“A la vuelta de la esquina…”

Hace un tiempo, conversando con una amiga en la universidad, le hice mención de la actitud de un profesor, que me dio clases de Circuitos Electrónicos, respecto a las tesis: siempre con una emoción, un cuento, un consejo, una lección. Posteriormente le dije algo así como “Cuando te empiecen a hablar de tesis, cágate, porque están a la vuelta de la esquina.”

Creo que en ese momento no lo dije con la seriedad suficiente, o mejor dicho, ni yo mismo me tomé en serio el comentario que yo mismo había emitida, hasta hace unos días, mientras esperaba entrar a una clase de una electiva, PLC/OPLC, en la que casualmente me da clases el mismo profesor.

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“Me voy del país”: reflexiones post-elecciones.

 

Hace poco escribí un post reflexionando un poco sobre el proceso electoral de ayer, así como un montón de incoherencias relacionadas. Ciertamente lo escribí pensando en que hoy íbamos a amanecer con un nuevo presidente, cambiando la barajita del álbum de nuestra historia. Evidentemente, no fue así.

Ayer mi día comenzó con bastante normalidad, para ser honesto. Me levanté temprano, como es usual, pero no fue sino hasta pasadas las 8 que decidí subir al centro de votación, un colegio a 3 cuadras de mi casa. Decidí no hacerme muchas ilusiones, y llegué, esperando poca afluencia de personas, tal y como solía suceder, y al principio pensé ese era el caso. De las 13 mesas, la de mi mesa era la más larga (como siempre), y aun así no era lo que uno podía catalogar de “larga”. En principio pensé iba a quedarse así, pero a la media hora de haber llegado, un cerro de gente popped out of nowhere y llenó la calle. Ya después de votar, que fue a eso de las 12 y media, me enteré que ya habían votado 60% de los electores del centro, y la gente seguía llegando.

En ese momento me sentí bastante satisfecho, tal vez esperanzado, al igual que muchos venezolanos ayer. Por primera vez desde que soy partícipe, directo o indirecto, en un proceso electoral, no tuve ese sentimiento de derrota anunciada. Si, la participación fue masiva, los ánimos estuvieron en alto, el clima fue propicio. Muchos regresamos a nuestro hogar a esperar los resultados; unos ilusionados, otros expectantes. En ese momento hicimos historia. Seguir leyendo ““Me voy del país”: reflexiones post-elecciones.”

Barajitas Repetidas.

Nota: este es otro post con alguna que otra incoherencia atravesada. Lea bajo su propio riesgo.

Ayer estaba en una clase un tanto tediosa cuando el profesor, que suele utilizar eventos de la vida real para ilustrar y explicar la materia, mencionó un incidente ocasionado por un apagón en Guri, y la termoeléctrica de Tacoa, hace “muchos años”, cuando Venezuela “solía tener varios presidentes”. En ese momento, tomó unos minutos para hacer un breve inciso, y nos preguntó: “Yo sé que son jóvenes, pero ¿alguien recuerda al presidente anterior, Rafael Caldera?”. De un salón de casi 30, creo fui el único en levantar la mano.

Yo, al igual que muchos, si recuerdo, aun con cierta vaguedad, esa época en la que nuestro presidente era un hombre ya mayor, arrugado, que a veces costaba entender lo que decía, y que usaba mucho gel para el cabello. Yo recuerdo esa época, en la que un Toronto costaba Bs. 50, y el billete mostraba la figura de Andrés Bello y era negro con púrpura y rojo. Recuerdo que el álbum Panini del mundial costaba Bs. 100, y el billete era igual de marrón con bolívar, pero era un billete de vulgo, que siempre aparecía arrugado; no como ahora, que es una rareza en la billetera general, que siempre sale reluciente y nuevo del banco, y parece llega casi en el mismo estado a las bóvedas. Aun después de mudarme a Caracas, en el ’98, recuerdo.

Recuerdo con terrible claridad que, el día que el actual presidente ganó las elecciones, le dije a mi madre, verbatim: “Nos jodimos”.

