Catarsis Malograda (XIII) – El maldito llantén por la gasolina.

Esta una de las cosas que nos tiene jodidos…

Iré al grano: yo soy partidario de subir la gasolina no a 2,70 y tantos bolos por litros, sino a algo más realista, tipo 10 ó 15 bolos el litro (siendo MUY condescendiente). ¿Por qué? Bueno, utilizaré de ejemplo los taxistas (piratas, no de línea, porque cobran una bola y pagan otra bola más). Un taxista hace, en promedio, Bs.100 por carrera. Si asumimos que es un taxista flojo y con mala leche, y hace 5 carreras por día, serían Bs.500. Un tanque de gasolina de un carro es de 45lts en promedio, y en un día no se lleva ni un tercio. Si el litro de gasolina lo ponemos a 10, entonces el taxista gastaría por tanque Bs.450 cada 3 días, y aun así tendría una ganancia de Bs.1050 en el mismo período, por lo cual su gasto es 30% del ingreso bruto. Pero, como todos sabemos, un taxi pirata no cobra 100 bolos por carrera, ni hace 5 carreras al día, ni todos los tanque son de 45 litros, y no se tragan 1/3 de tanque al día (por lo general es la mitad, y sigo exagerando), por lo cual las cifras pueden variar un poco.

Usaré otro ejemplo cotidiano: los buseteros. Un tanque de buseta tiene como 100lts y por lo general dura 2 días hasta que toque recargarlo (y exagero, puede pasar más tiempo). Con el litro de gasolina a 10 bolos, un busetero gastaría en promedio 1000 bolos cada 2 días para mantener el tanque lleno. Ahora, asumamos que es un busetero con una Encava medio carcacha y tiene mala leche, ya que su tasa de transporte es de 100 personas por hora, y aparte es flojo, así que sólo labora 10 horas. El pasaje está en Bs.7,50, pero pongamos que nunca te da la moneda de 0,50 cuando le pagas redondo, así que cobra 8 bolos por pasajero. Al sacar la cuenta, este busetero se está metiendo 8000 bolívares diarios. Para cuando el tanque de esta buseta haya quedado en cero, este señor se habrá ganado 16 palos. Sin embargo, todos sabemos que los buseteros transportan mas de 100 personas por hora (modo lata de sardinas ON) y trabajan más de 10 horas al día, aunque el tanque si dura mas o menos lo mismo y casi siempre cobran redondo (porque todos odiamos las moneditas), por lo cual las cifras, evidentemente, variarán.

Ahora, muchos se oponen al aumento de la gasolina, porque subirán los alimentos, el transporte, habrá otro Caracazo más, el gobierno se caerá (¡viva!), y blah bloh blah; todo un llantén, pues. Pero esta gente es bruta. Esta gente no termina de entender que es la puta regaladera y el facilismo lo que nos tiene jodíos. La gente no entiende que debido a la abundancia de combustible hay escasez de cualquier otra mierda, que por el maldito subsidio estamos pagando 72% de inflación (o lo que sea actualmente, ya ni se qué coño de porcentaje de inflación acumulada tenemos). La gente no entiende que las vainas gratis SIEMPRE LES VAN A JODER LA MALDITA EXISTENCIA. Nada es gratis en esta vida, uno tiene que joderse el lomo para conseguir lo que quiere, uno tiene que ganarse las cosas; por eso es que el primer mundo es el maldito primer mundo, y hay medicina, comida, salud, educación, salarios suficientes y cualquier cantidad de vainas que aquí no hay. ¿Tienes gasolina gratis (si, gratis, coño, porque con lo que tengo en la cartera ahorita pago 3 tanques)? Qué bien, pero no tienes ni papel tualé, ni aceite, ni huevo, ni harina, ni leche, ni azúcar, ni Special K de Kellogg’s, ni un coño de la madre. ¿Tienes hambre? Bueno, traga gasolina, métetela por el culo, hazte un enema y cágala también si quieres, a ver si sigues con la huevonada de no quitar el subsidio y subirle el precio.

PS: y no vengan con el peo del fisco y PDVSA y las mil y una mariqueras de análisis y repercusiones en el circo económico actual. Porque al venezolano le gusta enrollarse, buscar excusas, pasar trabajo y que le metan el huevo.

Breves Crónicas de Metro: El Viejo Hemingway / “Caracas es un cajón”

Esta mañana decidí cambiar la rutina metronil, para variar. Por lo general, cuando llego a Zona Rental para tomar el tren hasta Antímano, suelo ir al lado del andén que da hacia el vagón líder. Es una costumbre que tengo desde que empecé a ir a la universidad, en parte por comodidad (siempre tiene aire acondicionado), y por otra, una inmensa flojera a cruzar hacia la izquierda al salir de la rampa de transferencia.

