que se tenga que hacer el SC y todo eso, ayudar a la comunidad desde un ámbito relacionado a mi carrera, etc. El peo es: coño, son 120 putas horas de tu vida que tienes que ir al culo-del-mundo-en-no-sé-dónde, a hacer alguna vaina, para que te firmen un papel, para así poder quitarte ese peso. Claro, podría evitarme ir al culo del mundo en no-sé-dónde y hacer una página web, pero alas! Detesto la programación web.

En fin, haciendo fast-forward. Resulta que logré, ahem, juntarme con dos compañeros para hacer el servicio comunitario, en este caso en una escuela en la carretera vieja vía Los Teques (precisamente en el culo del mundo). Y bueno, tengo que hacer la propuesta de lo que haré en ese servicio comunitario, para mandarla a la Escuela (la mía, no la del culo del mundo) y ligar a que la aprueben, para iniciar el SC y blah blah blah, terminar todo eso.

Ahora, el problema no radica en que el servicio sea en una escuelita en el culo-del-mundo-en-no-sé-dónde, sino el tiempo. Asumiendo que aprueben mi propuesta, tendría que ir todo el mes de Septiembre, y en Octubre también, para allá, a hacer lo que tenga que hacer, y eso implica perder tiempo de trabajo, tiempo de estudio, y tiempo de sueño. Lo cual no importaría si estudiara una carrera con un horario fijo, tipo Administración o Derecho. Sin embargo, en Informática, mi horario está a merced de la aleatoreidad del sistema, por lo cual no puedo saber si voy a estar libre los viernes en la mañana. Y aun eligiendo mi horario, privilegio que tienen los cooperadores estudiantiles (mi caso) y los beca-trabajo, no puedo asegurar que tenga siquiera un horario decente para mi trabajo.

Ya fui a la escuelita en una ocasión, para hacer un sondeo, junto con mis compañeros, de la situación. Pero no fue la experiencia allá, sino el trayecto lo cual me hizo reflexionar un poco sobre lo apresurado de la situación en la que me estaba metiendo. Si, lo ideal es salir del SC lo antes posible para que no joda tanto la vida al final de la carrera. Pero…

Siempre hay un “pero”. Y en mi caso es una mezcla de muchos. Empezando por la carencia de un cronograma definido para realizar el SC, lo cual me impide hacer una propuesta concreta que vaya a ser aprobada por la Escuela (de Informática). Luego está el factor transporte. Además, es un sitio muy pequeño como para que 3 personas hagan el SC sin tener que hacer alguna especie de “chanchullo” (de hecho, una sola persona puede hacer todo lo que necesitan sin problemas, tres son un estorbo) en el informe final.

Sin embargo, el factor que más me jode es la salud. Verán, llevo casi 3 años sin descansar como es debido. He empleado los 2 últimos veranos para adelantar materias, lo cual me deja prácticamente con 2 semanas de descanso en verano. Las vacaciones de Diciember son una falacia. Los feriados atravesados durante el año, más que darme un chance para relajarme, triplican mi estrés.

Como ya mencioné, tenía pensado hacer verano de nuevo para adelantar. Tenía pensado hacer el servicio comunitario. Tenía pensado trabajar. Pero no. Tres años sin descansar hicieron mella en mi cuerpo. Estoy física y mentalmente agotado, aunque no parezca así. Siento que, si me pongo a hacer alguna otra cosa que no sea descansar, voy a colapsar. De hecho, ya colapsé este fin de semana, con una puta fiebre de 39.5 y una tembladera incontrolable (que al final no fue ni dengue ni gripe).

 Por todo esto he tomado la decisión, por el bien de mi salud, de saltarme el servicio comunitario este verano/semestre. Sé que posiblemente me vaya a joder el año que viene, pero prefiero llegar vivo para entonces, que a medio morir, con úlceras y hernias, y sin ganas de siquiera terminar la carrera. Prefiero hacer algo con una planificación sólida, que sé tendrá un principio y un fin, a una vaina improvisada, sin fechas seguras, sólo para salir del paso. Si, sé que quiero salir de una vez por todas de esta vaina, pero no a la machimberre. Mucho menos cuando el semestre que viene es el más filtro de todos.

Por ahora, me voy a descansar… Adeu!

Catarsis Malograda (VIII) – Centro, maldito Centro.

