Catarsis Malograda (VIII) – Centro, maldito Centro.

La otra vez me tocó ir al Centro a comprar materiales para un moisés que mi madre le regalaría a nuestro instructor de taichi, ya que su esposa da a luz… por estas fechas. Lo que esperaba resultase ser un viaje corto, con su respectivo dolor de cabeza resultante, terminó siendo toda una Odisea martirizante, que me dejó postrado en cama el resto del día, con migraña, náuseas y escalofríos.

Muchos dirán que exagero, pero no es así, señores: el centro de Caracas es un lugar mortal para mí. Es un sitio que condensa la miseria, la imbecilidad y la desidia, y las convierte en una especie de gas innoble e ignominioso, que no hace más que atontar el cuerpo y dar sin piedad una letanía de golpes al cerebro cada vez que uno intenta respirar en ese ambiente. No es que hieda a rayos todo el tiempo, pero el sólo hecho de intentar existir en ese sitio es una experiencia, por demás, agobiante.

Para no extenderme mucho (¡JA!), y para dar el beneficio de la duda a mi maltrecha memoria, resumiré un poco el periplo que experimenté ese día, que por cierto fue un 21 de Febrero. Y este post lo escribí un 28 de Marzo. No que importe mucho. En fin.

En resumidas cuentas (ajá…), tenía que comprar una gomaespuma para el moisés, así como un viaje de encaje, pasa-cinta, una cinta azul, y por ahí va la cosas. Al llegar a La Hoyada, me fui caminando a la plaza San Jacinto, frente a la cual se ubica el cuchitril (por eso es) donde venden la gomaespuma. Hasta ahora sin novedad. Luego… el encaje. Por necedad mía, caminé dos cuadras para comprar primero el plástico del cevillo, a sabiendas que la quincallería donde se supone tenía que comprar el encaje estaba a 10 metros de la entrada del Metro. En fin, me regreso. Después de buscar el rollo de encaje, pedir los 13 metros que se necesitaban, y gastar como Bs.160 en el proceso, me fui a otra quincallería, ubicada a dos cuadras. Y aquí empieza mi suplicio.

Primero voy a una conocida, que mi madre suele frecuentar. Si alguna vez han ido al centro, sabrán que hay un SPAM de quincallerías y mercerías, por lo cual ni me molestaré en decir nombres. Como sea, fui a la fulana tienda a buscar el pasa-cintas (que tampoco diré qué es, el nombre es bastante explicativo per se), y por ahí se me fueron como 90 bolos más. Pregunté por la cinta, pero sólo vendían el rollo de 100 metros, y yo necesitaba sólo 13, así que me fui a la tienda de al lado (se los dije, hay un spam), y aquí empezó la caída.

Me acerco al mostrador para ver si tenían la cinta que necesitaba, y efectivamente así era. En eso se me acerca uno de los dependientes, quien muy amablemente empezó el protocolo de atender al cliento, y todo eso.

– ¡Buenos días! ¿Necesita algo?

– Si, amigo, necesito 13 metros de esa cinta azul…

– ¡Claro, claro! Vendemos a partir de 10 metros.

– ¡Perfecto!

Dicho y hecho, el hombre midió 10 metros de cinta, y cortó. Mientras la metía en una bolsita, le pregunto:

– Disculpa, ¿cuántos metros hay ahí?

– 10 metros.

– Pero yo te pedí 13 metros.

– Ah, pero es que sólo despachamos a partir de 10 metros.

– Bueno, por eso te pedí 13 metros… son más de 10, evidentemente.

– No, no. Sólo vendemos pares.

– ¿Qué?

– Que vendemos de diez en diez. No vendemos partidos. Si necesitas 13, entonces puedes llevar 20. ¿Corto otros 10 metros, y así completas…?