Dicho, y hecho, hoy crucé hacia la izquierda, y fui a esa parte del andén que jamás he tocado, en calidad de usuario abordante. Sonará tonto, pero me sentí como un recién llegado a Caracas, que conoce el sistema Metro por primera vez, y camina tontamente por la estación. Ciertamente el cambio fue drástico, pero me permitió observar otra faceta de mi rutina diaria, otro ambiente. A primeras, pude observar que la cantidad de personas que realizan ese cruce es mucho menor de lo que pensaba, por lo cual el andén estaba menos abarrotado, aun para ser las 7 y pico de la mañana. También me resultó curioso que una buena porción de los usuarios en esa parte eran jóvenes, en su mayoría estudiantes en mi universidad. No que me haya topado con alguien conocido, pero sí, suelen reconocerse.

Una vez abajo, hago la cola, y a los pocos minutos llega el tren. Despelote. Caos. Confusión. Una lucha entre los que salen y los que entran, en la cual nadie resulta ganador, ni perdedor. Entro al vagón. No hay asientos, así que me ubico relativamente cerca de la puerta, ya que el centro estaba ocupado. El tren arranca, y me sumerjo en mis pensamientos, dialogando con quien quiera que estuviese ocupando mi mente en ese momento, y planificando la rutina que, extrañamente, cumplí a cabalidad esta mañana.

No fue sino hasta pasado un par de minutos que noto, justo a mi lado, a un par de señores en una tertulia: uno joven, apenas en su treintena, típico banquero o gerente; el otro, un señor ya mayor, a quien sólo puedo describir como un “viejo Hemingway”. No sé por qué, fue la primera impresión que me dio. Tal vez era un mecánico, albañil o carpintero, pero a mi juicio era un literato, un druida, un viejo pescador de sabiduría.

No suelo prestarle mucha atención a las conversaciones ajenas, sean bien entre conocidos o extraños, pero en esta ocasión me fue inevitable escuchar y meditar la conversación entre Hemingway y el banquero, luego que el primero emplease la frase “Caracas es un cajón”.

El tema de discusión entre el Viejo y el banquero era simple: Caracas, al estar en un valle, tiene pocas salidas naturales desde las distintas zonas de la ciudad. Entre los ejemplos que dio estaban las Cota Mil, la Francisco Fajardo, Prados del Este, Valle-Coche, etc; así como números avenidas que, al tener un incidente vial en sus premisas, generan un efectó dominó en el tráfico capitalino. Y así, utilizando estos ejemplos, el Viejo desarrolló temas como el comportamiento del caraqueño en la calle, tanto como peaton como conductor; los motorizados, los fiscales, entre otras cosas, siempre con un aire un tanto filosófico.

Llegó un momento en que la conversación cesó, y mis oídos volvieron a llenarse del ruido ambiental, del tren andando, el chillido de los rieles, el aire acondicionado, el murmullo sin sentido de fondo. Yo volví a mi soliloquio mental, el banquero se bajó en una estación, y allí quedo el Viejo: pensativo, con la mirada clavada en la nada, con un vistazo ocasional a la gente, con una expresión que sólo denotaba ansias de saber. El Viejo sabe demasiado, pensé. Por un instante quise hablar con él, de palpar por un instante la sabiduría que emanaba, pero no pude, no me atreví. En ese cajón de acero, me quedé ensimismado, pensando, divagando.

El Viejo se baja en Carapita, con la misma expresión en el rostro. No era derrota, no era tristeza, no era frustración: era la soledad de la sabiduría. Con la frente en alto, camina. El viejo sabe demasiado, volví a pensar. Se cierran las puertas. El tren prosigue con la marcha. Sigo en el cajón de acero.

Y seguramente todos estamos así, todos los días: en un cajón. No sólo Caracas, aprisionándonos con sus endebles paredes de fantasía y miseria. Es el cajón en el que todos vivimos, en nuestros hogares, para luego salir al cajón de la rutina caraqueña, entrar a un cajón de acero, salir de un cajón de concreto, cruzar la calle llena de cajones último modelo o de madera podrida. Cajones de carne y hueso, llenos de un despelote de un pseudo-vestuario intelectual y emocional. Cajones en las aceras. Cajones en venta. Cajones en el cielo. Cajones habitados por alcurnia inepta. Pilas de cajones, llenos de más cajones. Cajones multicolores, multisabores, multiolores, multiperdedores. Cajones en la vida, de los cuales tratamos de salir, pero hallamos demasiado cómodos como para siquiera intentarlo.