Recuerdo la Constituyente, con toda la “polémica” que causó. Recuerdo la tragedia de Vargas, que la viví casi en carne propia, a través de mi hermana y quien era su novio, en aquél entonces capitán de un helicóptero Super Puma, durante las labores de búsqueda y rescate. Recuerdo la negativa a la ayuda ofrecida por Clinton, los Globemaster despegando de Maiquetía, la intensa lluvia y el lodo. Recuerdo el 11-A. Recuerdo el paro, el inicio del control de cambio, la devaluación. Recuerdo que cada vez costaba más la vida. Recuerdo RCTV. Recuerdo las marchas, las lacrimógenas, los perdigones. Recuerdo las expropiaciones. Recuerdo la ineficiencia, la incompetencia, la inutilidad. Algunas cosas las recuerdo vagamente, pero en general, recuerdo todo. Recuerdo, recuerdo, recuerdo.

Y sin embargo, no basta recordar mucho para darnos cuentas que nuestra realidad, nuestro día a día, es producto de dichos recuerdos. De estancarnos en el pasado. De ver atrás y plantearnos un montón de “y si hubiese pasado tal cosa”, o “y si hubiese hecho tal otra”. Esta realidad que vivimos es producto de dejarnos llevar por la marea, de la inactividad, de la falta de fuerza de voluntad, del miedo; es producto de dejarnos llevar, conscientemente o no, por la demagogia sobresaturante, el discurso “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Porque el pueblo es manso, porque el pueblo es sumiso, porque el pueblo es estúpido.

Esta realidad, nuestra triste realidad, es producto del conformismo, del comodismo, del servilismo. Es producto de nuestra propia esencia, de cómo somos los venezolanos. Si, el venezolano es cómodo, es conformista, es jalabolas, es flojo; “póngame donde hay”, es lo que suelen decir. “Una palanca”, es la otra excusa. “Cobro quincena, ¡y pa’ la playa! ¡Rumba, curda y culos!”, es la media ponderada. “Pago una tarjeta con la otra, pero igual me hago las lolas”, es lo habitual. “Échame una ayudaíta”, a lo que se rebaja dignidad e intelecto. Esa es nuestra herencia.

Pero no es lo que yo, o ningún otro contemporáneo, mayor o menor, joven o viejo, quiere en estos momentos, ni en un futuro. Hemos tenido que rebajarnos de nivel, decaer, llegar al borde de la miseria misma (tanto económica como humana), de permitir que mancillaran nuestro nombre ante el mundo, para darnos cuenta que no se puede seguir así. Venezuela tuvo que errar por un desierto de 40 años de efímera democracia para darse cuenta que había que salir de un círculo vicioso. Y vaya que salió del círculo, pero fue en vano, porque caímos en uno peor. Ahora, han tenido que pasar casi 15 años desde ese “cambio”, de esa supuesta “Quinta República”, para que el país se diese cuenta de que nunca salimos de la Cuarta, de que nunca hubo “el cambio”, de que la susodicha “revolución” no es más que una falacia psicológica, implantada en la mente de las masas, que en aquél entonces eran como las ovejas: mansas, sumisas, y estúpidas. Ahora es que el venezolano se ha dado cuenta que no es cuestión de ser de un bando u otro, o de gritar más que el otro, o de ser más que el otro; que no es cuestión de ser “el pueblo”, sino es cuestión de ser ciudadano.

No me refiero a ser ciudadano sólo en el sentido de respetar las normas, pagar los impuestos y colaborar por el bienestar general de la sociedad. Para esto todavía falta un buen trecho. Me refiero a ser ciudadano en el sentido de no sólo saber que se tienen derechos y deberes, sino también obligaciones para con uno, la familia, la sociedad y el país. Y no me refiero a obligaciones como botar la basura en los pipotes, no. Son obligaciones como involucrarnos, en mayor o menor grado, en la vida política del país. No me refiero a lanzarse de candidato así nomás y llegar a Globovisión a hacer el ridículo, sino a desarrollar una capacidad de crítica (y autocrítica) que nos permita mirar con objetividad a los hechos y así poder tomar una decisión al respecto, sea cual sea nuestra posición y situación. Son obligaciones como leer, ver, escuchar, dialogar, discutir, razonar. Pero, por sobre todo, votar.