Ya no lo estaba escuchando. Estaba en shock. No podía dar crédito a lo que acababa de presenciar, o mejor dicho, de ser víctima. Este hombre, sin importar qué tan atento pudiera ser en su trabajo, no importa cuánto se esmerase ni qué tanta bolas jalase, se rayó de manera definitiva, aunque ni él mismo se hubieses dado cuenta en el acto. Perdí la fe en la humanidad en ese momento. Aun hoy, a más de un mes del evento, no hallo palabras que puedan describir lo que sentí en ese momento. ¿Decepción? ¿Lástima? ¿Impotencia? ¿Ira? ¿Desesperación? Sólo bastó con dos míseras palabras y un completo desconocimiento del vocabulario más banal, para que este ser destruyera toda la base coherente sobre la cual funciona la gramática castellana. Este hombre se pasó por el forro el concepto de semántica, y se cagó sin piedad en la morfosintaxis más simple.

No recuerdo por cuánto tiempo estuve boquiabierto, pero luego de contemplar semejante ultraje, decidí retirarme del sitio, ya  que sentía que me iba a dar una crisis nerviosa, frente a ese engendro de la idiotez humana. No importaba si el tipo tenía dislexia, o si nunca se graduó de bachiller, lo que recibí fue un coñazo enorme. Me largué de ahí y me dirigí a otra tienda más, en busca de la fulana cinta. En una, pregunté si tenían la cinta, pero el viejo que atendía tenía los tapones idos, porque lo que entendió fue “pega UHU”. En otra, estaba repleta de gente comprando mariqueras para hacer pulseras, y me la salté, ya que no quería empeorar el mal genio que ya cargaba.

Decidí, pues, entrar en una que también suele sacarme de apuros, ya que tiene todo lo que no hay en las demás justo en los momentos que necesito, y tiene aire acondicionado, lo que la convertía en el sitio ideal para terminar de hacer las compras. O eso es lo que quería creer.

Al entrar, noto el trajín y la bulliciosa actividad, cosa bastante rara en ese local. Me voy a un mostrador, y uno de los muchachos me indica que me atenderá apenas se desocupe, y yo me limito a esperar. En eso noto un olor dulzón, como almizcle, y, pensando que era yo, hago el gesto de manera disimulada, pero nada que ver. El olor persiste, y empiezo a escanear el lugar, pero nada que ver. El maldito hedor persiste, y en eso volteo, para toparme con otro espanto: una gorda de respiración abdominal, de esas que de vaina pueden con su alma por los cuñetes de grasa que tienen incrustados bajo lo epidermis, y encima de eso, diabética, lo cual explicaba el olor infernal que impregnaba el aire de la tienda.

Decidí hacer caso omiso de la abominación que tenía a mis espaldas, e intenté, muy en vano, resistir los embates de la fetidez que expedía ese ser. Pero, como ya sabrán, me fue imposible. Cada vez que abría la boca, o movía los brazos, el hedor parecía multiplicarse exponencialmente, lo cual empezó a afectar mis ya encarecidas facultades mentales. Era como estar en una de esas cámaras de gas de los nazis, o peor, pero sólo era mi pobre imaginación en ese momento, tratando de mantener algo de coherencia en mi ser. Creo que el hedor del Guaire estancado por 3 días es mucho más placentero el agente neurotóxico que expedía esa mujer, si les soy sincero.

Al poco rato me empezó una jaqueca enorme, como una maldita mandarria golpeando mi cabeza, y las náuseas amenazaban en convertirse en arcadas, por lo cual me excusé con el joven que me iba a atender (el cual también parecía al borde del colapso), y me retiré del lugar, intentando salvar la poca dignidad humana que me quedaba. Salí disparado de ahí, buscando aire fresco, y procedí a chequear el último sitio en el que estaba dispuesto a perder mi tiempo en la fútil búsqueda de la cinta. Así fue como aterricé en otra quincallería más (maldita sea), pero esta vez el ambiente era tranquilo, y el aire acondicionado filtrado me ayudó un poco a recobrar la compostura. Me atendió una muchacha que, aunque al principio se veía de malas pulgas, parece que se compadeció de mí maltrecha pinta, porque me atendió de mil maravillas. Eso, o es que estaba urgida. Al final pagué por la cinta (26 devaluados), y decidí seguir mi trayecto usual, pasando por La Candelaria, hasta Parque Carabobo, porque, la verdad detesto La Hoyada. No sólo la estación, sino también las cercanías, el maldito ambiente hostil y decadente del centro.

