Leyendo a Mutis, viviendo a Maqroll.

Recuerdo que la primera vez que leí de Álvaro Mutis fue hace como 5 años, cuando todavía estudiaba en la USB: estaba yo luchando por un permiso para ver un trimestre humanista de generales, ya que no podía ver Matemáticas 2 ni Física 1 por régimen, y no quería pasar todo un trimestre vagueando en casa, y quería subir mi índice. De todas las opciones que habían, las que más me llamaron la atención fueron Japonés I (well, d’uh!), una que se llamaba “Éxito y Liderazgo”, la cual terminé por apodar “Plastilina I”, y una general de “Literatura de Álvaro Mutis,” o algo así.

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Tan pequeño e insignificante…

Recuerdo que, hace unos años, encontrábame yo sentado frente a la computadora en mi cuarto, cuando escucho el trinar de un pájaro muy cerca. En aquel entonces mi madre tenía en el balcón alpiste para aquellos pajaritos que solían visitarnos, por lo cual no era de extrañar que escuchara muy a menudo sus cantos. Sin embargo, me extrañó que éste en particular sonara como si estuviese dentro de mi propio cuarto.

Luego de unos minutos, tras los cuales el chillido del pájaro se hizo menos frecuente, me levanté de la silla y decidí echar un vistazo al apartamento, buscando a ver dónde estaba el interlocutor, aunque sin éxito. Pasaron varios minutos y tuve que repetir la operación, ya que el pajarito siguió cantando, exaltado por la actividad. No fue sino hasta pasado un buen rato que volteo, y me doy cuenta que el fulano pajarito estaba justo detrás de mí, acurrucado en mi almohada.

En ese momento me acerqué a observar a la criatura, que estaba tan asustada que ni se movía. No sé qué especie era (soy malo para identificar pájaros genéricos), pero si sabía que era apenas un pichón, diminuto e indefenso. En ese momento lo único que pensé podía hacer era tomarlo entre mis manos y llevarlo hasta el balcón, donde posiblemente se rencontraría con sus progenitores y saldría volando feliz; evidentemente, eso fue lo que hice. Sin embargo, apenas coloqué a tan diminuta criatura entre mis manos, recordé un episodio que había vivido un tiempo atrás.

Estaba en la universidad, volviendo de almorzar con unos amigos, cuando en el pasillo que conduce al pabellón de agrupaciones nos topamos con una muchacha de cuclillas en el suelo. No sabíamos que estaba haciendo, hasta que se levanto, y en sus manos asomó un pajarito, de la misma especie genérica. Lo increíble es que, si bien no estaba lastimado, el condenado estaba feliz, dando saltitos. Por un momento pensé que esa muchacha debía ser Buda, o algo por el estilo, porque no siempre un pájaro se posa con tanta naturalidad sobre las manos de una persona. Sin embargo, en el momento en que tuve yo a ese pichón en mis manos, descarté por completo la idea de ser una especie de Buda, ser iluminado, o alma noble.

Aun siendo extremadamente pequeño, sentí que ese pichón ejercía una enorme fuerza sobre mi mano. Me sentí abrumado por la experiencia: durante un momento pensé que todo el mundo hacía silencio, y escuchaba el latir de su corazoncito, poderoso y retumbante, como si de los pasos de un gigante se trataran. Mi mano se sintió pesada, y me vi invadido por pulsaciones, que hasta el día de hoy sigo jurando provenían de ese animalito. En esos instantes que lo tuve en mi mano, sentí el peso del mundo sobre mis hombros, una responsabilidad que pocas veces he sentido, y un gran sentimiento de culpa; me sentí el ser más pequeño e insignificante en este mundo. Sin embargo, pude recobrar la compostura, y decidí llevar a la criatura al balcón, y dejarlo en una mata de sábila que tenemos, esperando a que volara en compañía.

Ya han pasado varios años, y los pajaritos ya no vienen con tanta frecuencia, más que todo por la gata. Y aun así, a veces me siento como en aquél breve y trascendental momento: tan pequeño e insignificante…

Este es el fulano pajarito que pisoteó mi supuesta humanidad.

Desventuras Selectas (y demás Relatos Incoherentes) – Pt. 3 de ??

Como hace no mucho comenté , fui despojado forzosamente de mis pertenencias, entre las cuales se encontraban mi cartera con el carnet de la universidad. Ahora bien, como el sentido común dicta, procedí a cumplir con el protocolo establecido para estos casos: fui a la universidad, bloqueé el carnet viejo, pagué el arancel para el reintegro de uno nuevo y luego de esperar al jueves, que es el día que me toca por terminal de cédula, procedí a calarme la cola para que me atendieran en el banco.

Una vez llegado mi turno, me atiende un muchacho, y luego de relatarle mi tragedia, me pregunta si uso carro o no. “¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas?”, pienso yo, y le respondo que no. Entonces el muchacho procede a decirme que no tienen carnets peatonales y que pase la siguiente semana que es cuando les llegan. Bastante irritado, me retiro. Esto pasó hace 3 semanas.

La semana siguiente, vuelvo a hacer mi cola muy religiosamente, y me atiende el mismo muchacho. Como era de esperarse, el carajo me suelta la misma respuesta, y luego de yo protestar me dice que, “por órdenes de la universidad”, le están dando prioridad a los estudiantes con carro, profesores y obreros, y que pase en la semana del 15. Coño de la madre, ¿acaso los que tienen carro, los profesores y los obreros se la pasan perdiendo carnets? ¿se dejan robar todos los días? O sea, ¿el negro pendejo aquica que anda a pie tiene que estar sin carnet porque un sifrino pendejo usa carro? ¡No me jodan!