No es que esté haciendo campaña de concientización, ni busco hacer propaganda de “Hay un camino!”. Tampoco estoy ocultando mi apatía hacia el status quo actual del país, en todos sus ámbitos. Simplemente expongo mi posición respecto a un tema que, para muchos, terminan siendo en extremo incómodo a la hora de la chiquita, una piedra en el zapato que luego se convierte en un cargo de conciencia. Es normal que, a estas alturas del partido (y desde antes), haya un miedo generalizado en lo que respecta al proceso electoral: fraudes, conteos, rastreos, si-voto-me-botan, la lista, las captahuellas, el jefe, etc. Me corrijo, no es normal, pero si “entendible”. Sin embargo, sería más que bueno si la gente se quitase un poco el chip ovejuno de la cabeza y sale a cumplir con el deber cívico más representativo de la democracia. Evidentemente, muchos son padres de familia, trabajadores comprometidos, gente que lucha por tener un quince y último e intenta sobrevivir. Pero… ¿acaso son ésas excusas para no hacerlo? Entiendo si son unos chupópteros acomodados, jalabolas o lastres humanos, pero dudo así sea la vasta mayoría de los venezolanos.

No voy a exagerar, ni pasarme de dramático como suelo hacer, ni hacer proselitismo político (de hecho, no me gusta la política), pero es innegable que este 7 de Octubre será una fecha de suma importancia. Una fecha en la que todos tenemos la obligación no sólo de ser ciudadanos ante nuestros pares, sino ante el mundo, y ejercer el derecho al voto. Ya no es sólo defender la democracia y la libertad, y todos esos discursos bonitos; es defender nuestra dignidad e integridad como venezolanos. Creo es el momento adecuado para salir de estas Escila y Caribdis en que estamos metidos, y continuar la Odisea de construir nuestra nación.

Así como los álbums Panini, que a muchos nos gustan, el álbum de la historia no se llena con barajitas repetidas. Siempre se tienen que cambiar.

Tan pequeño e insignificante…

Recuerdo que, hace unos años, encontrábame yo sentado frente a la computadora en mi cuarto, cuando escucho el trinar de un pájaro muy cerca. En aquel entonces mi madre tenía en el balcón alpiste para aquellos pajaritos que solían visitarnos, por lo cual no era de extrañar que escuchara muy a menudo sus cantos. Sin embargo, me extrañó que éste en particular sonara como si estuviese dentro de mi propio cuarto.

Luego de unos minutos, tras los cuales el chillido del pájaro se hizo menos frecuente, me levanté de la silla y decidí echar un vistazo al apartamento, buscando a ver dónde estaba el interlocutor, aunque sin éxito. Pasaron varios minutos y tuve que repetir la operación, ya que el pajarito siguió cantando, exaltado por la actividad. No fue sino hasta pasado un buen rato que volteo, y me doy cuenta que el fulano pajarito estaba justo detrás de mí, acurrucado en mi almohada.

En ese momento me acerqué a observar a la criatura, que estaba tan asustada que ni se movía. No sé qué especie era (soy malo para identificar pájaros genéricos), pero si sabía que era apenas un pichón, diminuto e indefenso. En ese momento lo único que pensé podía hacer era tomarlo entre mis manos y llevarlo hasta el balcón, donde posiblemente se rencontraría con sus progenitores y saldría volando feliz; evidentemente, eso fue lo que hice. Sin embargo, apenas coloqué a tan diminuta criatura entre mis manos, recordé un episodio que había vivido un tiempo atrás.