Al final llegué con los encargos a mi casa, me tomé un par de pastillas de Parsel, me acosté y, haciendo caso omiso al sol del mediodía que penetraba en mi habitación, me arropé, aun sin cambiarme la ropa, con el edredón. Estaba temblando, tenía un dolor de cabeza reverendamente hijo de puta, y unas náuseas infernales. Delirium tremens, sin haberme emborrachado. Es una maldita droga, el centro. Una droga que te jode la vida, la existencia, la mente. Una droga que llena la mente de la peor mierda que se pueda pensar. Una droga por la que sólo los masoquistas y desalmados se volverían adictos. Es lo más bajo de la degradación humana concentrada en un sitio; es imbecilidad, idiotez y desidia; es mierda y suciedad, mugre y roña.

Maldición, si John Constantine quiere comprar su pase al cielo, que se venga al centro de Caracas. Le haría un bien a la humanidad.

Catarsis Malograda (VII) – Pseudo-reporte post-semestral, y cualquier-vaina-ahí-para-desahogar(me)

Últimamente he evitado escribir al respecto, pero dado que estoy pasando por una sequía grave de ideas, mi musa está desaparecida, y no hallo inspiración ni en el inexistente plato de pasta bologna que quiero comerme en este preciso instante, creo terminaré escribiendo sobre este semestre.

Debido a que en mi carrera, las materias prácticas tienen proyectos, y estos consumen tanto tiempo y esfuerzo que terminan por sentirse como una materia adicional, es normal que evitemos a toda costa meter muchas materias de esa índole. Por consiguiente, nadie en su sano juicio inscribe más de 4 materias prácticas por semestre.

Pero parece que mi juicio se insanificó.

Supongo habrá sido la emoción de poder meter electivas de una, o que tenía el extra-crédito aprobado. En cualquier caso, me pasé de loco al inscribir 6 materias en este semestre, de las cuales 5 son prácticas “fuertes” (Computación Gráfica, Base de Datos 1, Probabilidades y Estadística, Sistemas de Operación y PLC/OPLC), y una materia, pues, “autobús mágico” (Contabilidad General). Definitivamente, un error que, si bien no lamento ni me arrepiento de haber cometido (obtuve un boost en el índice), ciertamente terminó por extremar la cuota de agotamiento físico y mental que llevo arrastrando desde hace más de un año, por todo el régimen de estudios que me he impuesto.

Para empezar, hablaré de las materias de manera breve y puntual:

  • Sistemas de Operación: puro Linux, y saber cómo funciona la computadora. Era la segunda vez que la estaba viendo, y afortunadamente fue la última, debido a una inusual mezcla de suerte con esfuerzo de última hora antes de cada parcial. Moraleja: estudiar como un desgraciado 10 horas antes del parcial no asegura un 19, pero es satisfactorio cuando sucede.
  • Probabilidades y Estadística: una materia bastante fuerte, aunque más que todo por la profesora, que es muy exigente. En esta también tuve suerte, pude haberla clavado olímpicamente por un error muy, pero muy estúpido. Moraleja: hay que referencia toda la bibliografía utilizada. Nota mental: no dormirse descaradamente frente al profesor.
  • Computación Gráfica: esta materia me dio una lección enorme de humildad y responsabilidad, aunque no lo parezca. La evaluación fue un tanto laxa, lo cual hizo que muchos se lo tomaran a la ligera y terminásemos todos con notas inusualmente altas, pero la actitud de muchos de mis compañeros me pareció una falta de respeto hacia el profesor, y me dejó con un cargo de conciencia enorme. Lección: el interés en el aprendizaje es una señal de respeto.
  • Contabilidad General: el “autobús mágico”, que al final terminó por no serlo. Otra materia que pasé por una mezcla de suerte, y boletismo por parte del profesor. Aquí fue donde aprendí que, definitivamente, no sirvo como contable. Moraleja: si montas tu empresa, no seas güevón y contrata un contador. Ellos saben cómo se maneja la pasta.
  • PLC/OPLC: la electiva, el segundo autobús mágico. Aquí aprendí que los semáforos son la falacia más grande del mundo, luego del chovinismo. También aprendí cómo funcionan las lavadoras y las líneas de ensamblajes de la Polar. Y por si fuera poco, aprendí cómo programar máquinas de Nescafé. Lo mejor del asunto: esto va para currículum (no hay ingenieros que manoseen PLC’s, así que algún addendum se puede obtener). Además, mi compañera de laboratorio es demasiado adorable… lástima que se gradúa este año. Moraleja: si los usuarios son brutos, los operadores lo son aún más. Secreto: los semáforos están diseñados para joder la paciencia.
  • Base de Datos I: mi karma en esta parte de la carrera. El semestre pasado me tocó verla con una profesora ¡²³¤€¼ de ³¤€¼ @#@$%^y ®þüú}{(*&^, y cuando vi que la iba a ver con ella de nuevo, pedí cambio de ipso facto, a otro profesor, que resultó ser nuevo. Y muchos sabemos que, “profesor nuevo no es gente”. Al principio fueron muchas las quejas respecto a su casi inexistente pedagogía. Sin embargo, el hombre terminó por reivindicarse (a mi parecer, y sin ser jalabolas), y me dejó una buena impresión, aunque muchos de mis compañeros no hicieron otra cosa sino cizañear durante todo el semestre. Again, esta materia la pasé por obra y gracia del Espíritu Santo  descuido del profesor, quien olvidó corregir una pregunta de 2 puntos en un parcial. Moraleja: ¿quieres plata, un carro, apartamento y una cuenta en dólares? ¡Aprende SQL y trabaja como un desgraciado! Nota mental: aprender PHP y mejorar en SQL, en BD2 me van a joder con eso.

Muchas de estas materias me causaron, en numerosas ocasiones, períodos de desesperación y estrés masivo, durante los cuales lo único que quería hacer era lanzarme al suelo, dar una pataleta y luego retirarme a una esquina a deprimirme. Eso, y horas de insomnio, dolores de cabeza, indigestiones, irritación masiva y un humor en exceso ácido y arisco, durante gran parte del tiempo. Y esto se intensificó en las últimas semanas, ya que durante el asueto decembrino no hice un carajo de la universidad, y decidí procrastinar vilmente (mea culpa). Si, en Diciembre lo que hice fue dejar que la mierda se acumulara día a día hasta que, al llegar Enero, me vi con la mierda al cuello. Pero no joda, salí nadando de ese río de mierda, cual Andy Dufresne, victorioso y esperanzado. Nota mental: no dejes que la mierda se acumule a tu alrededor.

Claro, que estas últimas semanas no sólo estuvieron plagadas de odiseas y periplos académicos. En lo personal, fueron días dominados por una abyecta vorágine de insulsas divagaciones, que no hicieron otra cosa sino dejarme con un dejo amargo en el pensamiento y un reproche injustificado por una nueva aliteración de la misma opereta que juré no repetir. Claro, que ya a estas alturas todo el asunto carece de importancia (debe ser así), aunque es inevitable que termine con un tic en el ojo cada vez que leo, o veo, cosas con tilde de fresas & chantilly (alusiones y demases van por cuenta de la casa). Sin embargo, también hubo momentos y situaciones que me hicieron olvidar un poco el ácido catártico que se cocinaba en mi cabeza, e hicieron más llevadera la situación, gracias a algunas amistades a las que, desde entonces, aprecio más aún.