Llego a Antímano. Bajo del cajón de acero, subo las escaleras, salgo del cajón de concreto que es la estación, y entro en el cajón de mi alma máter. He de pasar el día encerrado en este cajón, pienso. Tengo que graduarme, y tratar de salir de este cajón, sigo pensando. De repente, quiero saber más. Vuelvo a pensar. No quiero que mi vida siga en este cajón, archivada. Mejor dicho, no quiero que mi vida sea un cajón. Vuelvo a pensar.

¡De cajón! ¡El Viejo Hemingway sabe demasiado!

Breves Crónicas de Metro – Pt.1 de ??

“Vacaciones.” Ese período de efímera felicidad y hedonismo durante el cual tratamos de hacer lo que mejor sabemos hacer: vagar. Limitarnos a existir, a dejar que la inercia lleve nuestro día a día por un período de tiempo bastante corto, pero suficiente como para hacer que perdamos la noción del tiempo y rutina luego de un par de horas. Para aquellos con medio y/o recursos, será una época de liberación, de jodedera. Puro derroche y daño al hígado. Para los que no somos tan afortunados, es el momento en el cual nos ponemos filósofos y surge esta infinidad de preguntas como “¿de dónde somos? ¿a dónde vamos? ¿por qué existimos? ¿trascenderé? ¿me ganaré el Kino? ¿qué hay pa’ comé?”, entre muchas otras.

Pero el meollo del asunto no radica en que esté de vacaciones, o que sea un pelabolas desmonetizado, o que sencillamente mi fuerza de voluntad no me da para conseguir un trabajo medio decente para hacer algo con mi vida durante 3 semanas. La vaina es que la inercia hizo que, en medio de mi ladilla mental, tuviese una mediocre epifanía y agarrara ánimos para levantarme de mi cama y escribir unas cuantas sandeces. Helas aquí.

“La máquina que camina”

Encontrábame yo un tanto apresurado, ya que iba saliendo tarde a la universidad y tenía clases de, pongamos que de Cálculo (materia genérica). Mi espera por el Metrobús se estaba convirtiendo en desesperación, por lo cual apenas apareció en mi campo visual, me moví inconspicuamente por la “cola” de personas para colearme. El recorrido hacia Plaza Venezuela, el cual toma normalmente 5-10 minutos desde la parada que frecuento, tomó más de media hora, por lo cual mi exasperación y mal humor me tenían al borde de un ataque. Una vez en la estación, bajo como un desgraciado la escalera, quitando de mi camino a cuanto tuki y marginal atravesado con unos cuantos empujones, corro hacia los torniquetes y meto el ticket, sólo para encontrarme con que la condenada máquina me lo niega.

La situación me sorprende, ya que el ticket era nuevo, pero como no me iba a poner a probar otra vez con el mismo, decidí usar otro torniquete. Y lo que obtuve fue otro pitido.

“Coño de la madre”, pensé por inercia, y luego procedí con otro torniquete – “¡No me jodas!”, solté ante la necedad del condenado aparato. Resulta que todos los torniquetes de entrada estaban presentando los mismos síntomas, aunque dejaban pasar a algún afortunado al azar. Mientras salía me hacía a un lado para dejar que otro pendejo cayera en la misma trampa, una señora se me acerca. En el rostro lleva una expresión de esas de “ganas de joder”, y luego de observar la situación, me pregunta con una voz escandalosamente marginal:

“¿La máquina no camina?”

Ese fue el catalizador. The trigger, como suelen decir en inglés. La poca paciencia que me quedaba de mi cuota diaria destinada a situaciones metriles se había agotado, gracias a la impertinencia de una vieja iletrada, que no sabe diferenciar un artefacto mecánico de un burro. Sin embargo, para no perder compostura, intenté fingir no oírla, pero fue en vano, ya que la vieja entrépita terminó por soltar la gota.

“¡Ay, pero que maleducado, a ver si respondes! ¡Amargado!”, suelta de nuevo la vieja, y en esta ocasión todo lo que aprendí de buenos modales se fué al caño.

“No señora, la máquina NO camina: no tiene patas”, respondí haciendo énfasis en la negativa. Sin embargo, la vieja necia no cedía – “¡Dios, pero qué respuesta tan estúpida! ¡Cómo se ve que no estudias, ignorante!” Ay, vieja iletrada, te jodiste conmigo.

“Bueno, señora, si mi respuesta fue estúpida debe ser que su pregunta también fue estúpida: el torniquete no tiene patas para caminar, pero usted las tiene de burro, ¡animal!”

Acto seguido, procedí a seguir mi camino, un tanto más alegre.