Estaba en la universidad, volviendo de almorzar con unos amigos, cuando en el pasillo que conduce al pabellón de agrupaciones nos topamos con una muchacha de cuclillas en el suelo. No sabíamos que estaba haciendo, hasta que se levanto, y en sus manos asomó un pajarito, de la misma especie genérica. Lo increíble es que, si bien no estaba lastimado, el condenado estaba feliz, dando saltitos. Por un momento pensé que esa muchacha debía ser Buda, o algo por el estilo, porque no siempre un pájaro se posa con tanta naturalidad sobre las manos de una persona. Sin embargo, en el momento en que tuve yo a ese pichón en mis manos, descarté por completo la idea de ser una especie de Buda, ser iluminado, o alma noble.

Aun siendo extremadamente pequeño, sentí que ese pichón ejercía una enorme fuerza sobre mi mano. Me sentí abrumado por la experiencia: durante un momento pensé que todo el mundo hacía silencio, y escuchaba el latir de su corazoncito, poderoso y retumbante, como si de los pasos de un gigante se trataran. Mi mano se sintió pesada, y me vi invadido por pulsaciones, que hasta el día de hoy sigo jurando provenían de ese animalito. En esos instantes que lo tuve en mi mano, sentí el peso del mundo sobre mis hombros, una responsabilidad que pocas veces he sentido, y un gran sentimiento de culpa; me sentí el ser más pequeño e insignificante en este mundo. Sin embargo, pude recobrar la compostura, y decidí llevar a la criatura al balcón, y dejarlo en una mata de sábila que tenemos, esperando a que volara en compañía.

Ya han pasado varios años, y los pajaritos ya no vienen con tanta frecuencia, más que todo por la gata. Y aun así, a veces me siento como en aquél breve y trascendental momento: tan pequeño e insignificante…

Este es el fulano pajarito que pisoteó mi supuesta humanidad.

R.I.P. Cassiopeia (Febrero 2007 – Abril 2011)

Hoy, por casualidades de la Vida, el Universo y todas las cosas, mi fiel computadora de escritorio falleció, víctima de una apoplejía electrónica. Esta venerable máquina, a la que, en un momento de mariconería, bauticé como Cassiopeia (ni idea por qué), tuvo una vida útil bastante productiva, aunque en ocasiones algo inestable en muchos aspectos. Tantos fueron los periplos y odiseas por los cuales pasó, que terminé llamándola “ábaco pan-dimensional”. A continuación, les resumiré un poco dichas odiseas.

Mi computadora era una simple AMD Athlon 64 3000+ de 2GHz, 1GB DDR2 de RAM, un disco duro simple de 80GB y una tarjeta nVidia GeForce 7300. Para cuando la armé era un sistema competente. No era la panacea ni el pináculo de la tecnología, pero me iba era suficiente para las tareas que requería para aquél entonces: bajar anime como un desgraciado, jugar Call of Duty 2, Touhou, entre otras cosas. Sin embargo, fue el uso que le estaba dando lo que llevó a su primera bajón.

Encontrábame yo un día ladillándome con la novela visual de Fate/Stay Night, cuando de repente el programa se guinda. Pues bien, Ctrl+Alt+Supr, mato el proceso, y listo. Pero no, resulta que, místicamente, el proceso que le sigue, µTorrent, agarra 100% de CPU, así que repito el proceso. Y así siguió hasta que llegó al mismo administrador de tareas, por lo cual tuve que hacer un reboot forzado. Y colorín colorado, la tarjeta de video hizo pof. No señal, no nada. Luego de pasarme a video integrado y revisar un poco en Windows, vi que no reconocía ni tarjeta de video ni puerto PCI-Express. Así que me tocó vivir sin tarjeta de video.

Tiempo después, viendo que el antivirus me estaba sacando la puñetera (Panda al fin y al cabo), decidí recurrir a uno que me habían recomendado, AVG. Luego de bajarlo por medios obscuros (torrent), procedo a instalarlo. En el proceso, la máquina se guinda, así que vuelvo a reiniciar. Al entrar, veo que me sale un fondo de pantalla con advertencia radioactiva o alguna vaina así, y que no podía meterme en Mi PC ni nada. Coño de la pepa, un virus. Y lo más irónico es que fue el mismo antivirus el que lo tenía. Shit happens. Acto seguido, decidí formatearla, a costa de perder toda la información, siendo la más importante unos proyectos de edición de video. Shit happens.