Como ya ven, este fue otro post escrito for the sake of being written. Mi musa está desaparecida, y en realidad no tengo las ganas como para forzar un tema y desarrollarlo. Supongo me dedicaré a dejarme llevar por la corriente de procrastinación, y recobrar fuerzas para el semestre que viene. Lo cual me recuerda, iba a hablar de ello, pero ya será en otra ocasión. La vagancia plaga mi ser, y ni el corrector ortográfico me molestaré en ver. Adeu!

Breves Reflexiones: “Jiro Dreams of Sushi”

‘Muchos de ustedes se preguntarán por qué rayos estoy escribiendo sobre sushi,’ es lo que me gustaría decir, pero esta frase ya ha sido empleada por la vasta mayoría de los blogueros que han visto el film-documental Jiro Dreams of Sushi. Es inevitable. Nadie se toma la molestia de sentarse un par de horas para ver una síntesis biográfica de un viejito de 80 y pico de años, tesoro viviente de Japón, y considerado el mejor chef de sushi en el mundo. No, nadie lo hace.

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The Cult of Done Manifesto

Hace un tiempo, digamos que un año (aunque posiblemente sean más), me topé con un breve manifiesto que no sólo me llamó poderosamente la atención, sino que también he tratado de seguir, hasta cierto punto, por lo interesante y últil que resulta. Me refiero, como el título menciona, al “Cult of Done Manifesto”. Sin más preámbulo, les dejo aquí una imagen bastante alusiva. En inglés, evidentemente. Algunos me han dicho que no les parece del todo correcto su aplicación, pero todo depende del punto de vista bajo el cual cada quién lo interpreta. A mi parecer es genial. Sobre todo el último punto.

Voy a mandar a estampar una franela con esto :’)

Si están interesados un poco más en el background de este manifiesto, aquí tienen una breve reseña de su creación, y todo eso. Muy breve.

Catarsis Malograda (IV) – Más divagaciones…

En teoría, este post es de catarsis, aunque siento que no será así. El título se lo puse sólo por ponerlo y que sonara “normal”, porque de haber sido algo como “Confesiones” o “Drenado” habría sonado muy… jeva. No sé, digo. Le hubiese puesto “Reporte”, pero no soy subordinado para estar reportando nada, y tampoco es que me lean mucho.

He puteado esto por Twitter un montón de veces, pero de nuevo lo hago por acá: compré un cuaderno para apuntes de ideas para el blog. Mi intención era simplemente anotar cosas random en la pequeña libreta, de manera de llegar luego y escribir cualquier mariquera relacionada, expandiendo las ideas. Es lo que menos he hecho. No sólo el no escribir (o transcribir) lo que llevo anotado, sino que son las cosas menos random que puedan haber, ¡y hasta tienen fecha! No es que quiera hacer un diario, pero el formato que lleva es casi igual:

20121106: Hilo musical del Metro a volumen ridículamente alto.

Bueno, no sé que tan journal-esque sea ese tipo de entradas, pero es un ejemplo de las cosas que he anotado. Claro, hay otras mucho más intensas (o íntimas), que me reservaré el derecho a transcribir… aunque eso implica que estoy, técnicamente escribiendo un diario. Pero no es un diario. Fuck. ¡Qué arroz con mango tengo entre manos!

Y encima, a veces escribo en inglés. Si, se me sale el bilingüe hasta escribiendo, pero es inevitable, ¿no? Si hasta en mis conversaciones (escritas) tengo esos cambios. No que me guste ser tan inconsistente (más de lo que soy) escribiendo acá. Una frase está bien, pero no la mitad de un post… aunque creo ya lo he hecho antes. Yo si hablo gamelote.

Bueno, cambiando el tema, he decidido retirar mi fiel portaminas. Luego de casi 6 años de servicio, el condenado sufrió su primera “herida” de batalla: se le perdió la tapa de la borra. Si, soy un obseso que no puede utilizar un portaminas si no tiene la fulana tapa de la borra, aunque no llego a niveles de OCD. En fin, por ahora utilizaré el “vejestorio”, legado de mi hermana, que es casi tan viejo como yo. (Nota mental: poner unas fotos aquí para ilustrar mejor, aunque no sea necesario.)

