Reprise: Russinstagram/Россинстаграм

Hace unos pocos días hablé sobre la fiebre de los rusos con Instagram, y un montón de sandeces más. Bueno, anoche recibí otra notificación en Instagram que tenía un nuevo follower. Y, ¿adivinen? Otra catira rusa me ha agregado, así demasiado random. No que me queje, pero ya el asunto ha pasado de ser curioso a rayar en lo ridículo. He aquí, a manera de addendum, unas cuantas snapshots para ilustrar mejor la cosa.

russinstagram1Aquí está la fulana notificación. Nótese la balurda censura de otros followers.

russinstagram2He aquí el perfil de la tipa. Nótese que sólo tiene 10 fotos, y ya apunta al millón de seguidores.

russinstagram3Ya sabemos quién monetizará que jode con Instagram.

Y así, una vez más, se confirma mi teoría: Diosa Canales es una percusita cualquiera, y hasta Lady Gaga se queda pendeja ante esta secilla joven. Todo un éxito hipster, all Made in Russia.

Random Musings, Pt.3

Como no se me ocurre un tema en específico para desarrollar, o que tenga pero no puedo comentar (tengo derecho mariconerías y falacias psicológicas como la privacidad en internet), decidí tomar ideas cortas que están divagando en el vasto océano de mi cochambrosa mente.

#MothersLogic

Mi madre fue el miércoles con una amiga a Upata, para chequearse con un quiropráctico de renombre (por allá, porque aquí ni lo he oído), y para que le acomodaran la columna. Al volver a Caracas, me cuenta que el cambio en su amiga fue dramático, y me dice que yo debería ir también, a que me acomoden mi maltratado esqueleto, luego de inscribir semestre. Sin embargo, el proceso lo deja a uno un tanto adolorido, por lo cual el médico/quiropráctico recomienda 3 semanas de reposo en cama, sin hacer mucho esfuerzo físico, por lo cual le comento que si lo hago, voy a llegar vuelto leña a la universidad.

“Voy a tener que llevar la gandola (mi laptop) a la universidad, y pesa demasiado”, le digo.

“Ah, ¡no te preocupes! El esfuerzo al que se refiere es a pasar coleto y barrer.”

Esta fue mi cara, literalmente.

Verano

Este año volví a inscribir curso intensivo de verano, para adelantar una materia, Métodos Numéricos, y salir de la condenada rama de los Cálculos, que siempre ha sido el karma durante mi vida de universitario. Es norma que en el verano ciertos profesores sufren una transformación similar a la de Dr. Jekyll, pero a la inversa: pasan de ser los peores, más ratas y sucios, a ser dignos de un premio a la educación. Claro, es normal, ya que están recibiendo como pago el 30% de la matrícula del salón, lo cual a grosso modo puede llegar a ser 10 veces el salario mínimo (a veces más). Y todo por dar clases 6 semanas. En cualquier caso, debo reconocer que, si bien es un riesgo adelantar materias, los resultados son satisfactorios,  irrevelantemente del cambio de matices en el carácter del profesor. Y, ciertamente, el 13 que obtuve en la nota definitiva es bastante satisfactorio.

Al darle la noticia a mi madre, ella me pregunta, muy inocentemente: “¿No vas a volver a ver ningún otro Cálculo?”. Mi reacción fue automática, un acto reflejo.

Bitch please!

Corte de Cabello

He de confesar que soy una de las personas más perezosas que han de conocer. Aunque a veces tengo “ataques” de proactividad, en los que no sólo arreglo mi escritorio o limpio el cuarto, sino que a veces termino limpiando casi todo el apartamento (salvo la zona de trabajo de mi madre), soy un completo vago para actividades indispensables para el ser humano (hombre, en este caso) como ir al barbero, o afeitarse. Detesto afeitarme (con frecuencia). Pero también detesto dejarme la chiva. Es una dicotomía con la que seguro viviré hasta que me haga una condenada depilación laser, y acabar con ese rollo.

En cuanto a cortarme el cabello… no es que sea vago. Sólo que siempre se me olvida. Siempre digo que voy a ir cada siete semanas al barbero, pero o se me olvida, o se me pasa la fecha, o estoy ocupado luchando con el semestre, o el tipo está de vacaciones. Y aun cuando no me gusta dejarme crecer mucho el cabello, termino en el mismo círculo vicioso.