Después de este nuevo inicio, decidí chequear de nuevo la tarjeta de video. Resulta que, definitivamente, se había quemado junto con el slot PCI-Express. Sintiendo la necesidad de tener más potencia gráfica basándome sólo en el procesador, decidí aumentar la memoria a 2GB. Dicho y hecho, compré el módulo y lo instalé. Todo estuvo bien por 1 mes exacto, hasta que un día me soltó un pantallazo azul. Sospechando que era la RAM, decidí juguetear un poco con los módulos. Resulta que se quemó no sólo la tarjeta de memoria, sino también el slot donde estaba. Ahora tenía una computadora medio manca, y tuve que conformarme con ello.

Transcurrió el tiempo, y mi computadora empezó a presentar fallos más continuos: en ocasiones se apagaba así nomás, se guindaba, el disco duro lanzaba sonidos sospechosos, y en una ocasión el Windows se corrompió así nomás, por lo que perdí, una vez más, otros proyectos de edición de video. Y bueno, luego de otros formateos y remiendos, la venerable Cassiopeia llegó hoy a su fin. El ábaco pan-dimensional, la computadora imposible, la singularidad cuántica, ya dejó de ser.

Ahora, debido a mi carrera y futura línea de trabajo, me veo en la imperiosa necesidad de comprar un equipo nuevo. Teniendo en cuenta que la situación económica del país invita a la usura y especulación masiva, estoy forzado a recurrir a mi estimada hermana y hacer un jalón de bolas para comprar partes por Amazon. De unos posibles 3000BsF que podría costarme acá una computadora nueva, logré bajarlo a 190 dolarucos (220 si logro convencerla de comprar un disco duro nuevo). Cabe destacar que no será equipo de lujo, la panacea o el pináculo de la tecnología, pero si será competente. Y me será suficiente para realizar las tareas que requiera: programar, compilar, bajar como un desgraciado de internet y tal vez editar videos. Ahora tengo que pensar cómo la llamaré…

La incertidumbre del “no sé”

Por lo general, cuando uno está en una situación en la que el resultado de nuestras acciones son parcialmente predecibles, pero nos negamos a reconocerlos hasta que se manifiestan explícitamente, tendemos a echarle nuestro muerto a la incertidumbre. Esa típica frase, que utilizamos como una respuesta monótona y genérica a las preguntas que más queremos evitar.

Me refiero al infame “no sé”. Usual bisílaba, que utilizamos muchas veces como salida a situaciones incómodas e indeseables. La escupimos en acto reflejo, sin pensamiento ni reflexión, como el ordinario que dispara su gargajo amarillo-verdoso hacia los rieles en una estación de Metro.

Es “no sé” lo primero que sale de la boca de alguien a quien le irrita el cuestionamiento continuo de sus acciones por otros. Prefiere soltar cuatro letras y una tilde por inercia, a organizar sus pensamientos y lanzar un argumento que dejaría a cualquier Lord o Común boquiabierto. Pura desidia mental.

También es lo primero que sale de la boca de aquél que, ante la incapacidad de vislumbrar el porvenir por medios esotéricos y poco convincentes, prefiere tomar como base de su razonamiento la incertidumbre sobre todas las cosas, y con moderado optimismo, espera a que el desarrollo de los hechos conduzca a alguna de las respuestas planteadas.

Sin embargo, el caso más desgarrador es el de aquél que, en medio de toda su ignorancia, asume su situación con honor y humildad, para responder, con hiriente franqueza, “no sé”.

Posted by Wordmobi

Quedan advertidos, motoristas.