La otra vez me tocó ir al Centro a comprar materiales para un moisés que mi madre le regalaría a nuestro instructor de taichi, ya que su esposa da a luz… por estas fechas. Lo que esperaba resultase ser un viaje corto, con su respectivo dolor de cabeza resultante, terminó siendo toda una Odisea martirizante, que me dejó postrado en cama el resto del día, con migraña, náuseas y escalofríos.

Muchos dirán que exagero, pero no es así, señores: el centro de Caracas es un lugar mortal para mí. Es un sitio que condensa la miseria, la imbecilidad y la desidia, y las convierte en una especie de gas innoble e ignominioso, que no hace más que atontar el cuerpo y dar sin piedad una letanía de golpes al cerebro cada vez que uno intenta respirar en ese ambiente. No es que hieda a rayos todo el tiempo, pero el sólo hecho de intentar existir en ese sitio es una experiencia, por demás, agobiante.

Para no extenderme mucho (¡JA!), y para dar el beneficio de la duda a mi maltrecha memoria, resumiré un poco el periplo que experimenté ese día, que por cierto fue un 21 de Febrero. Y este post lo escribí un 28 de Marzo. No que importe mucho. En fin.

En resumidas cuentas (ajá…), tenía que comprar una gomaespuma para el moisés, así como un viaje de encaje, pasa-cinta, una cinta azul, y por ahí va la cosas. Al llegar a La Hoyada, me fui caminando a la plaza San Jacinto, frente a la cual se ubica el cuchitril (por eso es) donde venden la gomaespuma. Hasta ahora sin novedad. Luego… el encaje. Por necedad mía, caminé dos cuadras para comprar primero el plástico del cevillo, a sabiendas que la quincallería donde se supone tenía que comprar el encaje estaba a 10 metros de la entrada del Metro. En fin, me regreso. Después de buscar el rollo de encaje, pedir los 13 metros que se necesitaban, y gastar como Bs.160 en el proceso, me fui a otra quincallería, ubicada a dos cuadras. Y aquí empieza mi suplicio.

Primero voy a una conocida, que mi madre suele frecuentar. Si alguna vez han ido al centro, sabrán que hay un SPAM de quincallerías y mercerías, por lo cual ni me molestaré en decir nombres. Como sea, fui a la fulana tienda a buscar el pasa-cintas (que tampoco diré qué es, el nombre es bastante explicativo per se), y por ahí se me fueron como 90 bolos más. Pregunté por la cinta, pero sólo vendían el rollo de 100 metros, y yo necesitaba sólo 13, así que me fui a la tienda de al lado (se los dije, hay un spam), y aquí empezó la caída.

Me acerco al mostrador para ver si tenían la cinta que necesitaba, y efectivamente así era. En eso se me acerca uno de los dependientes, quien muy amablemente empezó el protocolo de atender al cliento, y todo eso.

– ¡Buenos días! ¿Necesita algo?

– Si, amigo, necesito 13 metros de esa cinta azul…

– ¡Claro, claro! Vendemos a partir de 10 metros.

– ¡Perfecto!

Dicho y hecho, el hombre midió 10 metros de cinta, y cortó. Mientras la metía en una bolsita, le pregunto:

– Disculpa, ¿cuántos metros hay ahí?

– 10 metros.

– Pero yo te pedí 13 metros.

– Ah, pero es que sólo despachamos a partir de 10 metros.

– Bueno, por eso te pedí 13 metros… son más de 10, evidentemente.

– No, no. Sólo vendemos pares.

– ¿Qué?

– Que vendemos de diez en diez. No vendemos partidos. Si necesitas 13, entonces puedes llevar 20. ¿Corto otros 10 metros, y así completas…?

Ya no lo estaba escuchando. Estaba en shock. No podía dar crédito a lo que acababa de presenciar, o mejor dicho, de ser víctima. Este hombre, sin importar qué tan atento pudiera ser en su trabajo, no importa cuánto se esmerase ni qué tanta bolas jalase, se rayó de manera definitiva, aunque ni él mismo se hubieses dado cuenta en el acto. Perdí la fe en la humanidad en ese momento. Aun hoy, a más de un mes del evento, no hallo palabras que puedan describir lo que sentí en ese momento. ¿Decepción? ¿Lástima? ¿Impotencia? ¿Ira? ¿Desesperación? Sólo bastó con dos míseras palabras y un completo desconocimiento del vocabulario más banal, para que este ser destruyera toda la base coherente sobre la cual funciona la gramática castellana. Este hombre se pasó por el forro el concepto de semántica, y se cagó sin piedad en la morfosintaxis más simple.