Entonces llega un punto en que dejo de parecer una persona civilizada, y me veo más como una mezcla bizarra de Jerry Seinfeld con Kramer. Pero con lentes, y menos gracioso. Y es ahí cuando me entra un ataque de “FFFFFFFFUUUUUUUUU———“, y me encierro con en el baño con una tijera, y me empiezo a rebajar la tumusa, o como la llamo yo, cabello “Krusty”. A muchos les extrañará que alguien haga eso, pero para mi ya es costumbre. De hecho, ya tengo tanta práctica en el asunto que en menos de 15 minutos acomodo un poco mi cabello híbrido Seinfeld/Kramer, y lo dejo luciendo un poco más como Jerry. Pero aun así todavía tengo lentes, y no doy risa.

Y este ciclo se repite durante 6 meses, hasta que un día paso frente a la barbería (que está a una cuadra de mi casa), entro, saludo a Giuseppe, y luego me siento en la silla, para hablar paja de fútbol, política, playa, Urbe Bikini, Fórmula 1 y cualquier otra ñoña, mientras lleno el piso de la barbería con una copiosa cantidad de rulos y cabello rebelde. Y luego., salgo con un rostro seguramente corny y muy cliché de “Whoa! So Fresh! *sparkles around him*”, mezclado con el alivio de haberme quitado un gran peso de encima.

Respecto a todo este rollo del corte de cabello, una amiga me preguntó en una ocasión: “¿Por qué no le dices a tu mamá que te corte el cabello? Es modista, y trabaja full con la tijera, ¿no?”

Muy seriamente, le dije: “Mi mamá lo hizo, en una ocasión. Fue la primera y última vez. ¡Más nunca!”

-“¿Por qué?”, me pregunta.

-“¿Ves mi oreja derecha, que hay una partecita medio rara? ¿que hay como una mancha que parece un lunar?”

-“¿Ajá?”

-“Bueno, esa fue mi mamá con la tijera.”


Breves Crónicas de Metro – Pt.1 de ??

“Vacaciones.” Ese período de efímera felicidad y hedonismo durante el cual tratamos de hacer lo que mejor sabemos hacer: vagar. Limitarnos a existir, a dejar que la inercia lleve nuestro día a día por un período de tiempo bastante corto, pero suficiente como para hacer que perdamos la noción del tiempo y rutina luego de un par de horas. Para aquellos con medio y/o recursos, será una época de liberación, de jodedera. Puro derroche y daño al hígado. Para los que no somos tan afortunados, es el momento en el cual nos ponemos filósofos y surge esta infinidad de preguntas como “¿de dónde somos? ¿a dónde vamos? ¿por qué existimos? ¿trascenderé? ¿me ganaré el Kino? ¿qué hay pa’ comé?”, entre muchas otras.

Pero el meollo del asunto no radica en que esté de vacaciones, o que sea un pelabolas desmonetizado, o que sencillamente mi fuerza de voluntad no me da para conseguir un trabajo medio decente para hacer algo con mi vida durante 3 semanas. La vaina es que la inercia hizo que, en medio de mi ladilla mental, tuviese una mediocre epifanía y agarrara ánimos para levantarme de mi cama y escribir unas cuantas sandeces. Helas aquí.

“La máquina que camina”

Encontrábame yo un tanto apresurado, ya que iba saliendo tarde a la universidad y tenía clases de, pongamos que de Cálculo (materia genérica). Mi espera por el Metrobús se estaba convirtiendo en desesperación, por lo cual apenas apareció en mi campo visual, me moví inconspicuamente por la “cola” de personas para colearme. El recorrido hacia Plaza Venezuela, el cual toma normalmente 5-10 minutos desde la parada que frecuento, tomó más de media hora, por lo cual mi exasperación y mal humor me tenían al borde de un ataque. Una vez en la estación, bajo como un desgraciado la escalera, quitando de mi camino a cuanto tuki y marginal atravesado con unos cuantos empujones, corro hacia los torniquetes y meto el ticket, sólo para encontrarme con que la condenada máquina me lo niega.

La situación me sorprende, ya que el ticket era nuevo, pero como no me iba a poner a probar otra vez con el mismo, decidí usar otro torniquete. Y lo que obtuve fue otro pitido.