Iba a escribir sobre el parcial de Base de Datos I que presenté la semana pasada, y que fue un 5 de Noviembre (yeah, yeah, remember the fucking 5th of November), pero en realidad creo es algo demasiado nulo, por no decir trivial. En serio, creo que mis vivencias y desventuras universitarias son más de narrar oralmente que de escribir. Como he dicho anteriormente, soy muy malo con las narraciones escritas. Más aun resumiendo.

Volviendo al tema del fulano cuaderno (aunque en otra tónica), a veces leo toda la ñoña que he escrito, y no sé si me dan ganas es de reír, o de darme un bofetón. Es demasiado drama junto.

Si, por si no lo recordabas, soy derrotista.

Últimamente he tenido ganas de volver a escribir poesía. Si, en algún momento de mi vida tuve una etapa de poeta, aunque no duró mucho. Y ahora que lo pienso, estoy dudando de escribir poesía por acá, creo sería demasiado hipster. Y eso es algo que, definitivamente, no soy. Como sea, todavía estoy considerándolo, aunque sea escribir letras para canciones que algún día compondré, y nunca cantaré (no logro la coordinación guitarra-voz).

Algo que me irrita de sobremanera es cuando estoy anotando paja random en el cuaderno, y llega algún entrépito y pregunta “¿Qué escribes?”, con una voz particularmente escandalosa. Lo mismo ocurre cuando estoy en la laptop, ven mi pantalla, y sueltan “¿Qué haces?”. Como si fuese la única maldita cosa que tuviesen que hacer con sus vidas. Léanse el manual de Carreño, o por lo menos Etiqueta para Dummies, que se los presto, si quieren.

En fin, creo que eso será todo por ahora. Soy un tacaño a la hora de escribir y/o transcribir, y ya cubrí como 1/3 del cuaderno (sin incluir todo el material embarazoso que jamás publicaré), y quiero rendir. Y como no sé cómo terminar este tipo de posts… whatever—

Breves Crónicas de Metro: El Viejo Hemingway / “Caracas es un cajón”

Esta mañana decidí cambiar la rutina metronil, para variar. Por lo general, cuando llego a Zona Rental para tomar el tren hasta Antímano, suelo ir al lado del andén que da hacia el vagón líder. Es una costumbre que tengo desde que empecé a ir a la universidad, en parte por comodidad (siempre tiene aire acondicionado), y por otra, una inmensa flojera a cruzar hacia la izquierda al salir de la rampa de transferencia.

Dicho, y hecho, hoy crucé hacia la izquierda, y fui a esa parte del andén que jamás he tocado, en calidad de usuario abordante. Sonará tonto, pero me sentí como un recién llegado a Caracas, que conoce el sistema Metro por primera vez, y camina tontamente por la estación. Ciertamente el cambio fue drástico, pero me permitió observar otra faceta de mi rutina diaria, otro ambiente. A primeras, pude observar que la cantidad de personas que realizan ese cruce es mucho menor de lo que pensaba, por lo cual el andén estaba menos abarrotado, aun para ser las 7 y pico de la mañana. También me resultó curioso que una buena porción de los usuarios en esa parte eran jóvenes, en su mayoría estudiantes en mi universidad. No que me haya topado con alguien conocido, pero sí, suelen reconocerse.

Una vez abajo, hago la cola, y a los pocos minutos llega el tren. Despelote. Caos. Confusión. Una lucha entre los que salen y los que entran, en la cual nadie resulta ganador, ni perdedor. Entro al vagón. No hay asientos, así que me ubico relativamente cerca de la puerta, ya que el centro estaba ocupado. El tren arranca, y me sumerjo en mis pensamientos, dialogando con quien quiera que estuviese ocupando mi mente en ese momento, y planificando la rutina que, extrañamente, cumplí a cabalidad esta mañana.