No recuerdo por cuánto tiempo estuve boquiabierto, pero luego de contemplar semejante ultraje, decidí retirarme del sitio, ya  que sentía que me iba a dar una crisis nerviosa, frente a ese engendro de la idiotez humana. No importaba si el tipo tenía dislexia, o si nunca se graduó de bachiller, lo que recibí fue un coñazo enorme. Me largué de ahí y me dirigí a otra tienda más, en busca de la fulana cinta. En una, pregunté si tenían la cinta, pero el viejo que atendía tenía los tapones idos, porque lo que entendió fue “pega UHU”. En otra, estaba repleta de gente comprando mariqueras para hacer pulseras, y me la salté, ya que no quería empeorar el mal genio que ya cargaba.

Decidí, pues, entrar en una que también suele sacarme de apuros, ya que tiene todo lo que no hay en las demás justo en los momentos que necesito, y tiene aire acondicionado, lo que la convertía en el sitio ideal para terminar de hacer las compras. O eso es lo que quería creer.

Al entrar, noto el trajín y la bulliciosa actividad, cosa bastante rara en ese local. Me voy a un mostrador, y uno de los muchachos me indica que me atenderá apenas se desocupe, y yo me limito a esperar. En eso noto un olor dulzón, como almizcle, y, pensando que era yo, hago el gesto de manera disimulada, pero nada que ver. El olor persiste, y empiezo a escanear el lugar, pero nada que ver. El maldito hedor persiste, y en eso volteo, para toparme con otro espanto: una gorda de respiración abdominal, de esas que de vaina pueden con su alma por los cuñetes de grasa que tienen incrustados bajo lo epidermis, y encima de eso, diabética, lo cual explicaba el olor infernal que impregnaba el aire de la tienda.

Decidí hacer caso omiso de la abominación que tenía a mis espaldas, e intenté, muy en vano, resistir los embates de la fetidez que expedía ese ser. Pero, como ya sabrán, me fue imposible. Cada vez que abría la boca, o movía los brazos, el hedor parecía multiplicarse exponencialmente, lo cual empezó a afectar mis ya encarecidas facultades mentales. Era como estar en una de esas cámaras de gas de los nazis, o peor, pero sólo era mi pobre imaginación en ese momento, tratando de mantener algo de coherencia en mi ser. Creo que el hedor del Guaire estancado por 3 días es mucho más placentero el agente neurotóxico que expedía esa mujer, si les soy sincero.

Al poco rato me empezó una jaqueca enorme, como una maldita mandarria golpeando mi cabeza, y las náuseas amenazaban en convertirse en arcadas, por lo cual me excusé con el joven que me iba a atender (el cual también parecía al borde del colapso), y me retiré del lugar, intentando salvar la poca dignidad humana que me quedaba. Salí disparado de ahí, buscando aire fresco, y procedí a chequear el último sitio en el que estaba dispuesto a perder mi tiempo en la fútil búsqueda de la cinta. Así fue como aterricé en otra quincallería más (maldita sea), pero esta vez el ambiente era tranquilo, y el aire acondicionado filtrado me ayudó un poco a recobrar la compostura. Me atendió una muchacha que, aunque al principio se veía de malas pulgas, parece que se compadeció de mí maltrecha pinta, porque me atendió de mil maravillas. Eso, o es que estaba urgida. Al final pagué por la cinta (26 devaluados), y decidí seguir mi trayecto usual, pasando por La Candelaria, hasta Parque Carabobo, porque, la verdad detesto La Hoyada. No sólo la estación, sino también las cercanías, el maldito ambiente hostil y decadente del centro.

Al final llegué con los encargos a mi casa, me tomé un par de pastillas de Parsel, me acosté y, haciendo caso omiso al sol del mediodía que penetraba en mi habitación, me arropé, aun sin cambiarme la ropa, con el edredón. Estaba temblando, tenía un dolor de cabeza reverendamente hijo de puta, y unas náuseas infernales. Delirium tremens, sin haberme emborrachado. Es una maldita droga, el centro. Una droga que te jode la vida, la existencia, la mente. Una droga que llena la mente de la peor mierda que se pueda pensar. Una droga por la que sólo los masoquistas y desalmados se volverían adictos. Es lo más bajo de la degradación humana concentrada en un sitio; es imbecilidad, idiotez y desidia; es mierda y suciedad, mugre y roña.

Maldición, si John Constantine quiere comprar su pase al cielo, que se venga al centro de Caracas. Le haría un bien a la humanidad.