Por lo general, cuando está lloviendo, uno tiende a no salir de la comodidad del hogar. Uno prefiere quedarse en un ambiente cálido y amigable a salir y adentrarse en el mundo caótico e impredecible al que llamamos “Caracas con lluvia”. Pero, no importa qué esté haciendo uno, ni cuándo ni cómo, siempre surjen estas situaciones que te obligan a salir a la calle a intentar no caer en pozos sin fondos con limo de hace 1 semana o ríos llenos de barro y mierda que nacen de las alcantarillas mal encauzadas, mientras te dirijes hacia algún destino incierto con el propósito de hacer un mandado o satisfacer tus ganas de saciar el hambre de manera muy masoquista.

Son éste tipo de situaciones las que nos llevan a tener episodios temporales de ira incontenible, en los cuales mentamos mandre de una manera tal que hasta la persona más ordinaria y marginal quedaría pasmada y sobrecogida. Y estos episodios son causados por el famoso “animal/becerro malnacido me mojó con el carro”. Esas personas que no resisten la tentación de acelerar sobre un inmenso charco lleno de E. Coli y coliformes fecales con el único propósito de dejar a un inocente y desprevenido peatón empapado hasta la ropa interior. Esos Ayrton Senna frustrados, que sólo porque están a salvo de la intemperie creen que pueden ir y joderlo a uno con carros de 200 mil BsF. Esos animales descerebrados que, obedeciendo al patrón genético involutivo que implica el uso de una herramienta facilitadora de la pereza, siguen el instinto más básico de los venezolanos: joder al más huevón, al pendejo que camina por una acera a orillas de lo que parece el río Zambeze.

¿Por qué comento esto? Bueno, por hoy me tocó desempeñar el papel de el peatón inocente, que por pendenjo fue empapado por algún inepto cabrón que no resistió la tentación de acelerar adrede su potente y obesa camioneta último modelo, con el único fin de joderme la tarde y hacerme cojer una arrechera tal que ni el taichi ni la meditación zen me pueden quitar en el momento.

Sin embargo, este huevón aquí no se la cala. Así de simple. Yo ya no me calo esta vaina. Ya no me calo que tenga que volver a lavar el jean que cargaba, porque sólo tengo 4 para usar. Ya no me calo que tenga que meter los zapatos a la lavadora y esperar 3 días a que se sequen porque sólo tengo 2 pares para usar. Ya no me calo que tenga que correr cuando un pajúo esté aproximándose a algún charco en su carro último modelo, con el puto reggaeton a full volumen y teniendo una orgía musical.

Este huevón aquí, que disfruta caminar, que disfruta el hecho de no tener que pagarle 2 bolívares a un busetero muerto de hambre sólo para quedarse 3 cuadras más allá, que goza de la libertad de moverse sin restricciones y usar las piernas para algo útil, de correr con el riesgo de rayar un carro atravesado en la acera, de poder comprarse un brownie y jartarse mientras camina y cruza la calle y lee el semanario “Urbe”, ya no se lo cala. ¿Y qué pienso hacer al respecto? Pues muy sencillo: pellas, señores. Pellas.

Este pajúo aquí, que camina tranquilo por la acera, va a cargar con pellas. Así que quedan advertidos, mis estimados “Schumachers” caraqueños. Este pendejo que está aquí va a tener en mano unas cuantas pellas, de las de hierro, traídas directamente de Guayana, de los cargamentos olvidados de Ferrominera y Sidor, a la espera de ser lanzadas en contra del parabrisas del primer becerro impotente que quiera dárselas de gracioso. Este pendejo aquí va a tener su paquita de monedas de 2 y 5 bolos de los viejos entirrada, lista en mano, a la espera del primer becerro al que se le ocurra acelerar en un charco para mojarme.  Y también éste que está aquí va a cargar con una piedra, de esas que usan para los rellenos de hormigón, a la espera de impactar contra el vidrio de cualquier imbécil que piense que soy impermeable.

Así que quedan advertidos, motoristas. Mejor compórtense y sean buenos ciudadanos. Porque no sabrán de dónde saldrá la pella que les descoñetará el parabrisas.