“Coño de la madre”, pensé por inercia, y luego procedí con otro torniquete – “¡No me jodas!”, solté ante la necedad del condenado aparato. Resulta que todos los torniquetes de entrada estaban presentando los mismos síntomas, aunque dejaban pasar a algún afortunado al azar. Mientras salía me hacía a un lado para dejar que otro pendejo cayera en la misma trampa, una señora se me acerca. En el rostro lleva una expresión de esas de “ganas de joder”, y luego de observar la situación, me pregunta con una voz escandalosamente marginal:

“¿La máquina no camina?”

Ese fue el catalizador. The trigger, como suelen decir en inglés. La poca paciencia que me quedaba de mi cuota diaria destinada a situaciones metriles se había agotado, gracias a la impertinencia de una vieja iletrada, que no sabe diferenciar un artefacto mecánico de un burro. Sin embargo, para no perder compostura, intenté fingir no oírla, pero fue en vano, ya que la vieja entrépita terminó por soltar la gota.

“¡Ay, pero que maleducado, a ver si respondes! ¡Amargado!”, suelta de nuevo la vieja, y en esta ocasión todo lo que aprendí de buenos modales se fué al caño.

“No señora, la máquina NO camina: no tiene patas”, respondí haciendo énfasis en la negativa. Sin embargo, la vieja necia no cedía – “¡Dios, pero qué respuesta tan estúpida! ¡Cómo se ve que no estudias, ignorante!” Ay, vieja iletrada, te jodiste conmigo.

“Bueno, señora, si mi respuesta fue estúpida debe ser que su pregunta también fue estúpida: el torniquete no tiene patas para caminar, pero usted las tiene de burro, ¡animal!”

Acto seguido, procedí a seguir mi camino, un tanto más alegre.

“Clon”

Algo que me ha llamado poderosamente la atención es el tema de la clonación. Mentira, nunca me ha llamado la atención, sólo me causa risa toda la polémica que genera y cómo la gente se enrolla discutiendo sobre algo tan banal y fútil, al punto de crear series de documentales exagerados y culebrones de mala muerte (junto con refritos balurdos).

Sin embargo, lo que me llama la atención es el hecho de que a cada rato me encuentro con el “clon” de alguien. Es decir, una persona cuyo parecido físico con alguien conocido es tal que no sabes si saludar, pedirle un autógrafo, esperar por alguna reacción o simplemente pasar de largo y ligar que no te mente la madre. Son los déjà vu vivientes; crees que “son”, pero no son.

En mi caso, he visto numerosos clones de gente que conozco y también de famosos. He aquí una pequeña lista, junto cona pequeña descripción circunstancial:

  • Una cliente de mi mamá tiene tal parecido con Elena que me cagué cuando se apareció por mi casa. Lo más espeluznante es que estudia en la misma universidad.
  • A veces me encuentro por donde vivo al “clon” de Rick Wright, el difunto tecladista de Pink Floyd.
  • La otra vez saliendo del banco me encontré con “Jean Reno”.
  • “Barack Obama” trabaja en la tienda Digitel al lado de mi casa.
  • Una amiga de la universidad tiene un clon… en la misma universidad. Y otro en Facebook.
  • Mi mejor amiga ha sido clonada un par de veces.
  • Tengo un clon en la USB.
  • Un pana que estudia en la UCV tiene un clon que estudia en mi facultad.
  • Un señor que conozco tiene un gran parecido con Anthony Hopkins (sólo que su rostro no tiene el gesto psycho, y es bastante simpático).
  • Un viejo amigo del colegio tiene cierto parecido con Gabriel (Con Ida y Vuelta), aunque no se puede llamar clon per se.
  • El mismo pana de arriba tiene un “clon” que vive por mi zona.
  • Briceño es Jeff Goldblum.
  • Mi vecino es el “clon” de Briceño.

Y aun así, todavía la gente sigue enrollada con el peo de la clonación, el dilema ético que genera y toda esa paja. ¡Coño! ¿Para qué siguen enfrascados en un tema tan trillado, cuando en la calle te puedes encontrar a Will Smith como heladero, Samuel L. Jackson como barrendero y hasta a Vladimir Putin como limpiabotas?

Adieu!

la única manera en que puedes saber que no es dicha persona es por alguna circunstancia que viole las leyes del espacio-tiempo o