No fue sino hasta pasado un par de minutos que noto, justo a mi lado, a un par de señores en una tertulia: uno joven, apenas en su treintena, típico banquero o gerente; el otro, un señor ya mayor, a quien sólo puedo describir como un “viejo Hemingway”. No sé por qué, fue la primera impresión que me dio. Tal vez era un mecánico, albañil o carpintero, pero a mi juicio era un literato, un druida, un viejo pescador de sabiduría.

No suelo prestarle mucha atención a las conversaciones ajenas, sean bien entre conocidos o extraños, pero en esta ocasión me fue inevitable escuchar y meditar la conversación entre Hemingway y el banquero, luego que el primero emplease la frase “Caracas es un cajón”.

El tema de discusión entre el Viejo y el banquero era simple: Caracas, al estar en un valle, tiene pocas salidas naturales desde las distintas zonas de la ciudad. Entre los ejemplos que dio estaban las Cota Mil, la Francisco Fajardo, Prados del Este, Valle-Coche, etc; así como números avenidas que, al tener un incidente vial en sus premisas, generan un efectó dominó en el tráfico capitalino. Y así, utilizando estos ejemplos, el Viejo desarrolló temas como el comportamiento del caraqueño en la calle, tanto como peaton como conductor; los motorizados, los fiscales, entre otras cosas, siempre con un aire un tanto filosófico.

Llegó un momento en que la conversación cesó, y mis oídos volvieron a llenarse del ruido ambiental, del tren andando, el chillido de los rieles, el aire acondicionado, el murmullo sin sentido de fondo. Yo volví a mi soliloquio mental, el banquero se bajó en una estación, y allí quedo el Viejo: pensativo, con la mirada clavada en la nada, con un vistazo ocasional a la gente, con una expresión que sólo denotaba ansias de saber. El Viejo sabe demasiado, pensé. Por un instante quise hablar con él, de palpar por un instante la sabiduría que emanaba, pero no pude, no me atreví. En ese cajón de acero, me quedé ensimismado, pensando, divagando.

El Viejo se baja en Carapita, con la misma expresión en el rostro. No era derrota, no era tristeza, no era frustración: era la soledad de la sabiduría. Con la frente en alto, camina. El viejo sabe demasiado, volví a pensar. Se cierran las puertas. El tren prosigue con la marcha. Sigo en el cajón de acero.

Y seguramente todos estamos así, todos los días: en un cajón. No sólo Caracas, aprisionándonos con sus endebles paredes de fantasía y miseria. Es el cajón en el que todos vivimos, en nuestros hogares, para luego salir al cajón de la rutina caraqueña, entrar a un cajón de acero, salir de un cajón de concreto, cruzar la calle llena de cajones último modelo o de madera podrida. Cajones de carne y hueso, llenos de un despelote de un pseudo-vestuario intelectual y emocional. Cajones en las aceras. Cajones en venta. Cajones en el cielo. Cajones habitados por alcurnia inepta. Pilas de cajones, llenos de más cajones. Cajones multicolores, multisabores, multiolores, multiperdedores. Cajones en la vida, de los cuales tratamos de salir, pero hallamos demasiado cómodos como para siquiera intentarlo.

Llego a Antímano. Bajo del cajón de acero, subo las escaleras, salgo del cajón de concreto que es la estación, y entro en el cajón de mi alma máter. He de pasar el día encerrado en este cajón, pienso. Tengo que graduarme, y tratar de salir de este cajón, sigo pensando. De repente, quiero saber más. Vuelvo a pensar. No quiero que mi vida siga en este cajón, archivada. Mejor dicho, no quiero que mi vida sea un cajón. Vuelvo a pensar.

¡De cajón! ¡El Viejo Hemingway sabe demasiado!

“Mi vida es un meme.”

Ya a estas alturas del partido, es casi imposible hacer mención de algo en internet sin recurrir, de alguna manera u otro, a un meme. Si bien es cierto que podemos, hasta cierto punto, establecer conversaciones coherentes y productivas con otra persona, eventualmente se nos escapa algún anglicismo del vulgo internauta. Si, un “forever alone”, un “bitch please” o un “Y U NO”. Sin mencionar al ya tan rayadísimo “Watch our, we got a badass over here”, que terminó como una interpolación degradada de un “Ay sí, ay sí” venezolano.