Decido retirarme, conteniendo las ganas de estamparle la cara en el suelo al maricón que me atendió y, otra vez el pendejo aquica, vuelve a hacer su cola. Esta vez me atendió otro muchacho, quien, como era de esperar, me soltó las misma respuesta. Sin embargo, tuvo la decencia de informarme de la situación con más detalles:

Resulta que, al genio que maneja todo lo relacionado con los carnets, tuvo la genial idea no sólo de separar el sistema entre peatonal y “de a carro”, ¡sino también de cambiar la imagen, tipo de chip y hasta el proveedor de los plásticos! ¡El coñísimo de la madre! ¿Acaso estoy partiéndome el lomo pagando 7 palos para que venga un idiota a cambiar los carnets porque no le gustan? ¿O es que acaso los pelabolas que usan metro no cuentan? ¿Acaso nos ven cara de filántropos?

Lo único que le agradezco al muchacho que me atendió en esta ocasión es que por lo menos tuvo la decencia de darme una fecha estimada (y creíble) para poder buscar el carnet, aparte de informarme objetivamente de la situación y ofrecer disculpas por el inconveniente (cosa que el maricón de al lado no hizo).

Por eso es que me revienta la burocracia de cualquier tipo. No que a nadie le guste, pero me arrecha que, por estar “prestando” un servicio, crean que uno es estúpido. Siempre, en todos lados, buscan la manera de joderte la vida, solo porque eres un pendejo pelabolas que usa Metro y te partes el lomo para tener una educación de calidad y poder ganarte la vida honestamente.

Ahora, me pregunto quién será el genio de los carnets. Siento unas urgentes ganas de aplicar mi política del niple

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Breves Crónicas de Metro – Pt.1 de ??

“Vacaciones.” Ese período de efímera felicidad y hedonismo durante el cual tratamos de hacer lo que mejor sabemos hacer: vagar. Limitarnos a existir, a dejar que la inercia lleve nuestro día a día por un período de tiempo bastante corto, pero suficiente como para hacer que perdamos la noción del tiempo y rutina luego de un par de horas. Para aquellos con medio y/o recursos, será una época de liberación, de jodedera. Puro derroche y daño al hígado. Para los que no somos tan afortunados, es el momento en el cual nos ponemos filósofos y surge esta infinidad de preguntas como “¿de dónde somos? ¿a dónde vamos? ¿por qué existimos? ¿trascenderé? ¿me ganaré el Kino? ¿qué hay pa’ comé?”, entre muchas otras.

Pero el meollo del asunto no radica en que esté de vacaciones, o que sea un pelabolas desmonetizado, o que sencillamente mi fuerza de voluntad no me da para conseguir un trabajo medio decente para hacer algo con mi vida durante 3 semanas. La vaina es que la inercia hizo que, en medio de mi ladilla mental, tuviese una mediocre epifanía y agarrara ánimos para levantarme de mi cama y escribir unas cuantas sandeces. Helas aquí.

“La máquina que camina”

Encontrábame yo un tanto apresurado, ya que iba saliendo tarde a la universidad y tenía clases de, pongamos que de Cálculo (materia genérica). Mi espera por el Metrobús se estaba convirtiendo en desesperación, por lo cual apenas apareció en mi campo visual, me moví inconspicuamente por la “cola” de personas para colearme. El recorrido hacia Plaza Venezuela, el cual toma normalmente 5-10 minutos desde la parada que frecuento, tomó más de media hora, por lo cual mi exasperación y mal humor me tenían al borde de un ataque. Una vez en la estación, bajo como un desgraciado la escalera, quitando de mi camino a cuanto tuki y marginal atravesado con unos cuantos empujones, corro hacia los torniquetes y meto el ticket, sólo para encontrarme con que la condenada máquina me lo niega.

La situación me sorprende, ya que el ticket era nuevo, pero como no me iba a poner a probar otra vez con el mismo, decidí usar otro torniquete. Y lo que obtuve fue otro pitido.

“Coño de la madre”, pensé por inercia, y luego procedí con otro torniquete – “¡No me jodas!”, solté ante la necedad del condenado aparato. Resulta que todos los torniquetes de entrada estaban presentando los mismos síntomas, aunque dejaban pasar a algún afortunado al azar. Mientras salía me hacía a un lado para dejar que otro pendejo cayera en la misma trampa, una señora se me acerca. En el rostro lleva una expresión de esas de “ganas de joder”, y luego de observar la situación, me pregunta con una voz escandalosamente marginal:

“¿La máquina no camina?”

Ese fue el catalizador. The trigger, como suelen decir en inglés. La poca paciencia que me quedaba de mi cuota diaria destinada a situaciones metriles se había agotado, gracias a la impertinencia de una vieja iletrada, que no sabe diferenciar un artefacto mecánico de un burro. Sin embargo, para no perder compostura, intenté fingir no oírla, pero fue en vano, ya que la vieja entrépita terminó por soltar la gota.

“¡Ay, pero que maleducado, a ver si respondes! ¡Amargado!”, suelta de nuevo la vieja, y en esta ocasión todo lo que aprendí de buenos modales se fué al caño.

“No señora, la máquina NO camina: no tiene patas”, respondí haciendo énfasis en la negativa. Sin embargo, la vieja necia no cedía – “¡Dios, pero qué respuesta tan estúpida! ¡Cómo se ve que no estudias, ignorante!” Ay, vieja iletrada, te jodiste conmigo.

“Bueno, señora, si mi respuesta fue estúpida debe ser que su pregunta también fue estúpida: el torniquete no tiene patas para caminar, pero usted las tiene de burro, ¡animal!”

Acto seguido, procedí a seguir mi camino, un tanto más alegre.