Sin embargo, los memes no sólo han invadido nuestra cotidianidad digital, al punto de convertirse en una muletilla cuasi-perenne en nuestro repertorio léxico. También han logrado mezclarse en la realidad misma, nuestra cotidianidad palpable y tangible, trayendo a nuestras vidas experiencias nuevas, y en parte, interesantes. Tanta es la influencia de los memes en mi vida, que puedo decir que ya ésta se ha convertido en uno. Citaré de manera no-muy-anecdótica algunos ejemplos.

  • En estos días, organizando los cajones de ropa, me topé con mi franela beige rayada de bachillerato. En ese momento sentí un poco de nostalgia, al ver las frases de personas que, en su momento, consideré como amigos cercanos. Sin embargo, hubo una que me llamó poderosamente la atención, y rezaba algo así como: “Gracias x compartir conmigo este año. Eres mi mejor amigo X100pre. TQM.” Ésta fue escrita por la chica del sueño, el peor rebote chasco sentimental que jamás he tenido (aunque lo admito, era demasiado carajito para entonces, siempre exagero la historia). Aquí fue cuando me vino a la mente esa típica frase que ronda 9gag, “Friendzoned before it was cool”. Luego procedí a guardar la camisa en el cajón, y a cuajarme de la risa. Si, fue hilarante. Lo juro.
  • Cada vez que estoy echando código (recuerden, soy computista), y el programa decide no trabajar, adopto la pose del tipo “Y U NO”. También puedo terminar como el tipo de “Flip table”, aunque jamás he logrado voltear la mesa… aunque si unos cuantos cuadernos (y en una ocasión casi volteo la laptop).
  • Una que es constante es la expresión de Yao Ming, la famosa “bitch please”. En un día creo puedo llegar a adoptar esa expresión 10 veces, como mínimo. Es automático, sale por inercia, sobre todo cuando alguien me pide un favor que es un dolor de bolas. Lo peor del asunto es que soy tan narcisista, y estoy tan orgulloso de utilizar esa expresión, que a veces la practico ante el espejo. Si, a veces me paso de plasta de mierda (aunque no siempre lo soy).
  • “Oh crap” es otra expresión que puedo utilizar a menudo, aunque siempre lo dejo reservado para momentos en los que soy inútil y exageradamente dramático. O simplemente para despistar a las personas y desviarlas del tema, sólo por el mero hecho de fastidiar la paciencia. De nuevo, soy una basura de persona. Exagerando, claro.
  • A veces se me pasa la hora de la comida por mucho rato, lo cual tiene un efecto contraproducente en mi sistema gastrointestinal que termina por dejarme echado en el suelo. A veces el dolor es tal, que creo saber qué sienten algunas mujeres cuando tienen el período. Es aquí cuando mi rostro adopta una expresión muy “FFFFFFFFFFFFFFUUUUUUUUUUUUU——–“, de manera muy literal.
  • Sin embargo, la expresión cuando sacio el hambre es totalmente opuesta: “Sweet Jesus”. Inclusive verbalizo la frase, lo cual a veces tiene un efecto cómico en los que están en mi presencia.
  • Otra expresión que suelo adoptar es la del “okay face guy”, sobre todo cuando me regañan por alguna u otra cosa. Aquellos que me conocen y suelen regañarme, ¡siéntanse aludidos!

Y así podría seguir mencionando cualquier cantidad de memes. Tal vez exagero diciendo que mi vida es un meme, ya que muchos de nosotros puede adoptar expresiones similares, o vivir situaciones parecidas. Sin embargo, no está demás decir que, en esta época dominada por internet y las redes sociales, es inevitable embasurar un poco nuestra mente, a cambio de una risa ocasional. Creo.

P.S: por cierto, no exagero con lo del “bitch please”. En serio practico frente al espejo ocasionalmente.